Ava Gardner / Màrius Cabré: salsa rosa de fa setanta anys (4).

(La sèrie comença aquí)

A més a més de complir-se el setantè aniversari del rodatge de ‘Pandora i l’holandès errant’ en terres gironines, aquest 2020 es commemoren també els trenta anys del traspàs dels seus dos protagonistes. Primer va faltar Ava Gardner, morta el 21 de gener de 1990, i mig any després, l’1 de juliol, Màrius Cabré.

Pocs mesos després de la mort de l’actriu l’editorial londinenca Bantam Press va publicar “Ava. My story”, les seves memòries. Un llibre que Grijalbo Mondadori va editar cinc anys després aquí amb el títol “Ava, con su propia voz” amb traducció de Lucia Graves, filla de l’escriptor Robert Graves, un dels grans amics d’Ava Gardner.

El llibre té més de tres-centes cinquanta pàgines, però per despatxar els records del rodatge d’aquella pel·lícula d’Albert Lewin l’actriu en té prou amb tres (de la 175 a la 177). Però, uf… quines tres pàgines!

Per escalfar motors comença parlant del director, un veritable malson pels actors i actrius a les seves ordres a causa del costum de repetir les escenes dotzenes i dotzenes de vegades fins que no les considerava perfectes, i tot seguit passa a explicar la seva experiència amb Màrius Cabré. La cita és extensa –exhaustiva, vaja–  però em sembla que després del que heu llegit en els apunts anteriors ara li tocava a la senyora Gardner de dir-hi la seva:

“A pesar de ser tan concienzudo, Al no me causó ni la mitad de los problemas que me causó aquel torero convertido en actor llamado Mario Cabré. En la película Mario interpretaba a Juan Montalvo, mi amante torero, y su ambición era continuar con el papel en la vida real. Desgraciadamente Mario se dejó llevar por el entusiasmo, confundiendo sus papeles de dentro y de fuera del escenario. En todos los países del mundo te encuentras con hombres que son unos verdaderos chinches. Mario era un chinche español, a quien se le daba mejor la autopromoción que el toreo o el amor.

Sí, Mario era apuesto y viril como sólo sabe serlo un latino, pero tambien era presuntuoso, orgulloso, ruidoso, y estaba totalmente convencido de que era el único hombre en el mundo para mi. Ahora bien, todo el resto del mundo parecía saber que yo estaba locamente enamorada de Frank Sinatra y de nadie más que de Frank Sinatra. Pasamos verdaderas agonías intentando decirnos lo mucho que nos queríamos durante las primeras semanas del rodaje; a veces tardaban horas en conseguirse las llamadas transatlánticas, y cuando por fin te la daban, la voz al otro lado del teléfono sonaba como si estuviese en el fondo de una bañera. Pero Frank complementava su afecto con cartas y telegramas diarios, y habíamos arreglado antes de marcharme que viajaría a Tossa para una visita de dos o tres días.

Todo eso suena muy razonable, pero la razón no siempre gobernaba mis actos en aquellos tiempos. Cometí un único error, y se convirtió en un patinazo de proporciones mayores. Porque después de una de aquella noches españolas románticas, llenas de estrellas, llenas de baile y llenas de copas, me desperté y me encontré en la cama con Mario Cabré.

Fue la única vez y no hubo más. Pero no importaba. Mario estaba dispuesto, resuelto, y era muy capaz de anunciar su buena fortuna a los cuatro vientos. Alguien le había dicho: si quieres ser famoso tienes que llegar a los titulares. Y ¿qué mejor oportunidad que robarle el puesto a Frank en mis afectos? Su motivación fue un egoismo cínico. Su retórica declamatoria sobre la gran pasión de su vida, su amor por mí y el mío por él, llegaron a los titulares en España, América y el mundo entero, y eso era lo único que le importaba. Daba entrevistas diciendo que yo era ‘la mujer que quiero con toda la fuerza de mi alma’, escribió los poemas de amor más idiotas que pueda imaginarse, y luego marchó a recitarlos a la embajada de Estados Unidos en Madrid. (*)

Al principio supongo que me resultó vagamente entretenido, y puesto que hacíamos de amantes en la película, nadie me estaba precisamente animando a declarar públicamente que era un pelmazo y un estorbo. Pero cuando empezó a involucrar a Frank en sus jugarretas, diciendo que no se iría de España con vida si me hacía aquella visita, Mario se convirtió en un auténtico fastidio.

Puesto que el tío no se apartaba de mi lado y me estaba advirtiendo constantemente de sus intenciones, me tomé en serio sus amenazas. Para él mis sentimientos tenían poca importancia. Estaba seguro de que todas las mujeres corrían a los brazos del macho más fuerte y dominante, que eso era lo natural, y creer en esa clase de basura era típico de aquel hombre. No obstante, creo que Al Lewin también estaba un poco nervioso. Poque cuando Frank efectivamente voló a España a verme a primeros de mayo, Al se las arregló para que Mario estuviese en alguna unidad secundaria, rodando a muchos kilómetros de allí, en Gerona.

Aunque, como siempre, nos perseguía la prensa Frank y yo disfrutamos de nuestros dos días de romance en Tossa de Mar, y yo esperaba ansiosa el momento de estar en Londres rodando exteriores de ‘Pandora’, porque Frank estaría allí una semana dando conciertos en el Palladium. Pero Mario también tenia escenas en Londres, y él y su cuadrilla, la de su pasada época de torero, que formaba parte de su inevitable séquito de machos, llegaron poco después que yo.

Para entonces, tal vez porque temía que su fama podría caer en picado tan repentinamente como había subido, las demandas publicitarias de Mario se habían hinchado más allá de toda razón. Llegó a negarse a acudir a los estudios de la MGM si yo no iba con él.

–¡Pero quiere que le acompañe en su maldito coche incluso en los días en que no estoy trabajando! –clamé irritada a Al Lewin.

Al asintió con la cabeza, y me dio una palmadita en el brazo.

–Sé buena chica, Ava, ve con él. Siguele la corriente. Vamos a terminar de una vez esta puñetera película y entonces podremos deshacernos de este cabrón. Hazlo por mí, Ava.

Lo hice por Al. Y Mario por fin estaba recibiendo el mensaje. Su inglés era insignificante, y Londres no sonreía a farsantes toreros heridos de amor. Se fue de Londres, gracias a Dios, y no volví a verle nunca. Cuando regresé a Hollywood, la pena que sentía por dejar Europa no tenia nada en absoluto que ver con él.”

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(*) Aquesta afirmació és força discutible: el 1950 faltaven encara uns quants anys perquè l’españa del dictador Franco i els Estats Units establissin relacions diplomàtiques i, per tant, a Madrid no hi havia cap ambaixada americana on acudir per recitar-hi versos.

(Continua -i s’acaba- aquí)

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