Pequeñas revoluciones, Grandes hipocresías

Girl doing homework

 

Hace unas semanas se produjo lo que algunos medios de comunicación denominaron la revolución de los padres. Bajo ese título, una esperaba que al tema se le dedicara espacio y se le diera la importancia que, se supone, tienen en la sociedad de la inacción los estallidos de rebeldía y reacción, los intentos de revolución. Unos titulares, algunas entrevistas en la radio y referencias en la prensa, que en otoño, una vez pasado el argumento tedioso de la vuelta al cole, el precio de los libros de texto y los etc. típicos, tampoco importa mucho lo interno, lo íntimo, lo no político.

No suelo tragar bien el que nos manipulen en los medios, el que no nos informen o lo que es peor, que nos programen con mentiras. Sin embargo, en esta ocasión, estoy del lado de esa prensa que casi pasó por alto lo que en los días anteriores había anunciado como revolución.

La pretendida revolución era la revolución de los padres (no encontré ni un titular con referencia a las madres) frente a los deberes. Titulares como Los padres de la escuela pública, contra los deberes escolares; Un 40% de las familias considera que sus hijos hacen demasiadas tareas escolares, según la confederación de asociaciones de padres CEAPA; La ‘guerra’ de los deberes: padres contra padres por las tareas escolaresLas familias de la escuela pública llaman a boicotear los deberes en noviembre o La confederación de padres reclama que no haya tareas escolares ningún fin de semana de ese mes e incluso una campaña en Change.org lo que escondían era, en mi opinión, una hipocresía descomunal.

Desde hace más de 30 años soy docente y, aunque desde hace tiempo mi alumnado está formado por docentes, he impartido clases a niños y niñas en prácticamente todas las etapas educativas no universitarias. Sé que mi opinión está tintada de la subjetividad que impregna cualquier opinión. Sé que la verdad absoluta no existe (¡ni falta que hace!) y también sé que responde a una experiencia que, aún siendo amplia no puede ser base para la inexacta y peligrosa generalización, pero…siento la necesidad de levantar la voz ante este tema de los deberes escolares que lo que enmascara es, en realidad, la hipocresía de padres y madres, la de una sociedad a la que la infancia, nuestros hijos e hijas, le importa bien poco sino es en relación a los beneficios económicos que como consumidores por contagio- a través- de-padres y madres-parte-del-sistema pueden generar.

Es mentira que nos importen los deberes de nuestros hijos. Una mentira gigantesca. Nos importa un pito el tiempo que puedan pasar frente a un libro y a un cuaderno resolviendo los deberes que los docentes mandan, presionados por un currículo innegociable, impuesto y que, al fin y al cabo sirve a los padres y madres para saber cuándo tiene que saber leer su hijo normativamente o lo que ha de empollar para pasar de una etapa a otra. A la sociedad, como mole monstruosa, le importa un rábano la infancia, y no me refiero a la infancia bombardeada desde una lejanía que nos anestesia y nos “tranquiliza”, ni a la infancia que como apestada duerme bajo lonas de plástico en una Grecia de inmigrantes afortunadamente, para nosotros los hipócritas, lejana. No me refiero a la infancia que se hacina en barrios de e extrarradio, no. Nos importa nada la infancia porque, sencillamente, para nosotros no existe como etapa. Nuestro egocentrismo nos lleva a considerar únicamente la adultez, en la que estamos, y, por cierto pensamiento medioplacista, la vejez, una estación en la que sabemos que, aunque queramos fingir despreocupación, acabaremos pasando algunos años. Miramos a los niños y niñas, si es que alguna vez lo hacemos desde una mirada que se centra solo en ellos y no se evade, mientras parecemos mirarles, en la televisión, o el móvil o el pensamiento ausente, como otros yos pero de tamaño más reducido, miniyos. Les miramos, un instante, pero rápidamente les dejamos de lado para centrarnos en nuestras cosas, nuestros (importantísimos e irresolubles)  problemas. Les miramos, huimos buscando refugio a nuestra frustración y desesperanza (de adulto) y les dejamos de lado, eso sí, reconfortando nuestra escasa consciencia con la tranquilidad de dejarles con una tableta en la mano, con un mando de televisión o play-station, con un profesor particular (por una delegación de nuestro pepito grillo interno), con horarios de mini-yupis que se estresan pasando de una clase de inglés a una de karate con el tiempo justo de abrir un paquete de pastelito-basura-con-cromo-y-azúcar-euforizante y preguntarnos, como único mecanismo de defensa ante el miedo a ser abandonados emocionalmente, a qué hora pasaremos a por ellos.

¿Cómo podemos decir públicamente que estamos en contra de los deberes porque nos hemos dado cuenta de que nuestros amadísimos hijos e hijas, de repente, no tienen tiempo de estar con nosotros, de jugar en el parque, de estar con la familia, de charlar con nosotros y contarnos sus confidencias y sus problemas y…? ¿Cómo podemos decirlo si cuando están en casa no están con nosotros sino con los tótems en los que delegamos la responsabilidad (que supone un esfuerzo innegable) de ser padres, los tótems tecnológicos u otras personas? Lo que nos preocupa, con los deberes, no es el tiempo en que están frente a las tareas extras. Nos preocupa que, para hacer los deberes, nuestros hijos e hijas no puedan estar ya bien-aparcados tanto tiempo en las clases que les pagamos para ocupar su tiempo y así poder huir nosotros (hablo de una mayoría de casos que no es TOTALIDAD) sino que necesiten estar en casa y, lo que es un problema, nos requieran, a su lado, frustrados porque no sabemos cómo ni que enseñarles, cansados de “nuestro mundo de adulto”, un mundo frustrante pero que, en el fono, no intentamos cambiar. Nos preocupa que, para resolver la práctica de aula (insuficiente y mejorable)  de un profesorado  que no es todo lo profesional que debiera en muchísimos casos, por muchos y diferentes motivos, tengamos que rascarnos el bolsillo y pagar a profesores particulares que tapen el hueco que los profesores y nosotros dejamos al descubierto. Nos joroba esa voz de un hijo o una hija, que se queja porque no sabe como resolver un problema de matemáticas, probablemente mal y sosamente redactado en un libro de texto que se ha hecho pensando más en las ganancias de las ventas que en el contenido didáctico, probablemente mal o escasa o rápidamente explicado por un profesor que corre para acabar el temario, diseñado por autoridades políticas que no tienen, ni quieren, puñetera idea de lo que debe ser aprendido por el alumnado para vivir en un mundo como el actual. Nos joroba no saber qué contestarles. Nos fastidia que incluso para no contestarles tengamos que detenernos a ser personas, a hacer frente a la responsabilidad que es ser padre y madre. Pero es mentira que nos preocupen sus deberes, el exceso de ellos. De hecho, no nos preocupa su educación. No protestamos por una ley educativa que no nos hemos detenido ni a analizar; ni por unos libros de texto que ni miramos; tampoco por una lengua impuesta –el inglés- por la que no nos duele nada pagar  a academias y otras especies de negocio. No vamos a los centros educativos, ni a las reuniones ni a nada. Como tampoco los docentes vamos a las casas, que es una manera de decir que no nos preocupamos lo suficiente por el alumnado como personas, no cómo números de una lista de aula. Somos una pandilla de hipócritas expertos en hipocresía que huye de ir al fondo de las cosas porque es ahí donde reside el problema: la educación que nos imponen como instrumento de programación social y la escuela como parking de futuros ciudadanos del sistema.

Pero, bueno, estoy pensando que los adultos de este país, tú y yo, con relación a los niños y niñas y a la educación somos igual que con el resto de temas: espectadores hipócritas que hacemos como que nos importan las cosas pero, eso sí, sin mover un dedo y sin ejercer la menor autocrítica. Así nos va ¿no crees?

Nota: Como he expresado al principio de este artículo, mi opinión, no siendo verdad absoluta, se basa en mi experiencia como docente, observadora de la realidad y madre. generalizar es un error, pero autosilenciarse, ahora quizás más que nunca, no es la solución a nada.

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ORÍGENES Y PSICOLOGÍA DEL CORRUPTO DE DERECHAS

corruptos

 

Una Rita Barberá  que muestra un gesto de tensión, resaltado por las facciones del rostro y sus labios, que no pueden abrirse a causa de la rabia y la frustración. Esto no me puede estar pasando. A mí, no.

Un Alfonso Ruz desmejorado, sin su brillo habitual, que se niega a aceptar que los tronos pueden tambalearse y saluda, a la entrada de la Ciudad de la Justicia a un guardia civil como si nada hubiese sucedido. Este es uno de los míos, se van a enterar…

Son dos de las decenas de corruptos pillados, descubiertos a pesar de que con mil triquiñuelas legales y fiscales estén consiguiendo dilatar el proceso que, definitivamente, les lleve a ser señalados fuera de toda duda. Son los que, precisamente por creerse imprescindibles y dioses, han ultrapasado los limites marcados por la propia y aceptada doctrina del corrupto, por el propio clan de la corruptela. Pertenecen ambos a la insoportablemente extensa lista de saqueadores y tiranos, ladrones sociales, dilapidadores de lo ajeno cuando es plural. Gente, gentuza, que tienen el privilegio de poder comprar y vender sin que el dinero cambie de manos.

Ese corrupto fetén, el pata negra del mafioso de las contratas y las prebendas, el que se salta incluso las precauciones cuando habla por teléfono o cuando hace ostentación de un Ferrari o un bolso, o un aeropuerto construido por mis güevos, ese corrupto es una especie que es el resultado de la mutación evolutiva del fascistas contemporáneo.

Sé lo que digo. Les conozco perfectamente, porque conozco y he vivido en una familia donde estaba interiorizada la superioridad de quien es derechas, de los buenos, de los amigos de los dictadores (pequeños dictadores con aspiraciones a tener calles y plazas, clubes de tenis y náuticos o campos de futbol a su nombre)

Esa especie de fascistas es la base sobre la que estos corruptos de derechas, un poco modernizados en las formas en comparación al dictador que les precede, han mutado hasta llegar a ser los espantajos que, collar de perlas o Rolex, niegan la evidencia, sonríen y enseñan dientes, se escudan en un no era conocedor, no lo sabía, no estaba en el ámbito de mis decisiones, no fui informado…

Estos corruptos llevan dentro un fascista cuya psicología conozco. Mi abuelo era uno de ellos, un fascista de pro que recorrió el itinerario de cargos, favores y amigos que le llevó a ese estado en el que uno -un uno que se cree dios porque es el bueno, porque todo el poder, incluso el de la iglesia, está con él- llega a creerse SUPERIOR, el centro de una mentira que aduladores y pelotas interesados nutre.

Mi abuelo nació en 1908. Fue uno de los integrantes del clan de amigos de Blas de Piñar que se frotaron las manos pensando que con el partido que iban a fundar, Fuerza Nueva, lograrían enriquecerse, material y espiritualmente, reencarnar al dictador muerto a quien tanto veneraban. ¿No será que estos fascistas nunca admiraron al dictador, a quien en el fondo envidiaban hasta el odio,  sino al poder que ejercía?

Fue alcalde de Torrevieja (Alicante) durante los años en los que los chaletes y las casas de los ricos que venían de la capital del Reino de España invadían las zonas en las que vivía, hasta su llegada, únicamente un mar Mediterráneo salvaje y libre, SIN DUEÑO. Era el progreso, pero no un progreso para todos sino un progreso para los amigos, los ricos, para los nuestros.

Recuerdo su aspecto de hombre engreído, su bigote apreciablemente franquista, su pañuelo en el bolsillo de la americana, su sombrero, su arrogancia y el desdén hacia cualquier cosa que no fueran los suyos y…el progreso, su concepto de progreso. En mi memoria también están los días de vacaciones, en los que mis padres y mis hermanos acudíamos a Torrevieja, donde teníamos una casa sencilla (porque el fascista de verdad no duda en sacar provecho y privilegios para su persona, pero ante los hijos, por aquello de que un padre como dios manda, no ha de ceder y ha de criarlos en el esfuerzo y el sacrificio…amén) Un verano, una de mis amigas me preguntó porqué mi familia tenia una playa para ella sola, vallada y con un letrero que prohibía el paso a cualquier persona ajena. Hice la pregunta a mi abuelo. Recibí el cuando seas mayor ya lo sabrás que recibía ante cualquier comentario y, en ese caso, mi abuelo añadió un bofetón con el que consiguió hacerme sentir humillación delante de mi amiga.

Lloré y le amenacé, con infantil e ingenua insistencia, diciéndole que cuando se lo contase a mi padre, él me defendería. Mi padre es mi hijo, así que lo que yo haga siempre le parecerá bien. Y fue, y era, así. Mi padre validaba cualquier conducta del abuelo poderoso.Cuando entrabamos a su casa, repleta de fotos de Primo de Rivera, de cruces falangistas, de banderas de esa España que él y los suyos imaginaban y sentían como único dogma de fe, de cartas enmarcadas de los suyos, de fotografías de Franco y un penosos etc. en blanco y negro, mi abuelo nos obligaba a saludarle con un “Ave María Purísima” que era contestada con un “sin pecado concebida”. Se jactaba de que la Pasionaria (un monstruo cruel, según contaba con ira) había tenido que retirar la orden que había dado, en una ocasión, para que la pava bombardeara Torrevieja gracias a su valentía y a no achantarse ante esa roja. Tuvo un campo de futbol a su nombre, dio el capricho a algunos de sus amigos, embelesados por las habaneras, de crear el certamen de Habaneras (él en un palco, sus nietos junto a él, mostrados como pequeños trofeos y la prueba de que los hijos, si reciben la educación que dios manda, crían nietos también como dios manda, que aseguraran la perpetuación de los nuestros), tuvo calles a su nombre, tuvo el PODER hasta que murió, a los 99 años, y dejó de acudir al CASINO, donde le llamaban con un Don Vicente que validaba la mentira de superioridad y arrogancia que él había creado (y creído).

Rita, Camps, Rato, Rus y compañía son corruptos que tienen el genoma de esos fascistas de ayer, como mi abuelo. No vallan playas, las dan a sus amigos a través de negocios en los que participan. Son los buenos. Jamás han actuado mal, jamás han hecho lo incorrecto. Niegan la realidad, en la que han puesto sus manos carroñeras. No llevan sombrero arrogante ni van a la Casino, pero construyen aeropuertos, crean empresas, dilapidan o desvían presupuestos astronómicos, defienden a los suyos y dan por sentado que los otros, nosotros, cacarearemos en algún momento un atisbo de protesta, tomando uno de los cafés que toman los pobres (un café solo de 1,10 euros, más barato que una cerveza, que ha de durarnos cada una de  las mañanas-en-paro) PERO no reaccionaremos. Ellos saben que nos están llevando a estar habituados a TRAGAR EN HORARIO DE OFICINA. Se limitan a negar lo innegable y, de paso, atacar a los peligrosísimos y desestabilizadores rojos –Creo que Rita no debe dimitir. Se ha desatado la fiebre podemita y todo el mundo ha de irse, palabras del ex-presidente de Extremadura)- y se ríen al ver que, como borregos, todavía hay muchos de los que les admiran que van a depositar sus votos en sus urnas.

 

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LA INFANCIA ENVENENADA

 

dangerous candies

(Clic sobre el vídeo para acceder al visionado en VIMEO)

 

El inicio del llanto, un dedo pequeño señalando cajas de plástico de colores, la amenaza de una tarea que intenta ganarle el tiempo a nuestro tiempo, la recompensa automática por la realización de un acto impuesto a un niño…cualquiera de estas razones y todas las demás que podamos pensar son suficientes para que el adulto, con mayor o menos consciencia, compre, el arma más dulce con el que chantajeamos, premiamos o acallamos, al menos por unos minutos, a los niños: las golosinas.

Fresas gigantes junto a nubes que han perdido su azul real y se tiñen de rosa; serpientes que no cambian jamás su piel, hecha con escamas de azúcar verde; calaveras que al ser chupadas liberan una especie de polvillo que excita los paladares de los pequeños y les provoca pun picor travieso; chicles que duran horas en la boca, de sabores estrambóticos; piruletas que tiñen las pequeñas lenguas con el color de la cara de zombies terroríficos…

Estas son algunas de las tentaciones venenosas con las que envenenamos, cada día, a nuestros hijos. No nos importa saber que la base de estos dulces es el azúcar refinado, un ingrediente del que actualmente conocemos muchos efectos secundarios probadamente perniciosos a corto y largo plazo.

No nos importa conocer el gravísimo e imparable aumento de la obesidad en los pequeños y pequeñas a quienes saturamos de alimentos para sentirnos parte de un sistema que nos empuja a medir el amor por el número de objetos que compramos a los hijos.

Tampoco nos inquieta sospechar que, al igual que en la mayoría de alimentos procesados que consumimos los adultos, en las chucherías flotan colorantes cancerígenos y extremadamente peligrosos que suponen una amenaza mayor en los niños, ya que éstos consumen los aditivos y colorantes de los alimentos propios de los adultos y los que contienen las golosinas que literalmente devoran, muchos de ellos ni siquiera aparecen en las cajas de golosinas, carente de cualquier tipo de etiquetado: E-102 (que proporciona color amarillo-naranja y  puede producir asmas, alergias y eczemas. No se debe mezclar con analgésicos como la aspirina.), E-110 (colorante naranja, probadamente peligroso, que provoca alergias si se mezcla con analgésicos y causa urticaria y asma), E-120 (rojo carmín, muy peligroso, en especial para los niños si se mezcla con analgésicos. Se han detectado en experimentos hechos en ratas, una disminución del crecimiento y proliferación del tejido del bazo en los conejos. Produce hiperactividad en los niños) y E-129 (rojo oscuro), causante de alergia y procesos asmáticos de origen alergénico. Otros colorantes sintéticos, altamente peligrosos, son el E-133 (azul brillante) que se ha demostrado residual y se acumula en riñones y vasos linfáticos, y el E-131 (azul), que produce urticaria en algunos niños…

De poco sirve conocer el dato alarmante sobre el número de niños menores de 5 años que padecen obesidad, INDUCIDA DE MANERA INCONSCIENTE POR LOS ADULTOS QUE LE RODEAN, más de 41 millones de niños y niñas, contabilizados en enero de este año 2016, o el aumento del número de niños y niñas con problemas de diabetes.

Nos da igual. Al menor contratiempo, al menor logro de los pequeños (y envenenados) de la casa, echamos irresponsablemente mano de una de las más efectivas drogas, que junto con la droga de los dispositivos electrónicos y la anticuada televisión, ayuda a que en el niño (y en su salud) se produzca un paréntesis en el que nos quitamos de encima la responsabilidad de ser padres: las chuches.

Aunque quizás, si conociésemos el proceso de fabricación de las chuches, expuesto en el vídeo, nos guardaríamos mucho de dárselas a nuestros pequeños…

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SOLO ELLA SABE QUIÉN SOY

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Según la leyenda, Cristóbal Colón consiguió ganar la confianza de los indígenas que habitaban las  tierras en las que desembarcó utilizando parte del cargamento de sus navíos: pequeños espejos de colores. Deslumbrándoles con un objeto mágico que les mostraba cómo eran consiguió, además de su asombro, su oro. Tras el oro vinieron los recursos naturales de aquellas tierras, luego su cultura ancestral y más tarde sus vidas y su libertad.

“Los lugareños habían quedado tan deslumbrados con los pequeños espejos, que cuando quisieron darse cuenta les habían arrebatado su vida”. Con la referencia a esta leyenda inicia Sergio Legaz su libro SAL DE LA MÁQUINA, una invitación acertadísima a reflexionar sobre el deslumbramiento con el que los teléfonos inteligentes están logrando atrofiar nuestros sentidos, nuestras vidas, nuestro entorno y nuestra libertad.

Hace tiempo que la tecnología no está al servicio del hombre: somos nosotros los que le reñimos una servidumbre que crece con cada nueva aplicación que damos al smartpone. Las consecuencias de lo que Legaz llama este encerramiento constante en un entorno virtual miniaturizado, se esconden, para pasar desapercibidas ante el filtro de nuestra consciencia, en el medio y largo plazo. La distancia temporal las salvaguarda de ser detectadas ya que cada uno de nosotros vivimos, sobrevivimos, únicamente en un paisaje en que las únicas coordenadas son el ahora, el para mí y el para conseguir algo.

En este presente, en el que creamos una realidad que nos permite perder el contacto con ella, y por tanto reflexionar y decidir con cierta libertad, nuestros sentidos involucionan para que la máquina sea la que traduce, expresa, nuestra emoción con un icono, nuestro dolor con un símbolo. La altura de nuestra mirada no se eleva en busca de otra mirada, en busca de un objeto que existe por encima de nosotros.

Al contrario, se enfoca de manera automática y, lo que es aún más grave, con compulsión enfermiza, sobre unos ojos artificiales, de cinco pulgadas: la pantalla de la máquina. Nuestro sueño depende de ella. Hace mucho que no nos despertamos como respuesta a una voz. El zumbido autoritario de la máquina, disfrazado como mucho de murmullo de agua o con sonidos de un bosque completamente irreal, recreado,  es el que nos ordena abrir los ojos, dejar nuestro sueño para iniciar una versión distinta de letargo. Revisamos el correo electrónico, leyendo únicamente la línea del asunto porque nuestra compulsión de barrer la pantalla del móvil con la mirada anestesiada es irrefrenable. Abrimos  whatsapp para devolver, con un icono absurdo, las palabras que otros han escrito, recortando su longitud, y su mensaje. Miramos el calendario, sincronizado desde todos nuestros dispositivos, una especie de red invisible que nos limita y nos hace distintos a los demás con solo introducir en ellos el nombre de usuario. La máquina late en nuestras manos, en nuestros bolsillos y bolsos. Hiberna, solo momentáneamente, sobre el asiento que hay junto al que ocupamos en el coche. Lo buscamos con la mano, en plena curva, al salir de una recta, alargando la mano como el yonki la alarga para obtener lo que calmará su adicción.

Con la máquina, con su estúpida y tramposa magia, nuestro ego se ensancha, haciéndonos creer que somos capaces de alcanzar la verdad, la materialización al instante de nuestros deseos. Pienso. Googleo. Obtengo. Leo. Obtengo. Desecho y olvido, con idéntica rapidez, porque una nueva pestaña se abre para que le dedique el instante suficiente como para creer que lo sé, que lo tengo, que lo he encontrado solo yo, que es mío.

La máquina tiene millones de dedos disfrazados de apps: Relax en 5 minutos; la mejor app para alquilar una casa; una aplicación para recordar dónde aparcó su coche; encuentre el amor de su vida con nuestra app; tablas de multiplicar infantiles con la app Monkey plus; la aplicación para que puedas fingir que te llaman; comparte tus pecados apps; resacas más leves; Dream On, escoje con qué soñarás esta noche…

Amazon se transforma en un psicólogo solicito que nos envía reseñas de libros de autoayuda a partir de cualquier palabra depresiva que haya espiado en nuestro buzón de correo. HP detecta antes incluso que yo misma que necesitaré cartuchos de tóner para mi impresora.

La máquina amiga nos tiende su hombro y su apoyo, cuando advierte, por nuestros correos o el tono nostálgico de las canciones que buscamos en youtube, que estamos atravesando una ruptura afectiva: descarga la app Be2 y encuentra el amor definitivo. La máquina es el espejo de colores con el que se nos compra, se nos despersonaliza. Hemos perdido la posibilidad de  trazar nuestra auto-imagen, definir cómo y quiénes somos cada uno de nosotros. Ella nos perfila, nos describesal de la maquina

, no con adjetivos sino con la Big data que obtiene tramposamente de nosotros. Conoce mi estado de ánimo por las canciones que escucho e incluso por el filtro que utilizo para retocar una foto antes de subirla a la ventana cotilla de Instagram: el filtro Inkwell está demostrado que es el utilizado mayoritariamente por las personas deprimidas.  No hace falta acudir a un terapeuta. Es suficiente realizar, desde el Smartphone, un simple testpara saber quienes y cómo somos a partir de nuestras respuestas sobre el uso que hacemos de la máquina.

Como dice Legaz, (…) Hemos matado el compás de espera y a la menor oportunidad ya siempre echamos la mano al bolsillo para extraer el terminal hipnotizador que nos ayude a cubrir, merced, a sus chispeantes entretenimientos, la desnudez de nuestros vacíos. Sin el auxilio del terminal nos sentimos desprotegidos, nerviosos, inseguros. La inteligencia artificial ha conquistado todos los preciosos momentos de libertad interior que antes solo eran nuestros (…).

Aún así,  a pesar de la supremacía y la dictadura de la máquina, sonrío al pensar que el apocalipsis no será retuiteado…

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EL MOSCARDÓN AMERICANO

trump-etadas

 

No es mosquito, es abejorro,

más feo aún, moscardón

con un tupé bien cardado,

un verdadero c…ón.

No es el Aedes aegypti,

ese mosquito jodido

que lleva el dengue en sus patas

y la ckikunguña en el pico.

 

Es un moscardón, ya saben,

que a fuerza de grandes pagos,

de comprar a candidatos,

montar saraos con globos

y pasear la familia

full de hijos interesados-

ha conseguido medalla

de retrasado[1] potente

aspirante a presidente

de un país peor que el nuestro.

 

Españistán, no lo olvides,

tiene presidente insecto,

abejorro es a escondidas,

mentiroso hasta en su vuelo

que aunque a inmigrantes y pobres

bien quisiera exterminar,

nuestro abejorro en el plasma

la boca sabe cerrar,

tanto, sí, que no la abre:

esta es una gran verdad.

Continua llegint

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DIOSES, POLÍTICOS Y OLVIDOS

dioses politicos y cuentos

Escribe R. Montero, bajo el título Todos nuestros Dioses, una reflexión que entraña una visión de la religión llena de matices. Encuentro conmovedor que los humanos nos hayamos inventado todos esos cuentos fundacionales que son la religiones dice, como resumen del artículo. Antes de expresarse con estas frases poéticas, como era de esperar en una mujer inteligente y analítica, R. Montero se describe a ella misma, respecto a la religión, explicando con sinceridad que de su agnosticismo al ateísmo, que también le es cercano, le separa una mínima línea, esa frontera que hace que aceptemos envolvernos con una etiqueta siendo conscientes de que las etiquetas, todas, son insuficientes para captar el proceso cambiante de nuestra evolución ideológica: (…) Y no digo atea, aunque me sienta muy cerca, porque tampoco tenemos pruebas irrefutables de la inexistencia de los dioses (de algún principio que alguien pueda llamar dios) (…)

Leer que alguien siente ternura hacia un sistema que ha sido, y es, nocivo para el ser humano social hace que quiera adentrarme, con tanta curiosidad como desacuerdo,  en sus palabras.(…) Sin embargo, la historia de las religiones siempre me ha fascinado. Encuentro profundamente conmovedor que los humanos, en nuestro dolor, nuestra indefensión y nuestra infinita pequeñez, nos hayamos inventado todos esos cuentos fundacionales que son las religiones, esas figuras sobrenaturales a las que pedir ayuda y consuelo. Como niños abandonados en la oscuridad, hemos tenido que imaginar que, en algún lugar, había unos padres capaces de guiarnos, unos padres que conocían todas las respuestas del inmenso, demoledor, enigma de la vida.

Tras leer el resto del artículo entiendo que el anticlericalismo de la periodista se enfoca al poder, al abuso de poder, de las instituciones religiosas, como ella explica con las aberraciones a las que pueden llegar los clérigos de los diversos aparatos eclesiales, desde las hogueras de la inquisición hasta las carnicerías del ISIS. Continúo leyendo y pienso en la política, en eso a lo que llamamos, en este demoledor presente, política o lo que hemos permitido que se construya bajo su nombre.

Esos mismos humanos que conmueven a Rosa Montero, en su mezquindad, egoísmo y comodidad –y todas las demás marcas de ADN que caracterizan al desensibilizado hombre de hoy- hemos desarrollado unos sofisticados y perfeccionados mecanismos para delegar en otro las acciones que entrañan un peligro, una responsabilidad, un riesgo.

Nosotros también hemos construido un cuento fundacional llamado política en el que fingimos creer que otros van a guiarnos, a resolver nuestros problemas, a gestionar nuestro bienestar, a tomar decisiones con los únicos parámetros de procurar el bien común, el social. Gracias a este cuento fundacional, a esta mentira que ya hemos convertido en necesaria, damos nuestro voto con la intención escondida de que ellos se pringuen por nosotros, de que otro asuma el riesgo.

No confiamos en ellos. Tenemos la absoluta y probada certeza de que son corruptos;  de que no escuchan sino a través del oído del poder y de su ego;  de que se enriquecen en diferido, desde el mismo momento en que cruzan el umbral político; crean redes en las que se piden, se devuelven y se pagan con favores y premios casi vitalicios; simulan negociar pactos que no existirán o que, de hacerlo, ya han sido amañados de antemano.

Sabemos, porque sucede una vez tras otra, que las elecciones, los pactos, las negociaciones, los programas, las ideologías (mientras no sean las que crecen a partir de los sin nadie que somos masa gobernada) y la perfomance política es una enorme e inaceptable mentira. Sin embargo, los humanos de hoy, aun viviendo en medio de una supuesta sociedad del conocimiento en la que es más fácil que en cualquier otro momento de la historia acceder a la información, preferimos, como masa, ignorar la verdad, lo veraz, abandonar su búsqueda, votar y fingir que creemos en la política, permitirle existir y, así, poder darnos la espalda, acomodarnos en un sofá ideológico que nos inmoviliza.

Y lo hacemos delegando en los políticos, sabiendo en todo momento las etapas del juego: les voto; espero que hagan lo que yo no hago ni haría por lo demás;  finjo no saber que van a poner la mano y el bolsillo para mantenerlos llenos de pode; simulo esperar que su objetivo sea un objetivo social, y no particular; les veo engañarme –como sabía perfectamente que harían, más tarde o más temprano-; les critico,  desde el mismo sofá ideológico,  y espero a que pase el tiempo para de nuevo comenzar la rueda ante unas viejas urnas con pretensiones de ser una oportunidad nueva.

No somos los niños abandonados en la oscuridad que describe Rosa Montero, no deberíamos haber tenido que imaginar que, en algún lugar, había unos padres capaces de guiarnos, unos padres que conocían todas las respuestas del inmenso, demoledor, enigma de la vida. Podríamos, podemos, implicarnos y abandonar nuestra comodidad e hipocresía ideológica. Deberíamos plantearnos qué hacemos participando en ese rito de delegar en alguienes que no conocemos, que nos engañan, probadamente, que nos obtienen a partir de una campaña de palabras. Deberíamos plantearnos qué nos hace preferir delegar en esa casta que buscar otras formas de implicarnos, de reaccionar, de tomar la palabra y la acción. Deberíamos ser sinceros y aceptar que escurrimos el bulto porque ellos están para fingir que actúan para nosotros, por nosotros.

En lugar de actuar, hemos preferido votarles y favorecer que exista su casta. Ahora les tenemos a ellos, acompañando a los dioses que castigaban a los malos y milagreaban con los buenos. Les soportamos en los telediarios, la radio y los periódicos, sabiendo que son herrumbre, con tal de mantener nuestra inacción, una legislatura tras otra, con tal de seguir practicando el absurdo e irreal arte que nos permite levantar los hombros y dar la espalda a cualquier necesidad y problema que no sea la mía o la de los míos.

 

 

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HOMBRES Y PERROS

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Calle mayor de Gandia. Un espacio donde se alternan vacíos -que se esconden tras letreros sucios con un SE VENDE o SE ALQUILA que no consiguen ni una de las miradas de los transeúntes- con escaparates que se mantienen, sin cambiar, semana tras semana.

Las personas que la recorren ahora, en navidad, son más que las que habitualmente lo hacen, pero arrastran las mismas emociones: hambre por comprar cualquier cosa barata, hambre por encontrar un segundo efímero que, falsamente, nos haga recordar lo que, también falsamente, construimos en nuestra percepción colectiva como nuestra vida antes de la crisis.  Las fachadas sucias no preceden negocios iluminados. Los mostradores no preceden dependientes sonrientes. Muchos de los negocios, contagiados por la hipocresía y la inexplicable vergüenza de los dueños, anuncian, desde hace muchos meses un 50% y hasta un 70% de rebajas por REFORMAS EN EL NEGOCIO. Todo para negar la evidencia: no hay reformas, no habrá reformas sino el desesperado intento de aguantar aunque sea vendiendo rebajas interminables. Todo menos reconocer socialmente que es mentira el espejismo de tener lo suficiente como para comprar lo innecesario.

Mientras camino por esta calle de nombre prepotente, observo, sentado en el escalón que da entrada  a una tienda de deportes que hace muchos meses dormita cerrada, a un mendigo. Rostro de tristeza. Manos de tristeza. Cuerpo cubierto con una tristeza profunda, pero insuficiente para abrigarle. Junto a él hay un perro, tapado cuidadosamente con una manta, vieja, pero menos raída que la camisa y el pantalón del mendigo. Al lado del perro, un cartón con un texto escrito a lápiz, con trazo débil pero perfectamente legible: Ayuda para que mi perro pueda comer y no muera.

Me aproximo al mendigo y dejo en un improvisado recipiente, que ha hecho con la base de una botella de leche de plástico blanco, lo que quiero darle. Es para ti, le digo. Un instante después dejo en el plato algo de dinero más: esto es para tu perro. El mendigo me mira y solloza, con un llanto que hiere, que me hiere. Me explica que ha tenido que tapar a su perro y cambiar el texto del letrero con el que pedía hasta hace unas semanas, cansado de que nadie se conmoviera ante su pobreza. “Ahora, al menos me dan algo. La gente se apiada antes de un perro que de un hombre…No damos ni lástima”, me dice, bajando su mirada a ras de acera.

Me quedo pensativa, reflexionando sobre el punto de anestesia ante la necesidad del otro al que hemos llegado como masa social, sobre la paradoja de necesitar convertir en mendigo a un perro para tener algo que llevarte a la boca.

Me quedo pensativa y no me cuesta nada imaginar, imaginarnos, en un futuro, que acecha irremediable, destrozándonos los unos a los otros por encontrar un perro con el que poder mendigar, con el que intentar que el otro se conmueva un instante. También en momentos de necesidad absoluta mostraremos la herida de la inhumanidad del capitalismo.

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COCA-COLAS, MALBOROS Y NIÑOS MUERTOS EN LAS PLAYAS

Hace tan solo dos semanas, en una playa turca, aparecía muerto AYLAN KURDI. No era el único niño muerto que dejaba su rastro negro sobre el agua: su hermano perdió la vida de la misma, e intolerable forma.

Su cuerpo inerte estaba sobre la arena, dándonos la espalda, con el mismo gesto que Europa, y nosotros, repetimos cada día, desde hace mucho, cuando giramos la cara para fingir que no sabemos, que no vemos, que ignoramos la injusticia y la crueldad que se adhiere, y lastra mortalmente,  a los pies de quienes huyen de la muerte.

En los días en que los titulares construían la existencia de Aylan, quien necesitó la muerte para dejar de ser uno de los invisibles e ignorados de Europa, aparecían junto a su fotografía anuncios, repetidos por enésima vez, de niños como él, pero vestidos con sudaderas de marca, mochilas sofisticadas y sonrisas tan artificiales como ridículamente  impersonales. Ellos, los niños que se manipulan como modelo de niños de Europa, practicaban el absurdo, cansino y consumista momento de la vuelta al cole. Aylan se mostraba de espaldas, con sus pequeñas manos vacías, vacías incluso de arena, vacías incluso de nada.

Muchos observamos la fotografía con los ojos entreabiertos, con esa mirada que es la traducción en el cuerpo de una huida que no puede hacerse con los pies, pero se hace ingenua e inútilmente con la mirada. Muchos lo hicieron tapándose la boca con la mano, en un intento de ahogar entre los dedos una exclamación de ira, rabia, incomprensión o conmoción. Muchos cubrieron su boca, ignorantes de que ese gesto también denota nuestro servilismo a una sociedad que nos ha ido domesticando hasta hacernos creer que expresar, expresarnos, es un rasgo de debilidad, de humanidad que no podemos permitirnos. Muchos, todos, de un modo u otro, nos quedamos a medio camino de hacer, reaccionar y sentir como Aylan y la situación requerían.

Los niños están a un lado y a otro de los conflictos armados, un eufemismo absurdo de la palabra GUERRA y GENOCIDIO. Son soldados, empuñando un arma cargada, por adultos, de manipulación sobre su aún tierna e inexistente conciencia y son muertos, cuerpos mutilados, rostros convertidos en las silabas de la palabra guerra. Y somos nosotros, los adultos, quienes hemos colocado a cada uno de esos niños en un lado u otro de la guerra, de la muerte.

En los últimos 10 años, han sido asesinados en guerras y conflictos, unos 2 millones de niños. Más de 4 millones malviven con minusvalías y secuelas en su cuerpo; más de 12 millones de niños intentan sobrevivir, errantes, lejos de un hogar que ya han perdido; más de 1 millón intentan aprender a ser huérfanos y a vivir sin la mínima esperanza y más de 10 millones de niños sufren traumas psicológicos de importancia considerable.

La foto de Aylan tuvo el eco que tiene cualquier noticia en este mundo nuestro que ha sustituido las entrañas por bolsillos y tarjetas visa, un eco tan inmediato como efímero e hipócrita, sostenido a duras penas en el tiempo: dos semanas. Las dos semanas necesarias para autoengañarnos y creer que en nuestro ADN permanece aún el gen de la solidaridad y el de la reacción ante la injusticia, el tiempo justo para que, tras él, vuelvan los anuncios de la vuelta al cole, la auto hipnosis de la liga de futbol, la moda otoño invierno, las campañas para que compremos un buen coche para huir de nuestras miserias y las que tienen como objeto sembrar el odio entre nosotros y el despertar del puto sentido patrio.

Nosotros, desde Europa, no vemos heroicidad ni valentía a ese tener que abandonar su casa para sobrevivir. No vemos mérito alguno en sus vidas, al contrario, decimos en voz alta que “son personas normales, ingenieros, abogados, profesores…” y se nos ve el plumero ¿necesitamos insistir en su normalidad porque en el fondo les creemos delincuentes y escoria?

Los padres de Aylan, y miles de padres como ellos, no viajan, huyen eligiendo una de las dos únicas opciones que para ellos hay en la ruleta rusa que les apunta, por obra y gracia de los señores que se enriquecen con las guerras: morir en su tierra en guerra o morir en un viaje temerario y suicida. Los padres de Aylan, y los padres como ellos, no viajan, buscan la mínima supervivencia. Navegan en barcazas no para invadirnos, como hemos hecho nosotros en su tierra, sino para buscar la libertad, la innegociable libertad a la que tienen indiscutible derecho.

Mientras, nosotros, en Europa, como gilipollas, bebemos cocacolas y fumamos malboro para sentir un instante fugaz de estúpida “libertad”…

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HE ENCONTRADO TRABAJO

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SINCERIDAD SINCERITY cortometraje shortfilm from Andrea Casaseca Ferrer on Vimeo.

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UN RAP PARA SOÑAR: PORQUE PODEMOS

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RAP SOBRE EL DISCURSO DE PABLO IGLESIAS

Ya casi no la reconocíamos. Estaba sepultada bajo muchos instantes de temor, de incerteza, de decepción y del hambre que se camufla bajo abrigos de cuellos raídos por el uso. Cubierta por esos instantes que pesan tanto que son ellos los que toman el papel de nuestras piernas y manos y nos llevan, nos conducen, como puntos suspensivos que quedan suspendidos de la nada.

Hemos estado muy próximos a dejar de percibirla, a reconocerla en un gesto. Hemos estado en el mismo borde donde un paso más, una tristeza más, una mentira más, nos habría hecho perderla.

Era, es, la esperanza. La misma que nos había abandonado ¿O hemos sido nosotros quienes hemos huido de ella al sentir más fuerte que nunca la soledad, el hambre, el miedo, el pavor de intuir que nuestra responsabilidad para con nuestros hijos –un mundo mejor para ellos, una pedazo de pan, un libro, un sueño- iba a ser imposible de cumplir por el capricho insultante de la casta y los corruptos?

Estaba lejos, lejana de nosotros y alejada. La esperanza estaba tan más allá de los sueños que rumiábamos nuestra decepción y nuestra rabia -los que por azar aún teníamos la fuerza que da comer con un sueldo mínimo, congelado, pero existente-dejándolas resbalar en las conversaciones de calle, en los diálogos entristecidos de las sobremesas entre amigos y familiares tocados por el dedo rastrero de la realidad manejada y diseñada desde los despachos con miles de puertas y cajones de la casta.

No era fácil recordar el sabor de la esperanza, de ese impulso indescifrable que hace más ligero el pensamiento, y lo encamina a un lugar elegido por uno mismo y no impuesto por el otro; que hace más liviana la soledad y el miedo a la muerte y al fin que sabemos nos espera; que hace más justificable desear vivir y formar parte de una realidad hecha con trocitos de esperanza, de la esperanza de los que son como nosotros…No era fácil recordar su sabor, ni sentirla alojada en nuestros labios y en la espalda, en los talones de los pies caminantes, en las dedos de las manos hacedoras. No era fácil cuando el sabor que teníamos era el de la amargura, la rabia y la ira que crecen al chocar, de frente y sin razones, con el muro de la impotencia, de las libertades recortadas, de las mordazas de quienes sí tienen el sueño, fruto del robo de nuestros sueños, que es perpetuarse sobre nosotros, a nuestra costa.

No era fácil recordar que PODEMOS, que otras veces hemos podido, que siempre PODREMOS si no renunciamos a SOÑAR, HACER y COMPARTIR.

Ahora, después de un tiempo que nos ha azotado como el rayo que no cesa del poeta que murió para que sus ideas pervivieran, yo, y como yo miles de personas, sentimos que se conmueve nuestra esperanza casi muerta, casi asesinada, y volvemos a creer, al menos en el tiempo que viene, que ya es, que ya va siendo la oportunidad inaplazable nos tiende Podemos, la esperanza.

EL RAYO QUE NO CESA

(…)

Pero al fin podré vencerte,
ave y rayo secular,
corazón, que de la muerte
nadie ha de hacerme dudar.

Sigue, pues, sigue cuchillo,
volando, hiriendo. Algún día
se pondrá el tiempo amarillo
sobre mi fotografía.

(…)

Miguel Hernández

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