Un procés constituent canari? (I)

[Sens dubte, el procés sobiranista català estimula el debat més enllà de les nostres fronteres. La fundació canària Tamaimos ha publicat el següent article sobre conceptes com sobirania i procés constituent; n’és l’autor el politòleg Jorge Stratós]

Ante la claudicación política. Desvincular lo real de lo posible, encogiendo y congelando la realidad, es un vicio muy extendido en la política canaria. Conviene alejarse todo lo que se pueda de ese reduccionismo a lo fáctico, por sus nefastas consecuencias. Dicho sea en general y en particular. En general, porque esta no es la vida que realmente queremos (como canta Robert Waters en “Is this the life we really want?”), y necesitamos saber los motivos. En particular, dado que estas no son las Islas que realmente queremos (como muchos pensamos), y precisamos comprender el por qué. La desigualdad social que define a Canarias solo la desea una poderosa minoría ávida de dinero, privilegios y distinción. Es cierto que a su alrededor se acomoda un amplio bloque de poder, canario y no-canario, pero si se descuenta el miedo y la ignorancia inducida, la inmensa mayoría de la población de las Islas no desea tantas arbitrarias desigualdades en todos los terrenos, porque las sufre. Amplios sectores de mujeres y de mayores lo han mostrado recientemente, sin que quepa la menor duda.

Desvincular la mirada a lo logrado por la sociedad canaria (el “recipiente medio lleno”: lo que tenemos) de la mirada a lo deseado por la mayoría de sus ciudadanos (el “recipiente medio vacío”: lo que queremos) es resignarse a que Canarias vaya a la deriva, perpetuando el dominio que le impone esa minoría oligárquica que todo lo controla a su antojo, con mayor o menor consentimiento-y-engaño. Por eso me pronuncio contra el “realismo claudicante”, ese que pretexta que “otra Canarias no es posible”. Porque es la gran opción ideológico-política desde la que ciertos españolismos y canarismos camaleónicos ceban y cimentan al bloque de poder, mientras fingen que se le oponen (de la misma manera que, entre paréntesis, también me declaro contra las seudoalternativas que rechazan ese colaboracionismo desde un “irrealismo extraviado”, que anda siempre perdido y engañado entre dogmas obtusos sobre la buena canariedad).

Hartos del tacticismo conformista. En concreto, el unionismo autonomista realmente existente es una opción de esas características, siendo como es una preferencia legítima desde el enfoque democrático, pluralista e incluyente que suscribo (al igual que también lo es, por cierto, el separacionismo independentista). En Canarias, la gran opción unionista que ocupa el Gobierno y todo el Parlamento tiende a devaluar valores democráticos como son la participación y la deliberación honesta y transparente para la toma de decisiones en los asuntos públicos. Incurre en el tacticismo, que no es más que un minimalismo partidista, ciego, falto de estrategia de transformación social, es decir, carente de perspectiva emancipadora de largo plazo, como se ha evidenciado en el penoso último “debate de la nacionalidad” (el estrategismo, por el contrario, es el yerro inverso, igualmente rechazable, un maximalismo intransigente, vacío, desprovisto de táctica, esto es, incapaz de comprometerse en la unidad de acción para el cambio real de corto plazo).

Por eso mucha gente, entre la que me cuento, está harta de que solo se le ofrezca —como ciudadanía de una democracia supuestamente avanzada— apoyar el conformismo cortoplacista y electoralero de las instituciones y partidos del actual régimen autonomista canario o adherirse a una quimérica separación canaria del Estado español (pace Catalunya, convertida por el Leviatán españolista en “una especie de protectorado” —según el penalista Joan J. Queralt—, aunque sea una nación objetiva y subjetivamente madura para luchar en la actualidad, entre errores e irresponsabilidades políticas múltiples, por incrementar su autogobierno y soberanía, si es que democráticamente su pueblo lo sigue demandando).

En Canarias, hoy por hoy (y hoy por ayer), los poderes fácticos —no se olvide, intraestatales e interestatales: gubernamentales, económicos, militares, religiosos y mediáticos— convergen sin ninguna dificultad en su negativa voluntad de modificar las injustas desigualdades del statu quo. De forma taimada, y de forma bestial, si se tercia. Muchas lecciones son las recibidas de la dictadura franquista pasada y de la democracia posfranquista actual. Retocar solo lo que haya que retocar para que todo siga como está. Y, erre que erre, esa minoría de poder oligárquico plantea y replantea siempre el mismo chantaje emocional y discursivo: que la ciudadanía canaria se someta al dilema trucado de elegir el “orden” unionista presente si no quiere un “caos” separacionista futuro, dilema maniqueo y prefabricado cuyos extremos se retroalimentan en un continuo bucle paralizante (que al menos se remonta a dos siglos atrás).

Un vínculo político que se llama soberanía. La gente feminista (entre la que, no obstante, se echa de menos una mayor presencia de varones) o la gente pensionista (en cuyo apoyo todavía escasean los jóvenes) es la última en denunciarlo, en Canarias y fuera de Canarias, movilizándose —lo reitero— en proporciones muy estimables. Lo que mujeres y mayores con sus respectivas demandas están planteando es precisamente la necesidad improrrogable de vincular lo que tenemos y lo que queremos, lo real y lo posible, lo logrado y lo deseado, el corto y el largo plazo. En fin, amarrar la política táctica a la política estratégica al materializar la política estratégica en la política táctica, como única manera democrática de acabar con las respectivas brechas, desde ahora y para después. Ese vínculo político se llama soberanía. Soberanía feminista y soberanía pensionista, en los casos citados. Se llama también soberanía energética, soberanía alimentaria, soberanía turística… en los demás frentes cruciales. En resumidas cuentas, soberanía contra todas las brechas de desigualdad. Y generalizando, soberanía política, tanto individual (personal y ciudadana) como societal (comunitaria y nacional). Apliquémoslo a Canarias.

Recuerdo aquí que la soberanía no es más que poder autocentrado (descendente o ascendente) cuya principal facultad es la de constituir e instituir a un sujeto (a una persona o a una comunidad) como autoridad política. Cuando surgió la variante democrática de la soberanía en la Modernidad, se caracterizó por la voluntad de empoderar a los individuos (constituyéndolos en ciudadanos nacionales) y al tiempo empoderar a la sociedad (instituyéndola como nación ciudadana). Como poder democrático ascendente, de abajo arriba, les otorga derechos (y obligaciones) junto a pertenencia (e identidad) de ciudadanía y de nación. Por eso la soberanía ciudadana empodera de forma democrática a todas las personas de un ámbito nacional, al tiempo que la soberanía nacional empodera de manera democrática a toda comunidad de condición ciudadana. La soberanía democrática implica entonces —en tanto que vínculo político entre lo real y lo posible— un proceso histórico-social y ético-jurídico abierto y orientado a la constitución e institución de la ciudadanía nacional y de la nación ciudadana. En síntesis, un proceso constituyente.

Proceso constituyente de una Canarias soberana. Esto es, un proceso constituyente e instituyente de las “las Islas que tenemos” en dirección a “las Islas que queremos”. Porque una Canarias soberana no es una utopía paradisíaca. Es tan solo la construcción decolonial de una nación que pueda autodeterminarse democráticamente para empoderar de forma pacífica, libre e igualitaria a sus ciudadanas y ciudadanos. Que pueda autogobernarse para reequilibrar y desarrollar nuestra economía, para aumentar el bienestar popular y garantizar el ejercicio de los derechos políticos de protección, participación y prestación a todas las personas de Canarias, sin indignas brechas de clase, de género, de etnia, de cultura y de ideología. Un proceso de lucha democrática contra la exclusión, en primer lugar, pero también contra la discriminación, la explotación y la opresión que aguanta la población de las Islas. Es decir, un proceso constituyente e instituyente canario contra la dominación y la dependencia. Si el que esto escribe fuese tan solo un desapegado lector, estaría tal vez preguntándose con impaciencia por el cómo, el cuándo, el quién, etcétera, de este proceso en la práctica. Es entonces cuando me contesto que si la urgencia ética se ha de combinar con la prudencia política, también hay que llamar a este cónclave a la razón comprometida.

[Continuarà]

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