Carta abierta a Javier Lambán (y a muchos otros)

Artículo que el Heraldo de Aragón no me ha publicado.

Declaraba el presidente de la Comunidad de Aragón, Javier Lambán que “Buena parte de los energúmenos que estos días incendiaban Cataluña han salido de la fábrica de la escuela catalana y TV3” añadiendo acusaciones sobre el “adoctrinamiento” de estas instituciones contra su población. No lo decía en un bar, sino en una sesión de control parlamentario, tal como recoge el Heraldo de Aragón en su edición electrónica del 25 de octubre. Desgraciadamente, tampoco es la única persona con responsabilidades políticas abonada a la retórica incendiaria de estos últimos años, que utilizan como comodín este “adoctrinamiento” a la hora de intentar autoexplicarse los movimientos tectónicos en la composición y opiniones políticas de sus vecinos al otro lado de la Franja. 

Puede entenderse que buena parte de la opinión pública española se sienta irritada ante el hecho de la expansión del independentismo en Cataluña. Se trata de un proceso que, contrariamente a los deseos de muchos, ni funciona como un suflé, ni responde a ninguna conspiración judeo-masónica-marxista-separatista, sino que existen causas profundas y factores múltiples que ahondan el desencuentro entre ambas comunidades políticas. Es cierto que España y Cataluña han tenido evoluciones divergentes en las últimas décadas, pero es en los últimos años en que se ha desarrollado una hostilidad profunda hacia las expresiones de catalanidad. Lambán debería ser consciente de ello, cuando en su propia comunidad, se intentó erradicar hasta el propio término “catalán” de la lengua de varias decenas de miles de ciudadanos de su comunidad, inventándose un “LAPAO” que responde a un profundo desprecio hacia la amplia comunidad de catalanohablantes.

Buscar explicaciones simples como “adoctrinamiento” es una estrategia para obviar las responsabilidades propias en este conflicto. No hay más que escuchar al señor Lambán para entender que denominar “energúmenos” a nuestros estudiantes no ayuda precisamente a reforzar lazos entre vecinos. Pero, encima, acusar al heterogéneo y diverso conjunto de ochenta mil docentes catalanes de “adoctrinadores”, aparte de pura difamación, resulta una ofensa profunda que no hace sino inspirar resentimiento. Tener que dar explicaciones sobre lo evidente es frustrante, pero cualquier docente de cualquier rincón de Aragón o España sabe que su capacidad de influencia sobre jóvenes y adolescentes es episódica y superficial, porque por suerte, nuestros alumnos, como debe ser, acaban desarrollando ideas propias. También resulta frustrante tener que defender a un colectivo que actúa a diario de manera profesional tratando de mostrar la diversidad como patrimonio irrenunciable, o la tolerancia y la paz como valores imprescindibles. Señor presidente, en vez de acusar, ¿por qué no habla con los centenares de maestros y profesores aragoneses que ejercen su profesión en Cataluña, especialmente en la demarcación de Lleida? ¿Realmente se cree usted que TV3, com  un 17,3% de share (respecto a cerca del 50% de independentistas) ha convertido en independentistas a centenares de miles de personas por arte de birlibirloque? 

Si nuestros estudiantes se han echado a la calle a protestar contra lo que consideran una injusticia, no es por ningún adoctrinamiento, ni porque sean ninguna clase de energúmenos, ni porque hayan crecido con Bob Esponja en catalán. Probablemente la imagen de la policía pegando a sus padres y abuelas el 1 de octubre de 2017 por querer votar, y el “a por ellos” borbónico de dos días después, tiene bastante más que ver que las clases de historia de cuarto de ESO. Mire hacia usted mismo y el espacio que representa. Exigen autocrítica a los independentistas cuando debiera aplicarse el mismo principio a usted y al partido que representa. Sus diatribas contra nuestros jóvenes avivan el fuego. ¿No sería mejor escucharles? Pero sobre todo, es su obsesión por criminalizar una opción política, la que ha generado este profundo, probablemente irreversible, divorcio emocional entre la mayoría de catalanes y buena parte de españoles. Y digo mayoría, porque le recuerdo que, por lo menos cuatro de cada cinco considera que problemas de esta trascendencia deben ser resueltos mediante el mecanismo del diálogo, sobre el cual, colectivamente, nos acusamos, los docentes catalanes de haber intentado inocular en nuestros estudiantes. Por su parte, y por la de muchos otros, criminalizar una opción política y un colectivo, despersonalizar a nuestros jóvenes como “energúmenos” y nuestros docentes como “adoctrinadores” sí es un repugnante acto de banalización del mal. Le recomiendo (o le adoctrino) que se lea a Hannah Arendt. Verá que determinadas ideas pueden tener consecuencias. Y la degradación del clima político español tiene mucho que ver con declaraciones como las suyas.

Y acabaré citando a Carlo Maria Cipolla. Según este historiador de la economía, la gente se divide en cuatro categorías: malvados, ingenuos, inteligentes y estúpidos. Los primeros eran aquellos que realizaban acciones que los beneficiaban personalmente a costa de perjudicar a los demás. Los ingenuos se perjudicaban a sí mismos haciendo la vida mejor a los otros. Los inteligentes hacían cosas que les permitían mejorar su vida a la vez que mejoraban las de todos. Los estúpidos, los más numerosos, buscaban perjudicar a los demás, perjudicándose a sí mismos. Entiendo que prefiera mantener la unidad de España, un deseo tan legítimo como los que piensan lo contrario. Pero declaraciones como las suyas refuerzan las convicciones independentistas a la vez que intoxican el clima político español (incrementando las probabilidades de disgregación). Sea usted inteligente, y discúlpese!




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