Els Papers de Santa Maria de Nassiu

EDUQUEU ELS XIQUETS I NO HAUREU DE CASTIGAR ELS HOMES (PITÀGORES)

Docentes, autoridad moral y autoritarismo

És l’article que Rosario Ortega, catedràtica de Psicologia de la Universitat de Córdova publicava ahir a El País. Diu veritats com a punys. Però l’Administració (i la Conselleria del forense) com si ploguera.

 Docentes, autoridad moral y autoritarismo

Rosario Ortega


EL PAÍS
 – 
Opinión – 26-10-2009

No cabe duda, en nuestras escuelas hay problemas que exigen políticas
decididas, transparentes y serias para mejorar algunas dificultades
sociales que terminan afectando la calidad del sistema en su conjunto.
Los indicadores negativos (véase la baja puntuación que obtienen
nuestros escolares en el Programme for Indicators of Student Achievement, PISA en sus siglas en inglés) y la hasta ahora ineficacia para rectificar esos déficit, exigen poner ya manos a la obra.

La educación es un proceso complejo y el aprendizaje una actividad y un
logro difícil, que requiere condiciones previas que quizás son
determinantes. No se aprende todo lo que se enseña, ni sólo lo que se
enseña. Aprender es, en gran parte, un acto voluntario que exige al
estudiante grandes dosis de esfuerzo y motivación, al tiempo que puede
ser un sencillo acto de mejora de capacidades y competencias cuando las
actividades que producen aprendizaje se realizan en un contexto grato y
estimulante, en el cual la tarea se percibe como atractivo reto porque
se visualizan las interesantes consecuencias del éxito.

 

Pero para aprender, en cualquiera de sus versiones, hace falta una
convivencia tranquila y positiva que provoque un estado emocional de
confianza, respeto y afecto positivo entre estudiantes y profesores,
así como la percepción de que aula y centro son escenarios seguros y
dignos de confianza. Así, la buena convivencia soporta y alimenta el
aprendizaje y éste, percibido como éxito y gratificación, vierte sus
positivos efectos a la convivencia. Convengamos, pues, que la buena
convivencia y la excelencia en el proceso de aprendizaje son los dos
motores de la calidad de la educación. Pero nada de ello se relaciona
con poner al profesor cuarenta centímetros por encima de sus alumnos,
ni con militarizar a los escolares, haciendo que se pongan firmes y en
pie cuando entra.

 

Es cierto, niveles superiores de autoridad docente son exigibles, pero
niveles de autoridad moral, no de autoritarismo ni de militarismo. La
autoridad moral emana de la personalidad social en atribución de los
que están en contacto directo con ella. La autoridad moral del docente
debería no discutirse por ser, en cada momento, la mejor opción en el
interior de la tarea común de enseñar y aprender. La autoridad moral
-no el autoritarismo- se consigue logrando que los docentes se perciban
como ciudadanos profesionalmente valorados, queridos y bien pagados,
trabajando en escuelas bien equipadas, que disponen de los recursos,
humanos y materiales. Haciendo que las ratios profesor-alumno sean más
pequeñas, flexibles y adecuadas a la tarea concreta; los especialistas
en inglés dominen ese idioma y ofrezcan modelos idóneos e interesantes
sobre cómo se habla, lee y escribe; los profesores de ciencias dominen
adecuadamente sus materias para que sus alumnos los reconozcan como
autoridad científica; los profesores de lengua y literatura dominen a
la perfección el español y transmitan pasión por el arte de leer y
escribir; los profesores de educación física orienten hábitos de salud
corporal y estimulen el sano deseo de competencia deportiva; la
orientación escolar sea una herramienta al servicio de la detección
preventiva de dificultades personales y grupales, con recursos para
detener los problemas a tiempo. La autoridad moral del docente nace en
su competencia para expresar su dominio de aquello en lo que tiene que
hacer que el alumno progrese.

 

Todo ello requiere esfuerzo. Esfuerzo de los docentes para desempeñar
su rol con seguridad, creatividad y coherencia, convirtiendo su
desempeño profesional en actos de autoridad moral y modelo de
ciudadanía. Esfuerzo de los escolares para aceptar la disciplina del
estudio y la convivencia democrática. Esfuerzo de las familias para
confiar y respetar la escuela, acudiendo a ella con talante colaborador
y la satisfacción de saber que sus hijos están en buenas manos. El
docente es ya una autoridad social (artículo 550 del Código Penal),
ahora hace falta que familias, sociedad y escolares entiendan que dicha
autoridad está ahí para hacer crecer y aprender a los escolares, y no
para rendirles genuflexiones u otros símbolos retrógrados.

 

La llamada conflictividad -desde el fracaso académico y la disruptividad hasta el bullying y el cyberbullying
no es irresoluble, ni exige formulas militares retrógradas; requiere
que la sociedad otorgue al docente las condiciones que le permitirán
presentarse ante sus estudiantes con verdadera autoridad moral,
producto del desempeño de sus tareas profesionales: la tarea de enseñar
de forma idónea y correcta, y la de gestionar, de forma segura y
equilibrada, las relaciones interpersonales que exige la convivencia
escolar.

 

Nuestro sistema educativo tiene una debilidad
importante en la función directiva y en la gestión de la vida social en
aulas y centros. Es el momento de que ese pacto de Estado que se pide
desde los partidos políticos asuma que la calidad pasa por disponer de
una comunidad de docentes que se perciba a sí misma con un alto nivel
de dominio y competencia en su desempeño profesional. Los docentes no
pueden sentirse víctimas de sus estudiantes ni convertir a sus
estudiantes en soldados que responden marcialmente; los docentes
deberían ser la encarnación misma del espíritu de ciudadanía y
autoridad moral, producto de la confianza que en ellos depositan la
sociedad, las familias y el alumnado.

 



  1. Disculpa’m, Àngel però a l’article de Rosario Ortega més que veritats com a punys trobe la mateixa cançoneta tòpica de tots els psicòlegs. Observa que aquestos són especialistes en dir “allò que no és” i en presentar un “deuria ser”. M’agradaria que alguna volta aquestos catedràtics  anaren a fer classe a un institut, potser la caricatura progre-antimilitarista (d’on collons s’ha tret el rotllo eixe de la disciplina militar?) se’ls oblidaria una miqueta.

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