Pom d’articles (21)

Avui us deixe, com faig de tant en tant, algun article de la premsa escrita. Bon dia.


 

HISTORIA 
El cura de Alsasua contra la Santa Cruzada 
LOLA HUETE MACHADO 

 

EL PAIS SEMANAL – 02-01-2008
LA ZONA FANTASMA 

Maltrato y grosería 
JAVIER MARÍAS 

 

EL PAIS SEMANAL – 02-11-2008 

 

agenda 
Los muertos y los
vivos
 
MANUEL S. JARDÍ 

 

EL PAÍS – 05-11-2008 

 

El chocolate del
loro
 
MIGUEL BUENO JIMÉNEZ  –  Málaga 

 

EL PAÍS  –  Opinión – 05-11-2008 

 

El califa de la
Vega Baja’
 
JOSÉ RAMÓN GINER 

 

EL PAÍS – 03-11-2008 

 

Los poetas muertos 
Susana Fortes 

 

BABELIA – 01-11-2008

 

Centrifugar la responsabilidad 
JOSEP TORRENT

 

EL
PAÍS – 05-10-2008


 

El buen valenciano 
JOSÉ RAMÓN GINER

 

EL
PAÍS – 06-10-2008 

PD: La fotografia que il.lustra l’apunt és d’un moment de la presentació del calendari del IEVA. Apareix l’il.lustrador Víctor Ferrero i una de les seues obres.

 

HISTORIA 

la Santa Cruzada 


LOLA HUETE MACHADO 

 


 

EL PAIS SEMANAL – 02-01-2008

Tal día como el
17 de julio de 1936, el sacerdote Marino Ayerra Redín se baja del tren de
Pamplona en la localidad de Alsasua (Navarra). Va a hacerse cargo de “su
rebaño”, de la parroquia de esta villa ya industrial gracias a lo
ferroviario y a los cementos Portland, que cuenta con unos tres mil habitantes
y “merecida fama de republicanismo de izquierda en el fondo monárquico y
derechista que domina toda Navarra”. El consejo de su obispo, Marcelino
Olaechea, al despedirle fue: “Usted allí, más de izquierdas que nadie, ya
me entiende”. Y mientras iba en el tren pensaba don Marino:
“Derechas… izquierdas, ¿qué pensará Dios de todo esto?”.

Veinticuatro horas después huían sus
feligreses al monte, le llovían muertos en las cunetas, los sublevados contra
el Gobierno republicano (capitaneados a lo lejos por Franco) tomaban las calles
a golpe de bandera y pistola, y se le amontonaban las confesiones de crímenes
cometidos de boca de falangistas imberbes y de gatillo fácil. “¿Y dónde
queda el evangelio, la caridad cristiana en todo esto?”, se preguntaba.

Hoy conocemos tales cuestiones internas porque el sacerdote las contó en un
volumen de memorias titulado
 No me avergoncé del evangelio (desde mi parroquia), que editó en los años cincuenta en
Argentina, donde vivía exiliado. El libro, muy religioso, muy de
la España de principios del
siglo XX, de esos que se suelen llamar
 pequeñitos, entró pronto en la Península franquista de
ese tiempo y circuló de mano en mano de forma clandestina. Aquí ha sido
publicado en el País Vasco: en 1978, con la referencia Imp. Amado, y hace un
lustro en Navarra por Mintzoa, que va ya por la segunda edición.

Marino Ayerra Redín había nacido en
Lumbier en 1903; era enjuto de físico, purista en lo espiritual y con buena
formación: había estudiado teología en Pamplona y sido profesor y visitado
Roma… Y andaba ilusionado y curioso por todo; repleto de proyectos y de fe.
Tanto, que los vientos políticos para él ni soplaban, ni los sentía, ni creía
que tuvieran que ver con su tarea. Era un párroco de esos de los de pie a
tierra. De convicción sólida; en caso de duda, siempre con los oprimidos… Su
lema: “Pensar alto, sentir hondo, hablar claro”.

Sus memorias rezuman dramatismo, desconcierto, soledad,
desesperanza… Impactan allí donde caen. Le sucedió a Jesús Lezaun, alsasuano
de generación posterior a la de Ayerra, ex rector del seminario de Pamplona,
quien escribió el prólogo a la primera edición vasca (1978) “de este libro
vivo, actual, aleccionador y revulsivo”. “Recuerdo haberlo leído
medio a escondidas y con el alma en vilo, bien acorazado contra su contenido y
contra su espíritu… el libro era clandestino y rechazable desde el punto de
vista patriótico-político (¡y de qué patria!) y desde el punto de vista
eclesiástico-religioso (y de qué Iglesia y de qué religión)”. Aún
recuerda, dice, cómo se reunió una noche a todos los alumnos del seminario de
Pamplona “que habíamos nacido a nuestra vocación sacerdotal en los
rescoldos de la santa cruzada”, para comunicarles la “triste y
trágica noticia del sacerdote descarriado que se iba, que se había ido ya”
y había recorrido esos pasillos.

Conmovida se sintió también la
sobrina de don Marino, la directora de cine Helena Taberna: “Cayó el libro
en mis manos de adolescente y ya nunca pude quitármelo de la cabeza. Un día vi
 Amén, de Costa Gavras, sobre la ambigüedad
del papa Pío XII y el silencio sobre el papel desempeñado por
la Iglesia… y en verdad,
¿quién iba a contar aquello desde dentro? Hasta que me di cuenta de que yo
podía, yo tenía esa historia”. No ha parado hasta filmarla. Se titula
 La buena nueva, acaba de pasar por el festival de
Valladolid y se estrena el 14 de noviembre.

“La película prueba que nuestras
miradas sobre
la Guerra
Civil
son ilimitadas. Ésta es sobre las dos Iglesias, que las
hubo, igual que dos Españas”, apunta. El actor alavés Unax Ugalde
interpreta al párroco de Alzania, tal como se llama Alsasua en la ficción.
Ambos coinciden en que del libro de Ayerra se podrían haber rodado varios
filmes, “todos impresionantes”.

Y no podían llegar, la película de la
sobrina y la historia del tío, más a tiempo. Ahora que se abren fosas con
cientos de muertos y causas contra Franco y los generales sublevados en 1936;
ahora que la justicia pide colaboración de
la Iglesia para tirar de la
manta y encontrar a los más de cien mil desaparecidos… Ahora, la vida de este
sacerdote hace 70 años, sus dudas, su dolor, sus sermones apelando al sentido
común, su enfrentamiento solitario a
la Iglesia colaboracionista, es asunto de gran
actualidad. “El presente relato no tiene nada de ficción, ni en su fondo
ni en su forma”, dice él mismo en el prólogo a la primera edición. En la
segunda, de 1959, añade: “¿A qué viene, pues, una segunda edición de mi
libro? ¿No está bastante llorada ya nuestra común y dolorosa tragedia? No. No
lo está… Ni lo estará mientras quienes deben llorar no lloren, y sus lágrimas
de sincera y cristiana contrición no se purguen y se lave la mancha inferida,
más que a España, a
la Iglesia
misma…”.

Lo mismo opina su sobrina. Taberna
optó por crear ficción alrededor del protagonista, le añadió una historia de
amor y otros elementos que le permitieron sentirse más cómoda en el contexto,
allí donde quería denunciar. El propio don Marino le centra el objetivo:
“… se impone ya que
la
Iglesia
abandone de una vez para siempre la frivolidad de sus
coqueteos mundanos con los grandes y poderosos y se restituya y reduzca al fin
a su función sobrenatural y única de representante y continuadora humilde y
desinteresada de Cristo. Sólo en función de tal la quiso y puso Dios en el
mundo, y sólo en esa función la necesita la humanidad”. Para Taberna:
“Quizá estemos ya para el abrazo, pero es necesario el duelo, y aquí no se
ha hecho. Así que ésta no es una película rencorosa, sino hermosa, de homenaje
profundo”. Unax recuerda que la maestra (Bárbara Goenaga) es un personaje
inventado: “Pero hay gente que dice que sí, que Marino se apoyó en alguien;
lo comentaban las señoras mayores que vinieron al rodaje. Es normal, tenía que
arrastrar a un pueblo entero lleno de viudas y niños… y vivió todo en gran
soledad”.

Paseos y paseos, caminatas larguísimas se daba don
Marino monte arriba para intentar comprender lo que acontecía. Escribe en su
diario: “Interrogantes, interrogantes… ¿es que sólo yo interpreto bien
la doctrina de Cristo? ¿Todos los demás podrán estar falseándola? ¿No es la
jerarquía católica, con la tácita aprobación del Romano Pontífice, quien tiene
a su favor la asistencia del Espíritu Santo para interpretar, auténticamente y
mejor sin duda que yo, el sentido cristiano de la guerra de España? Pero ¿y qué
sentido cristiano puede ser este que inspira, bendice y canoniza una guerra…
y disimula, consiente y tácitamente aprueba y bendice en la retaguardia a los
asesinos, a sangre fría y en serie, por toda
la España de Cristo Rey, de
Franco, de Hitler, del moro Muza y de los obispos católicos? Interrogantes,
interrogantes…”.

Y no había modo: no encontraba
respuesta. Sólo veía a su parroquia disuelta, a los muertos y huérfanos, a las
mujeres rapadas por castigo; al comandante en plaza, chulo y pendenciero, que
le aleccionaba: “Usted ocúpese de las almas, que de los cuerpos ya me
ocupo yo”. Veía el eco de las armas en cada gesto eclesiástico y a los
buitres sobrevolando las simas donde despeñaban a losenemigos de la patria,
 como esa de Ochoportillo, donde “tirabas una piedra y
salían miles y miles de moscas”. Eso recuerda un alsasuano en un documental
previo de Helena Taberna, titulado
 Recuerdos del 36, donde ya aparece don Marino. “Un día llevaron a un padre de
seis hijos y al siguiente de tirarle allá abajo nació el séptimo, Urquijo,
Víctor Urquijo…”. En ese corto,
 los vecinos recuerdan al párroco:
“Muy valiente”, “Todo en él era ayudar”, “Gracias a él
se salvaron muchas vidas”, “Sacaba las castañas del fuego, se opuso a
muchos, fue perseguido, denunciado, hasta que hubo de marchar”.
La España una, grande y libre
no era para él. “¿Por qué quiere usted irse a América?, le preguntó en
1940 el obispo Olaechea. “Yo no entiendo este clima de aquí; aquí yo me
ahogo”.

Taberna intentó sacar adelante el
largometraje en 1995, pero no cuajó: “Contar una historia así necesita de
una madurez social, profesional y personal. El productor interesado me preguntó
si tenía ¡el permiso eclesiástico! No era el momento”. Al fin, hace cuatro
años todo tomó cuerpo y ahora se ríe: “¡Hasta va a parecer que el juez
Garzón nos hace promoción!”. Está encantada de esa confluencia de sus
proyectos con las pulsiones sociales: “Significa que mi pálpito coincide
con el sentir general, como ocurrió ya conYoyes
 y Extranjeras”.

La voz de la otra Iglesia desde dentro de la Iglesia. Eso tan
necesario aún hoy lo era ya Marino Ayerra hace setenta años. Hubo otros como él
(no muchos, pero no nos caben aquí) que vieron claro que la institución no
debía amparar la represión de los sublevados contra la población civil, ni
legitimarla. Que nunca debería haber existido esa pastoral del cardenal Gomá
diciendo que eso no era guerra, sino “plebiscito armado”; ni mensajes
radiofónicos como el de Pío XII, el 16 de abril de 1939: “Nos dirigimos a
vosotros, hijos queridísimos de la católica España, para expresaros nuestra
paternal congratulación por el don de la paz y la victoria con que Dios se ha
dignado coronar el heroísmo cristiano de vuestra fe y caridad…”. Fue el
fin para don Marino: “Y ahora resulta que no ya sólo los obispos
españoles, sino
la Santa
Sede…
ha estado bendiciendo y alentando ‘desde sus albores’
todo esto… Entonces sí, entonces ya todo se explica. Todo menos las palabras
de Cristo. Todo menos lo que estúpidamente he estado predicando toda mi vida
yo, por creerlo doctrina evangélica, por creerlo la buena nueva…”. Su decepción
no tiene parangón.

Basta ojear los títulos de los 18
capítulos de su libro para marcar el trazo de su vida:
 Id y predicad el evangelio, titula el primero;Primer sermón,
primeras ametralladoras,
 el segundo; ¡No más sangre!, el noveno; Los muertos hablan, pero sólo Dios los oye, el decimotercero; Terminó la guerra, habló el
Pontífice,
 el decimosexto; Por tierras de América, el penúltimo.

Don Marino abandonó el sacerdocio. Se
hizo traductor de latín y griego. Y peluquero. Se casó; tuvo dos hijas. Murió
en 1988 en Caguazú, Buenos Aires. Nunca regresó a España.


 

 

LA ZONA FANTASMA 
Maltrato y grosería 


JAVIER MARÍAS 

 

 

EL PAIS SEMANAL – 02-11-2008

Cuando escribo estas líneas, son ya sesenta y una las mujeres
muertas por sus maridos o parejas, o por quienes lo fueron, o por quienes
aspiraban a convertirse en tales y se vieron rechazados. Nadie acaba de
explicarse por qué no sirven de nada, en lo referente a este cómputo siniestro,
el endurecimiento de las leyes ni las medidas protectoras ni los
aleccionamientos que se sueltan desde la prensa y las televisiones. A mí, sin
embargo, no me extraña mucho que en España nada de eso haga mella, y que toda
tentativa de hacer menguar el número de esos crímenes resulte más bien inútil,
porque lo que no se combate es la grosería general de la gente, que de hecho va
en aumento, y que es lo que propicia y alienta los comportamientos violentos.
El maltrato a las mujeres no se debe ni puede tomar como algo aislado, sino que
es también consecuencia del ambiente general reinante.

Todo es
paulatino, pero sin duda habrán observado -los de cierta edad, me refiero- un
cambio antinatural en nuestras costumbres. Siempre ha habido personas groseras,
abusivas, incivilizadas, avasalladoras, ruidosas, chulas, egoístas y
desconsideradas, que han ido por el mundo como si sólo existieran ellas. Pero a
estas personas, tradicionalmente, se les afeaba la conducta de manera
espontánea. A los que cantaban o daban voces energuménicas a las tres de la
madrugada se les chistaba; al que tiraba una botella o una bolsa al suelo
teniendo cerca una papelera, se le llamaba la atención; al vecino escandaloso
se le protestaba; se le paraban los pies a la señora que en una cola se saltaba
el turno; al que cometía una infracción con el coche y ponía a otros en peligro,
se le señalaba y tal vez se lo abroncaba; no digamos al automovilista que
plantaba su vehículo en medio de una calle de carril único y se bajaba a sus
recados ocasionando un monumental atasco; a los infrahumanos que se dedicaban a
volcar contenedores de basura o a destrozar cajeros y bancos, se los miraba con
reprobación como mínimo; incluso se reprochaba a un gañán joven que no cediera
su asiento en el autobús a un anciano o a una embarazada. Había unas normas de
cortesía -más aún: de educación- que con frecuencia se incumplían, pero se
hacía ver al incívico que las estaba quebrando, y por eso seguían siendo
 normas.

Esas normas han
saltado por los aires y ya no funcionan como tales, lo cual es el enésimo paso
para su sustitución por otras salvajes, hacia las que nos encaminamos o quizá
ya hemos llegado. Hoy nadie se atreve a lo que antes era habitual, es decir, a
afearle a nadie una conducta. Ya pueden pasarse la noche chillando unos
 botelloneros, que no habrá un solo vecino insomne
que ose abrir la ventana y gritarles que ya está bien y que no hay quien
duerma, porque puede recibir botellazos y pedradas. A lo sumo esos vecinos
tendrán el “arrojo” de llamar a los municipales, sabedores de que
éstos se quedarán cruzados de brazos. Si alguien bloquea con su coche la calle,
los que vayan detrás se aguantarán pacientemente y ninguno le rechistará al muy
bestia cuando reaparezca, porque se arriesgan a que éste les dé con un martillo
en la cabeza, por meticones. Si alguien recrimina a unos descerebrados la destrucción
gratuita de algo, es probable que se lleve una paliza o que le metan una
cuchillada. Los padres a quienes sus hijos adolescentes sacuden -más bien
madres, claro-, se entristecen y se callan. Estas reacciones violentas por
parte de quienes no se comportan con respeto han achantado a la población, que
agacha la cabeza y se fastidia. Nadie dice nada y todos miran hacia otro lado.
Yo mismo dudé hace unos días: un empleado municipal de limpieza (!) estaba
meando contra un arco de
la
Plaza Mayor
de Madrid, uno de los lugares más visitados de la
ciudad y que, lejos de relucir, está siempre hecho una porquería y convertido
en
 favela, feria y basurero al mismo tiempo.
Pero por fin no pude contenerme: “¿Qué, ensuciando para limpiar más
luego?”, le dije al pasar. Creo que me salvé de una agresión porque el
tipo estaba a media faena y no debía de apetecerle una
 mictio interrupta, pero me llevé un par de insultos
leves en lugar de una disculpa. Si al menos el funcionario hubiera contestado,
como podía haber ocurrido antaño, “Es que no podía más, usted
comprenda” … Pero eso sólo era posible cuando se tenía conciencia de
quebrantar una norma. Ahora el que peor se porta es el que se carga de razón
-es un decir- y se pone farruco, y no tolera ni la desaprobación de sus
groserías y gamberradas. Demasiada gente tiene interiorizada esta idea:
“Hago lo que me da la gana y además tengo derecho”. Los policías de
este país padecen en general el mismo acobardamiento que los ciudadanos
particulares: prefieren cruzarse de acera y no meterse en líos, aunque se les
pague (mal) para lo contrario. No sirven de casi nada, en lo cotidiano.

 

En un lugar que
cada vez más fomenta el amedrentamiento y beneficia al fuerte (bueno, otro
decir, cualquier chincharelo te saca hoy una navaja y te pincha el intestino),
no es nada raro que el mismo cabestro que vocifera, petardea con su moto,
conduce como un matón o va por la calle a empellones sin que nunca se le diga
nada, le dé una tunda a su mujer o a su ex-novia, que será siempre más débil.
Que se desengañen las autoridades, empezando por Zapatero, tan justamente
preocupado por el asesinato masivo de mujeres: nada mejorará en este capítulo
mientras las normas básicas de convivencia permanezcan abolidas.


 

agenda 
Los muertos y los
vivos
 


MANUEL S. JARDÍ 

 

 

EL PAÍS – 05-11-2008

A estas alturas del desastre está claro que Alejandro Font de
Mora no es
 sólo el consejero de Educación que pone
cara a la insólita astracanada donde encalló
la Educación para la Ciudadanía. Materia
ésta que cursan con las debidas garantías los alumnos de todo el Estado,
excepto donde rige alguna suerte de maldición ancestral o estado de excepción.
Mismamente aquí. Font de Mora es mucho más. Es el símbolo de una sociedad, de
la cual no se sabe si está desaparecida, marchó sin dejar señas, no existe, o
simplemente es virtual. Que el consejero contra la educación sea forense de
oficio, acredita la sustancia de la hipótesis. Si el mundo, como los mercados
financieros, se divide entre vivos y muertos, en el nuestro dominan unos
cuantos coprófagos que nutren sus acciones con la pasividad de los inertes. El
cadáver no se queja cuando el experto oficiante descarga un hachazo para
separar la espaldilla del solomillo, o cuando trincha otra suculencia para
extraer jarrete, morcillo y brazuelo. Pues tal que así ocurre en el País
Valenciano. Es posible que con la pieza en caliente, todavía se resienta la
parte afectada ante el embiste del chacinero. Verbigracia, la comunidad
educativa con el extravagante caso de la asignatura de marras, que se imparte
en inglés con dos profesores y un alumnado a cual más perplejo. Se trataba de
impedir su docencia con normalidad, según estrategia del inquisitorial gremio
de la sotana. Pese a su notoriedad, el entretenimiento no evita, sino al
contrario, el progresivo desguace del sistema educativo, de mayor alcance,
daños y cuantía. No pasa nada. Con lo que ha llovido de unos años a esta parte,
visto el déficit y el quebranto, ¿cómo puede ser?, se preguntará cualquier
extraterrestre de paso. Pues porque, excepto esos pocos vivos, los demás
estamos muertos. O vivimos universos paralelos. Como en
 Second Life, ese mundo virtual donde todo es
posible, desde un paisaje hasta una relación; desde un Gobierno sin corrupción
hasta un piso sin hipoteca. Una parte de la demografía navega a través de un
mundo de ilusión y fanfarria, de carreras de bólidos y barcos piratas, mientras
la parte contratante de la segunda parte hace caja en la vida real. Plazas
limitadas.

 

El universo virtual
admite cualquier diseño y magnitud urbanística. En el catastro real, predomina
el urbanicidio. ¿Qué pasó? Pues que los vivos de este proceso histórico
lograron hacer confluir las condiciones objetivas y subjetivas, que se decía
antes. Por eso, entre otras agudezas, se le sisan recursos a la universidad
pública, mientras nutren la otra virtual -y por tanto innecesaria-, bautizada
como Universidad Internacional Valenciana. Tres veces redundante, ya que,
siendo virtual, lo es todo a la vez. He aquí
la VIU, porque declinarla en inglés también debe ser
un acto de valencianía. Eso sí, en lugar de habilitar local en las proximidades
de Saturno, le encargarán edificio señero a Frank Gehry o similar, con el
acostumbrado sobrecoste. Vale que los campus deberían extirpar endogamia,
dispendios superfluos y vanidades encantadas de haberse conocido. Vestigios
medievales a los que no son ajenas otras esferas del poder. Cercenar recursos
que -bien empleados- acelerasen el regreso a la economía productiva, y en su
lugar transferirlos al otro lado de la realidad, debería ser delito tipificado
en el Código Penal. No es así. Seguiremos en mundos paralelos. Con un brillante
porvenir en el más allá y un oscuro presente en el más acá. ¿Y Font de Mora? De
forense chacinero.


 

El chocolate del
loro
 


MIGUEL BUENO JIMÉNEZ  –  Málaga 

 

 

EL PAÍS  –  Opinión – 05-11-2008

No estamos de acuerdo con aquello de “en tiempos de
tribulaciones no hacer mudanza”. Tenemos que cambiar los modales, no es
posible seguir con el modelo “gilista” de gestionar nuestros
ayuntamientos.

No entramos en
los numerosos casos de corrupción de la administración municipal en tantos
pueblos de España de toda clase de ideología política, labor que esperamos vaya
poco a poco cayendo en manos de la justicia. No podemos permanecer callados
cuando, una vez acabado el becerro de oro del
 boom inmobiliario, vemos cómo nuestros
pueblos venden sus riquezas para seguir montados en el mismo tren de derroche y
endeudamiento. El loro está tan repleto de chocolate que ya no puede volar.

No es de recibo
que sin ningún control externo, los miembros de un Consistorio se reúnan para
ponerse el sueldo a cobrar. Hay alcaldes que se ponen sueldos mayores que los
ministros.

Hemos conocido
pueblos endeudados por gastos sin ninguna necesidad, la lista puede ser
interminable; y después de vender todos los solares de aprovechamiento
urbanístico, dilapidando el patrimonio común, venden ahora las riquezas
naturales como el agua, creando empresas mixtas en las que colocar como
consejeros a medio Ayuntamiento. En el último caso que conocemos, la empresa
tendrá 12 consejeros (más que un consejo ministerial de un Estado).

Pediría por lo
menos que se reformase la normativa para que los ayuntamientos no pudiesen
retorcer la ley y vender el patrimonio mediante la creación de empresas mixtas,
y exigir un control externo para sueldos y prebendas.




 El califa de la
Vega Baja’
 

 

 



JOSÉ RAMÓN GINER 

 

 

EL PAÍS – 03-11-2008

La tarde del pasado viernes, José Joaquín Moya, alcalde del
municipio alicantino de Bigastro, ingresaba en prisión acusado de corrupción
urbanística. Durante 25 años, Moya ha sido una autoridad incuestionable en su
región, donde llegó a ser conocido comoEl califa de la Vega Baja.
 Los periodistas han escrito que el
hombre que en la mañana del viernes descendió del furgón policial frente al
Palacio de Justicia de Orihuela, no era el mismo que tres días antes era
detenido por la policía. En esas 72 horas, José Joaquín Moya se había
derrumbado. Cuando comprendió que su carrera política estaba acabada, firmó su
renuncia como alcalde.

El caso de Moya
es el de los políticos a quienes la facilidad para el triunfo y una excesiva
permanencia en el poder termina confundiendo. Habilidoso, populista, su
autoridad alcanzaba más allá de los límites de su pueblo, Bigastro, en una
extensa red de alianzas y favores que estableció a lo largo del tiempo. Tras
perder los socialistas la Generalitat, se creyó que su ascendiente
desaparecería, pero supo conservarlo maniobrando con habilidad. Aunque, en los
últimos años, su proyección era cada vez más menguada, las alianzas con unos y
otros le permitían mantenerse a flote.

Las denuncias que
han acabado con su carrera política se habían producido con anterioridad, pero
nunca pudo probarse nada. Estos delitos, cuando se producen, son difíciles de
demostrar porque rara vez se obtienen pruebas. La propia sociedad es renuente a
aportarlas, como demuestra la conducta de los bancos. La Justicia, por su
parte, es lenta, y vemos eternizarse los casos de Fabra, de Hernández Mateo, de
Díaz Alperi, de Medina. Hay acusaciones, hechos escandalosos que suceden a la
vista de todo el mundo, pero falta ese detalle último, inapelable, que prueba
la existencia de la falta.

En el caso de
Moya, se creó un clima de confianza y de impunidad reforzado con el tiempo.
Además, en cada votación, Moya era reelegido por sus paisanos, y la victoria avivaba
la idea de que todo le estaba permitido. El político tiende a pensar que el
triunfo en las elecciones legitima su conducta y le permite cualquier acción
que emprenda: acaba de decirlo Font de Mora para justificar sus experimentos
con los estudiantes.

Después, estaba
el apoyo del partido a quien este hombre prestaba un servicio: ganaba
elecciones, aportaba diputados para acceder a las instituciones provinciales.
Todo esto supone dinero, influencias, puestos de trabajo, votos en las
asambleas. Son las viejas maneras del caciquismo que aparecen transformadas,
pero que jamás se extinguen porque el poder las necesita y las favorece.
Quienes hace unos días se sentaban a la mesa con José Joaquín Moya para
homenajearle, ¿pensaban que su conducta -conocida en toda la Vega Baja-
representaba los objetivos del Partido Socialista?

En estas
ocasiones, hay que volver los ojos hacia Leonardo Sciascia, que conoció el mal
de cerca: “Si no se vuelve a pedir a las personas una declaración precisa
de lo que son, de lo que hacen, de cómo viven; si no se vuelve a juzgar una
acción por lo que es, sin pararse a considerar si fue hecha con la mano
izquierda (que sabe lo que hace la derecha) o con la mano derecha (que sabe lo
que hace la izquierda) temo que ninguna reforma o revolución consiga sacar a la
proverbial araña del proverbial agujero, imagen perfectamente pertinente de la
situación, que debería incluso multiplicarse: tantas arañas, tantos
agujeros”.

 

 

 


Susana Fortes 

 


 

BABELIA – 01-11-2008

No sé de dónde me
viene esta obsesión por las tumbas. Todo empezó en París hace algunos años,
cuando un amigo chileno me llevó de la mano a visitar la tumba de Cortázar, en
el cementerio de Montparnasse. No es que el sitio tuviera nada de particular,
pero encima de la lápida había una nubecita gris y el aura del lugar hacía que
pudieran suceder cosas extrañas o inventadas. Para Cortázar la invención
consistía en clavar un dardo en el centro de la realidad y transformar
cualquier episodio banal en lo nunca visto. Qué quieren, París, veinte años, el
tiempo que pasa despacio cuando se es joven…

Hay algo insólito en la quietud de
las piedras. Algunas tienen una dimensión blanca como la ventana de una
habitación encendida al anochecer. Así me pareció la tumba de Josep Pla en el
pequeño cementerio de Llofriu, en el Ampurdán, un rectángulo misterioso de
mármol flanqueado por siete cipreses y dos matas de azaleas en medio del
silencio de la campiña. Sin embargo la tumba de Antonio Machado produce una
sensación imprecisa, igual que los días que se quedan a medias. El sol de
Colliure le da a la losa una calidad vibrátil como las voces de los chavales
que acuden cada día en peregrinación desde cualquier instituto. En el buzón de
cristal que hay a un lado de la lápida se ven cientos de mensajes en trocitos
de papel enrollados como papiros. Estuve un rato allí de pie, fumando y
pensando que el poeta debía de encontrarse a gusto en aquella colina, junto al
mar. También pensé en el tristísimo invierno de 1939. Su recorrido en tren hasta
la frontera y luego a pie por los Pirineos, bajo la lluvia, mientras los
fascistas entraban en Barcelona.

Tal vez sólo los poetas pueden
permitirse el final que han merecido sus sueños. “Moriré en París con
aguacero/ un día del cual tengo ya el recuerdo/ …Jueves será” -escribió
César Vallejo, peruano, flaco y desalmado con la sintaxis-. Su sepulcro parece
un altar de Santería. Hay guantes largos de terciopelo dignos de Gilda, un
cigarrillo con la boquilla manchada de carmín, una botellita de perfume caro y
un lápiz de ojos con la punta recién afilada. Sé de más de uno que daría la
vida por ser recordado con tanto misterio.

Pero de todos los cementerios el más
inquietante, sin duda, sigue siendo el de Novodievichi, en Moscú, donde está
enterrado Antón Chéjov. Lo visité un día de noviembre hace ahora dos años.
Mientras dejaba una ramita de abeto sobre la tumba del escritor, el disidente
ruso Alexandr Litvinenko, que investigaba la muerte de la periodista Anna
Politkóvskaya, moría en Londres envenenado con una sustancia altamente
radioactiva. Hubo una época en
la
URSS
en que ser escritor significaba morir joven. En
Novodievichi hay una buena representación no sólo de poetas sino también de
científicos… Muchos de ellos fallecían de un ataque al corazón según el
 Pravda y la ley del silencio se encargaba de
lo demás. Al otro lado de los abedules nevados que guardan el sueño de Chéjov,
se extiende el largo invierno ruso con olor a carbonilla, cubriendo el cielo de
aquella ciudad incurable y gótica, de poetas y espías. El pasado y el presente
cruzados en la córnea de un ojo de hielo. Lo demás es literatura.

 

 

Centrifugar la responsabilidad 


JOSEP TORRENT

 

 

EL
PAÍS – 05-10-2008

¿Es
sensato que la comunidad autónoma más endeudada de toda España respecto de su PIB
reduzca los impuestos para dejar de ingresar cerca de 2.000 millones de euros?
¿Parece razonable que en una época de crisis en la que se va a producir una
reducción de ingresos públicos debido a la caída de la actividad económica, un
gobierno regional deflacte la tarifa del IRPF? ¿Resulta lógico que una
autonomía subvencione una hipotética subida del euríbor cuando no puede hacer
frente a múltiples compromisos económicos, bien sea con sus proveedores, bien
con las universidades públicas? ¿Es razonable que, pese a la bajada de
impuestos y la caída de ingresos, una administración pública mantenga un nivel
de gasto muy por encima de sus posibilidades? Si la respuesta es sí, usted es
miembro del gobierno de la Generalitat o militante del Partido Popular de la
Comunidad Valenciana. No puede serlo de ninguna otra parte porque Mariano Rajoy
a las preguntas anteriores siempre responde no. Un clásico del PP, como el
eurodiputado José Manuel García Margallo, con varios libros escritos sobre
financiación autonómica y política impositiva, sentenció en su día: “Las
deudas de hoy son los impuestos de mañana”. En su tierra nadie parece
hacerle caso.

Si usted es un ciudadano perplejo que no entiende
nada de nada, puede acudir en demanda de auxilio a algún catedrático de economía
que le explicara que, cuando un gobierno no puede actuar sobre los tipos de
cambio ni sobre el mercado de trabajo, el único recurso que le queda es poner
en marcha una política fiscal muy flexible. Incluso le citará a Robert Mundell,
premio Nobel de Economía por su teoría sobre las áreas monetarias óptimas y padre
del euro. Claro que está por ver que Gerardo Camps, consejero de Hacienda de
la Generalitat, haya
estudiado a Mundell, porque el economista canadiense sostenía que la
flexibilidad impositiva debía de ir acompañada por una contención del gasto
público. Y ahí sí que no parece que el gobierno valenciano esté por la labor.
Un detalle, simbólico, pero significativo, hubiera consistido en anunciar una
congelación de los sueldos de los miembros y de los altos cargos del Consell;
pero ni ese gesto se les adivina. Es más, el presidente Camps ha anunciado que
va a poner en marcha un tercer canal público de televisión. Más gasto.

¿Y qué hace un gobernante que gasta como el que más
y recauda como el que menos? Echarle la culpa a un tercero. Centrifugar su
responsabilidad. El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero,
señala a Estados Unidos como la causa de la crisis económica que atraviesa
España, pero olvida que tarea de su gabinete fue haber evitado la burbuja
inmobiliaria y cometido suyo es el presentar un plan contra la crisis con
medidas de mayor impacto que el rosario de minúsculas propuestas que viene
presentando desde el pasado mes de abril. Y si Zapatero lo hace, si lo hacen
también los presidentes de gobierno de Europa, qué no va a dejar de hacer
Francisco Camps que vive instalado en la irresponsabilidad (en la medida en que
no se siente responsable de nada de lo que ocurre en
la Comunidad Valenciana,
salvo de aquello que va bien) desde hace varios años. ¿Burbuja inmobiliaria? El
Consell la amparó, mimó y consintió con una política de urbanismo salvaje
indecente. Llanera, Astroc y centenares de pequeñas y medianas empresas
auxiliares del sector de la construcción están en quiebra. No todo es
responsabilidad de
la
Generalitat
, pero en el Consell nadie movía un músculo de la
cara cuando se les insinuaba que la crisis del ladrillo podía ser una realidad.
Por no hablar de las entidades financieras regionales.

Una de las causas, no la única, pero sí una de las
principales de esta imprudente manera de actuar -que en absoluto es patrimonio
del gobierno valenciano- es la ausencia de corresponsabilidad. Las autonomías
manejan alrededor del 37% del gasto público de toda España y apenas gestionan ingresos.
Son instituciones de gasto y si el nuevo sistema de financiación autonómica no
lo remedia el problema seguirá.

La obsesión del Consell por centrifugar cualquier
responsabilidad (la última, su renuncia a hacerse cargo de la gestión de los
ríos valencianos) corre el riesgo de resultar dañina a medio plazo. Los
ciudadanos pueden empezar a cuestionarse si realmente vale la pena tener un
gobierno con una gran capacidad para organizar las fiestas mayores, pero
impotente para afrontar cualquier problema: Desde la sanidad hasta la crisis
económica. Francisco Camps debería reflexionar sobre ello.

 

 

El buen valenciano 


JOSÉ RAMÓN GINER

 

 

EL
PAÍS – 06-10-2008

Ricardo
Costa, el portavoz del Partido Popular, es un hombre abrumado por las certezas.
Pudimos comprobarlo en el último debate de las Cortes Valencianas, donde Costa
dictó una clase de ciudadanía a la oposición. No sabemos cómo habrían sonado
sus palabras traducidas al inglés; en castellano, resultaron esclarecedoras.
Algunas personas podemos suponer que Rodríguez Zapatero es responsable de la
baja calidad del semen de los valencianos; pero la prudencia nos impediría
afirmarlo en público, hasta que los estudios confirmen la relación. Ricardo
Costa no necesita ningún estudio para extraer sus propias consecuencias: si
algo desagradable ocurre, la culpa es de Zapatero. Con este argumento en ristre
sale dispuesto a merendarse a la oposición en cada debate. A veces, el
apresuramiento hace que se aturda con las palabras y, como les sucede a los
cachorros, acaba mordiéndose la lengua en su deseo de atrapar la presa. ¡Qué
hombre tan apasionante!

“Deje de ser un socialista apadrinado,
tutelado y adoctrinado por Zapatero y sea castellonense, valenciano,
alicantino. Como yo, que soy castellonense, valenciano, español y del Partido
Popular”, le espetó Costa a un sorprendido Ángel Luna en el debate del
pasado jueves. Que Ricardo Costa es un patriota, lo expresan sus palabras con
claridad. Por nuestra parte, jamás nos hubiésemos atrevido a ponerlo en duda.
Un patriota, además, del Partido Popular, que es donde se concentra el mayor
porcentaje de patriotismo peninsular. A mí, sin embargo, estas reclamaciones
públicas de patriotismo, me producen un ligero malestar. Veo en ese amor
exagerado por la patria algo de excluyente, y el que agita Costa no es, desde
luego, una excepción. Si el patriotismo de Francisco Franco necesitó la
anti-España, éste otro, más modesto, se conforma con el anti-Zapatero. Pero no
nos engañemos, pese a reducir su ámbito geográfico, los objetivos no son muy
diferentes.

En el debate, Ángel Luna reprochó a Costa que su
discurso fuera un insulto a la inteligencia. No estoy de acuerdo con Luna.
Costa no se dirige a la inteligencia, sino a ese territorio nebuloso del
cerebro donde se producen las emociones que alimentarán el voto. No habla para
la Cámara, lo hace para la calle; su objetivo es el ciudadano. Puede
disgustarnos el patriotismo de campanario que despliega Ricardo Costa, pero no
cabe duda de su efectividad. La habilidad del gobierno de Camps para hacer
pasar como intereses de los valencianos lo que no son más que intereses
propios, está fuera de discusión. Quien no lo crea, puede repasar el contrato
de las resonancias magnéticas o el que la Consejería de Turismo acaba de firmar
con Air Nostrum. El histrionismo de Costa resulta excesivo y puede mover a la
sonrisa, pero no despreciemos sus efectos que son de largo alcance.

Desde que Ángel Luna interviene en los debates de
las Cortes, estas han ganado pulso y muestran un dinamismo mayor. Durante meses,
las Cortes Valencianas han presentado una falta de tono muy notable que les
restaba cualquier interés público. Era una falta de tono que las presidencias
se han encargado de cultivar con esmero, siguiendo las indicaciones de su
partido. La propia falta de personalidad de los presidentes -ésta es una de las
condiciones que se exige para desempeñar el puesto- facilitaba la tarea; la
debilidad de la oposición, hacía del resto. Ha habido ocasiones en que las
Cortes podrían haber cerrado sus puertas sin que echásemos de menos su
ausencia.

 

  

 

Afegeix un comentari

Deixa un comentari

L'adreça electrònica no es publicarà. Els camps necessaris estan marcats amb *