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Dudas

JUAN JOSÉ MILLÁS

 

EL
PAÍS  –  Última – 14-03-2008

 

Tan humanos

CARLOS BOYERO

 

EL
PAÍS  –  Pantallas – 15-03-2008

 

IDA Y VUELTA
Novela de una cara

Antonio Muñoz Molina

 

BABELIA
– 16-02-2008

 

LA ZONA FANTASMA
El pisito

Javier Marías

 

EL
PAIS SEMANAL – 16-03-2008

 

El voto de los obispos

XIMO BOSCH

 

EL
PAÍS – 05-02-2008





Dudas

JUAN JOSÉ MILLÁS

 

EL
PAÍS  –  Última – 14-03-2008

Soy uno de los pocos españoles incapaces de dar un consejo a
Zapatero para que administre bien su victoria o a Rajoy para que gestione con
sabiduría su derrota. Y no es que me falten opiniones, pero todas son ajenas.
Tengo tantas opiniones ajenas (oigo mucho la radio) que apenas me queda hueco
para las propias. Por otra parte, me importa un bledo, la verdad, cómo se lo
monten Zapatero o Rajoy, ellos sabrán. Lo que en estos momentos históricos me preocupa
es averiguar si Dios es un extremista o un moderado, asunto que no debe de
inquietar a la población, pues ni los tertulianos ni los editorialistas se
ocupan de él.

Me refiero, claro, al Dios de Rouco,
de Acebes, de Ana Botella, de Rajoy, de Mayor Oreja; ese Dios cuyos
representantes se manifestaron con pancartas y banderas varias veces durante la
pasada legislatura; el mismo que está en contra del preservativo, del aborto,
de la Educación
para la Ciudadanía,
de la investigación con células madres, del divorcio… ¿Ese Dios es moderado o
radical? Tal es lo que me preguntaba mientras el piadoso Acebes aseguraba por
la tele que el PP se había llevado los votos del centro, mientras que en
el PSOE habían recalado los de los extremistas, es decir, los de quienes no
están de acuerdo con meter en la cárcel a los niños de 12 años; los de quienes
no practican el odio al extranjero; los de quienes están a favor de extender a
los homosexuales los mismos derechos de los que goza el resto de la
población… Quizá parezca ingenuo preguntarse si el Dios de Mayor Oreja es
extremista o moderado, pero si va a tener sobre la presente legislatura la
misma influencia que sobre la pasada, deberíamos poseer más datos acerca de ese
Dios. ¿Cómo saber, en caso contrario, si cuando Rouco asegura que va a rezar
por Zapatero debemos interpretarlo como una cortesía o como una amenaza?

 

Tan humanos

CARLOS BOYERO

 

EL
PAÍS  –  Pantallas – 15-03-2008

Qué manía la de rasgarse las vestiduras cuando se descubre la
gozosa afición a transgredir el sexto mandamiento de los encargados de
administrar la cosa pública y de velar por la moral. Los conmovedores
interrogantes sobre la muy humana naturaleza de su raza que hacía el judío
Shylock en “El mercader de Venecia”( Si nos pincháis, ¿no sangramos?;
si nos cosquilleáis, ¿no reímos?; si nos envenenáis, ¿no morimos?, y si nos
ultrajáis, ¿no nos vengaremos?) podría prolongarse en las necesidades de la
casta política con: Si nos excitamos, ¿no debemos fornicar?; si anhelamos sexo
comprado y nos lo facilita la
Visa
, ¿no deberíamos consumarlo?

Por mi parte, prefiero que los que
dirigen el cotarro sean libertinos saciados a los puritanos con carencia o
represión del apetito sexual. Ya explicó el sabio Freud que casi todas las
neurosis están relacionadas con la libido. Mejor un padre de la patria golfo
que un meapilas obsesionado con las grandes verdades. Si te distraes dándole
placer a tu cuerpo, es probable que se te olvide lo de machacar a tus súbditos
o a los enemigos de la patria. Cuentan que Franco encontraba muy plácida la
castidad. Hitler se conformaba con Eva Braun. A Videla y a Pinochet les iban
más las misas que los burdeles. Y luego pasa lo que pasa.

Lo que resulta vomitivo es que desde
el poder estés dando la brasa pública de la moralidad y dispongas privadamente
de un harén de superputas para hacer reales tus morbosas fantasías. O lo del
lúbrico pepero Rodrigo de Santos, que pagues tus legítimos orgasmos con efebos
de sauna con esa tarjeta que alimenta el siempre estafado contribuyente. Se va
a poner de moda lo de “putos y varios” para justificar gastos.

Admitiendo la incontestabilidad de
que la cara es el espejo del alma, qué pena no ver más el truhán careto de
Zaplana. Sin embargo, cuánto alivio si nos privan del piadoso Acebes.

 

IDA Y VUELTA
Novela de una cara

Antonio Muñoz Molina

 

BABELIA
– 16-02-2008

Entre la gente borrosa una cara nos llama. Nos sucede igual en
la calle o en el cine o en las páginas de una revista o en las salas de un
museo. Nos llama con una atracción que tiene que ver con la belleza pero no con
cualquier clase de belleza, la más o menos general o aceptada, sino con aquella
que por algún motivo despierta algo muy específico en nosotros, lo que nos hace
singulares y lo que nos hace sensibles a un cierto tipo de singularidad, igual
que nuestros ojos y nuestros oídos son sólo sensibles a un rango muy estrecho
de longitudes de onda. La cara es el espejo del alma, pero del alma de quien
está mirándola. Hay quien se quita la cara para mostrar la máscara que escondía
debajo, como dice Oscar Wilde, y quien retratando en fotografía o en pintura
esa pura exterioridad del rostro se adentra en lo más secreto de la conciencia.

Una cara es un misterio: la promesa
de una historia que estamos impacientes por saber. En muchos casos, en la
historia del Arte, el misterio es definitivo, porque se desconoce el nombre de
la persona retratada, de modo que lo que había sido una afirmación insolente de
individualidad se ha convertido en testimonio de un anonimato irreparable. Entre
los miles de caras del Metropolitan Museum de Nueva York a mí las que más me
atraen son las de los retratos pintados sobre las tapas de los sarcófagos de El
Fayun. Tienen alrededor de veinte siglos, pero el naturalismo de la técnica es
tan desconcertante como la modernidad o más bien la inmediatez de las
expresiones: caras de hombres y mujeres casi siempre jóvenes, absortas en una
individualidad no menos intensa ni menos angustiada que la mía, entristecidas o
apaciguadas por la aceptación de la muerte.

Entramos en una habitación y una sola
cara nos llama. En una sala de la Fundación Mapfre, en las lejanías inhóspitas de
un Madrid agigantado y caraqueño, nada más entrar me ha llamado desde el fondo
la cara de una mujer joven que tiene en los ojos muy grandes y oscuros y en la
expresión ensimismada y a la vez atenta algo del misterio de los retratos de El
Fayun. La he visto alguna vez, seguramente en la cubierta de un libro. Pero
según me acerco no sé nada de ella; para mantener lo más posible la primacía de
la mirada, el encuentro a cuerpo limpio con la desconocida del cuadro, aún no
me inclino para leer el título y el nombre del autor. No quiero saber todavía
quién es esa mujer ni quién la pintó ni cuándo. Hay algo en ella de los
retratos alemanes de los años veinte, su aire estático y la severidad de su
expresión. Pero los colores son de otra época anterior, una gradación de
grises, casi violetas, blancos y perlas que pertenecen más bien a las armonías
visuales de Whistler. Las mujeres de Whistler suelen posar con una elegancia un
poco lánguida, se exhiben con la soberbia de su posición social o abandonándose
dócilmente a la mirada masculina del pintor. Esta mujer es mucho más moderna:
no lleva sombrero y el viento del mar le ha apartado el pelo corto y suelto de
la cara. Está sola, envuelta en una magnífica capa gris, que parece haberse
echado sobre los hombros de cualquier manera, la camisa blanca abierta. Pero lo
más moderno es su belleza sin arreboles ni blanduras, sólo línea y volumen: la
cara delgada, los pómulos altos, el mentón fuerte, la boca dibujada con una
sensualidad de labios finos que también es un gesto sutil de determinación.

“Romaine Brooks”, leo por
fin, “A la orilla del mar, 1912″. En esa cara hay una novela.
Para mi vergüenza aún no sé nada de Romaine Brooks pero esa mujer del cuadro me
es muy familiar. Tiene un romanticismo de heroína de novela; irradia de toda
ella el poderío de una historia que no sabemos cuál será, pero que está visible
en la mirada que viene a encontrarse limpia y retadoramente con la nuestra, en
la capa con la que se abriga contra el viento, en el mar de color de acero
junto al que ha salido a pasear ella sola: con la cabeza descubierta, sin el
corsé rígido y las faldas imposibles con que se pasean las mujeres en las fotos
de la época y en los cuadros del impresionismo tardío, sin sombrilla y
probablemente sin botines. Es una heroína de novela, pero de una novela que no
se ha escrito aún en la fecha del cuadro. Es joven, pero no demasiado, y no
necesita la plena juventud ni la abundancia carnal para ser atractiva. Para
Henry James sería inconcebible. Pero también para Joyce y Proust. La
reconoceremos en las mujeres intrépidas de Isak Dinesen y de Virginia Woolf.
Tal vez parte de su secreto es que no se ofrece a la mirada de un hombre, no al
menos de un hombre de 1912.

Pero las novelas más extrañas no son
las inventadas. En 1912 Romaine Brooks tenía treinta y ocho años. De niña había
vivido errante por Europa con una madre que la detestaba y que dedicaba toda su
atención a un hijo trastornado y agresivo. La madre la abandonó en Nueva York
al cuidado de una antigua criada. Vivió miserablemente hasta que en 1902 heredó
la fortuna de un abuelo que se había hecho colosalmente rico explotando minas
de antracita en Pensilvania. En París fue la retratista de un círculo ilustre
de lesbianas de alta sociedad. En esa misma costa de Normandía que aparece al
fondo de su autorretrato vivió hacia 1910 un triángulo amoroso que incluía a
Gabriele D’Annunzio y a la bailarina Ida Rubinstein, de la que D’Annunzio
estaba enamorado sin esperanza, pues ella sólo amaba a Romaine Brooks. En 1914
conoció a la escritora Natalie Barney, con la que vivió un amor que duró más de
medio siglo. Hasta finales de los años veinte fue una pintora célebre, tan singular
en su estilo como en la atmósfera de sus retratos de mujeres, indiferente a las
vanguardias que iban sucediéndose a su alrededor. Simpatizó con el fascismo y
pasó la II Guerra
Mundial con Natalie Barney en una villa de las afueras de Florencia. Poco a
poco había dejado de pintar. Truman Capote la visitó a finales de los años
cuarenta. Cuando tenía casi noventa años rompió con Barney, furiosa por las
infidelidades de su amante, que siguió mandándole hasta el día de su muerte
cartas de amor que Brooks no contestaba. La imaginamos estáticamente detenida
en su mundo de entreguerras: pero murió en 1970, el mismo año que Janis Joplin
y Jimi Hendrix. Había vivido sola durante muchos años, encerrada en una casa
con cortinas negras en la que no entraba la luz del día, porque tenía miedo de
que el sol la dejara ciega. También temía que si se sentaba en un banco de un
parque las raíces de los árboles le chuparían la vida. Quién hubiera adivinado
la novela del porvenir de Romaine Brooks en su mirada de 1912.

 

LA ZONA FANTASMA
El pisito

Javier Marías

 

EL
PAIS SEMANAL – 16-03-2008

Por si no bastara la espontánea y general confusión que muchos
españoles tienen respecto a sus derechos, hoy proliferan en la televisión
anuncios particularmente falaces que incitan a adquirir cosas bajo el lema
“Tienes derecho a Internet” o a lo que sea en cada ocasión. Lo que a los
espectadores les queda no es el gasto que han de hacer para disponer de esto o
de aquello, sino el nefasto latiguillo de que tienen “derecho” a todo, incluido
el mayor absurdo, “a ser feliz”. Así, no es demasiado extraño que sobre todo
los jóvenes lo repitan como loros ante cualquier circunstancia: “Tenemos
derecho a divertirnos”. O “a oír música gratis”. O “a la cultura, que es de
todos”, y demás sandeces y despropósitos. Inevitablemente, la sibilina e
inculcada idea de “tener derecho” lleva aparejada la sensación de que cada cosa
le es “debida” al ciudadano y de que es al Estado al que le toca
proporcionársela, a veces a un precio irrisorio y a veces gratis. Yo no sé.
Tras más de treinta años de democracia lo normal sería que los españoles
hubieran aprendido a distinguir con precisión a qué tienen de verdad derecho y
a qué no, y por supuesto cuáles son sus deberes, pero, lejos de eso, cada vez
cuesta más que lo distingan. La culpa no es sólo de la publicidad, claro está,
sino en gran medida de los políticos, que además, en el reciente periodo
preelectoral, se han dedicado a ofrecer toda clase de bicocas fantásticas a los
votantes, haciéndoles creer aún más en su enloquecida y siempre creciente
ampliación de “derechos”. Y otro tanto consigue la prensa, la cual, por
ejemplo, ha convencido a los ciudadanos de que “hay que respetar todas las
opiniones”, cuando lo único que hay que respetar es que todo el mundo pueda
expresar la suya. Pero una vez expresadas, todas pueden ser objeto de crítica,
irrisión, desprecio, denuesto, sátira o diatriba. Yo tengo derecho a decir que
tal o cual opinión me parece una majadería, o racista, o machista. A lo que no
lo tengo es a impedir que nadie suelte la suya. Son cosas muy distintas que se
tienden a confundir, y por eso son frecuentes los lectores que me acusan de
“insultar” si tildo de necedad tal o cual postura, y me recriminan que “falte
al respeto” a quienes no piensan como yo. Todo el mundo puede decir lo que
quiera, faltaría más, pero también todo el mundo puede opinar lo que quiera
sobre lo que dicen los demás. Y todo el mundo puede opinar, desde luego, que
las necedades enormes las estoy soltando yo.

He observado que uno de los
“derechos” que mucha gente tiene más interiorizados es el de poseer un piso,
quiero decir en propiedad. Es cierto que los precios de la vivienda son
escandalosos y abusivos (tanto los de compra como los de alquiler), pero cada
vez es mayor la confusión entre el derecho a una vivienda digna –pero no
gratuita– que establece nuestra Constitución, y el supuesto “derecho” a ser
dueño de ella. Se oyen y se ven quejas por doquier: “Es que se nos va más de la
mitad del sueldo en la hipoteca”, exclama una joven pareja en televisión, como
si eso no fuera lo lógico y como si la posesión de un piso fuera algo tan
indispensable como el comer. Es decir, como si la pareja en cuestión no tuviera
más remedio que hipotecarse a cuarenta años porque no se concibiera la
posibilidad de no ser propietario. Es una extraña manía española, sin parangón
en ningún país que yo conozca. Lo que los españoles parecen ignorar es que: a)
el 80% de los europeos viven en régimen de alquiler, sin que eso les suponga ni
una tragedia ni un oprobio; pagan por el uso de algo, y, en contra de lo que
aquí se piensa, no están “tirando” el dinero, sino que lo destinan al disfrute
mensual del piso a su alcance o de su elección, lo mismo que la ropa que visten
o los alimentos que ingieren, que en modo alguno son eternos; y b) que, hasta
hace no mucho, lo normal, también en España, era que los pisos se alquilaran,
no que se pudieran comprar.

A mí me parece muy bien, por
supuesto, que quien quiera adquirirlos (porque desee legarlos a sus hijos, o así
se sienta más seguro, o incluso para especular) proceda a ello. Lo que
encuentro disparatado y pueril es que luego ande llorando por lo costoso de la
operación, o por el escaso sueldo que le resta, o que denuncie su situación
“injusta”, como si no fuera una situación en la que él mismo, libre y
voluntariamente, ha resuelto meterse. Es como si un ciudadano armase un
escándalo por lo caro que le sale comprarse un coche, cuando nadie lo obliga a
hacer ese dispendio. Y, lo mismo que existe el transporte público para quien no
puede o no está dispuesto a costearse un automóvil, existen los alquileres para
quienes no pueden o no quieren hipotecarse de por vida en la compra de una
vivienda. Ah, pero no: no se sabe por qué, al pisito en propiedad hay demasiada
gente que cree tener “derecho”, o algo que se le parece. Un joven de diecinueve
años le espetó acusadoramente a Zapatero en aquel programa, Tengo una pregunta:
“¿Qué le parece que yo no tenga posibilidad de comprarme un piso?” No recuerdo
qué contestó el interpelado, pero no fue, desde luego, lo que habría sido
sensato y normal en un país que fuera medio sensato y normal, a saber: “A su
edad, me parece lo más natural. ¿Acaso ha empezado a ganar usted dinero? Y en
caso afirmativo, ¿cuánto, si se puede saber? Tal vez lo anómalo sería que
tuviera usted tal posibilidad”.

 

El voto de los obispos

XIMO BOSCH

 

EL
PAÍS – 05-02-2008

La jerarquía eclesiástica nos recomienda el voto que hemos de
depositar en la urna. Y con ello culmina un proceso de implicación política en
el que ha actuado sin complejos como ariete de un partido concreto. No parece
casualidad que el núcleo duro de este discurso, entre ataques al divorcio o a
la homosexualidad, se haya centrado en numerosas referencias a la guerra civil,
con renovadas beatificaciones de cientos de mártires. Es cierto que aquéllos
fueron tiempos en los que la curia también recomendó quién tenía que gobernar,
y el éxito de su sugerencia se mantuvo durante varias décadas. Pero no se
pueden olvidar los peligros de que una institución religiosa, de manera opuesta
a los principios evangélicos, se identifique de manera escandalosa con una
fuerza política, en contradicción con la evidente y sana pluralidad de sus
fieles.

Debe recordarse que aquella guerra se
inició cuando numerosos mandos del Ejército se sublevaron contra el orden constitucional,
con una brutalidad sin precedentes, y aplicaron una represión sangrienta que
provocó durante los primeros días de la contienda el exterminio de miles de
personas, en un modelo de golpe intimidatorio que luego imitaron otros
dictadores como Pinochet. La jerarquía eclesiástica bendijo el golpe de Estado
y sus más destacados obispos lo bautizaron en seguida como cruzada, en
consonancia con su línea anterior de oposición a la democracia liberal y a las
reformas sociales. Además, el apoyo de la Iglesia al alzamiento no fue solo verbal, sino
que se extendió a la cesión de medios materiales y a las labores de
reclutamiento. El conocimiento de los crímenes de los sublevados provocó una
reacción desmedida de numerosos incontrolados en la zona donde fracasó la
rebelión, que acabaron dirigiendo sus iras contra los sectores que patrocinaban
la insurrección, entre ellos la
Iglesia
, pese a la condena enérgica de estos desmanes por
parte de las más relevantes figuras republicanas, como Azaña, Prieto o Peiró.
Es decir, el respaldo explícito de la curia a los golpistas, incompatible con
los más elementales valores cristianos, convirtió a los religiosos en miembros
de uno de los bandos contendientes. Sin embargo, las matanzas ejecutadas por
los golpistas se incardinaban en la estrategia de la sublevación y continuaron
durante largos años en la posguerra, mientras los obispos llevaban a Franco
bajo palio y no formulaban oposición pública al asesinato de inocentes.

Se ha asegurado que la Iglesia no tuvo más
remedio que secundar el alzamiento. Pero su actuación pudo ser diferente, como
lo atestigua la actitud de algunas personalidades aisladas, como el cardenal
Vidal i Barraquer, que se negó a suscribir la carta colectiva de los obispos a
favor de los sublevados, al estimar que no era función de la Iglesia avalar a uno de
los bandos y que resultaba necesaria la apuesta por la paz y la reconciliación;
la conducta de Vidal i Barraquer, propia de un verdadero cristiano, tuvo como
recompensa la imposibilidad de volver a ejercer su ministerio en España.

En este contexto, el
cardenal-arzobispo de Valencia, Agustín García-Gasco, asegura que los mártires
beatificados eran inocentes. Y lo eran sin ninguna duda, como tantas víctimas
de ambos lados que murieron solo por sus opiniones o creencias. No obstante,
con todos los matices que se quiera, no se puede calificar de inocente a la
jerarquía eclesiástica, pues debe considerarse culpable a quien alienta un
golpe de Estado ilegítimo y contribuye al derramamiento de sangre que le siguió.
Es cierto que la culpabilidad en los crímenes contra los religiosos, muchos de
ellos de una crueldad sobrecogedora, debe atribuirse a los asesinos materiales.
Pero, en un plano distinto, existe también otra responsabilidad moral, la de la
cúpula eclesiástica que, con su apoyo a los golpistas, identificó a sus
sacerdotes como integrantes de una de las facciones en guerra, de manera
contraria a las enseñanzas evangélicas.

Nuevamente, los obispos pretenden
eliminar el pluralismo social y alinear a todos sus fieles en una sola facción
política. En lugar de actuar al servicio de un partido, resultaría más
conveniente que la Iglesia
se esforzara en desempeñar un ministerio espiritual activo e independiente en
la mejora de las conciencias morales de todos los ciudadanos, el cual podría
resultar sobradamente beneficioso en una época de incertidumbres éticas como la
presente. Y ello guarda poca relación con las cuatro banderas enarboladas en
los últimos años, las cuales afectan únicamente a antiguos prejuicios y no a
los verdaderos problemas morales que inquietan al ser humano actual. La opción
elegida parece que seguirá provocando más bancos vacíos en los templos, nuevas
declaraciones de apostasía y el creciente descrédito social de la Iglesia que se detecta en
los estudios de opinión. Por cierto, el arzobispado de Valencia construye un
faraónico templo en honor de los mártires de la guerra civil ¿No sería más
cristiano, además de honrar legítimamente a los mártires propios, enmendar
también el silencio del pasado y erigir un templo dedicado a la reconciliación
y a todas las víctimas de la contienda? ¿No sería más cristiano dejar la
campaña electoral en manos de los partidos políticos y dedicarse a predicar
auténticas alternativas espirituales que favorezcan la concordia entre los
ciudadanos?




 



 


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