Jonathan Spyer: “La defectuosa estrategia occidental en Irak y Síria”

Jonathan Spyer,  investigador principal del Center of Global Research in International Affairs Center (GLORIA), adscrit al Centre Interdisciplinari d’Herzliya, (Israel), publica  a “Aurora Digital”, ahir mateix, aqueixa anàlisi en profunditat sobre la campanya occidental contra el Califat Islàmic:

 

“Estados Unidos y sus aliados han lanzado una campaña militar cuyo objetivo declarado es, según las palabras del presidente Barack Obama, “degradar y destruir en última instancia” al Estado Islámico (IS, por sus siglas en inglés, también conocido como ISIS o ISIL) establecido por yihadistas sunitas en un área de tierra contigua que se extiende desde el oeste de Irak hasta la frontera sirio-turca.

A medida que la campaña aérea comenzó, muchos observadores se preguntan cuáles son exactamente sus objetivos tácticos y estratégicos, y cómo van a ser alcanzados. Una serie de cuestiones surgen de inmediato.

Cualquier Estado-aunque sea provisional, chapucero y frágil como la entidad yihadista ahora extendida a lo largo de Irak y Siria, no puede ser “destruida” desde el aire. En un momento determinado, las fuerzas sobre el terreno tendrán que entrar y reemplazar el poder del IS. Aún no está claro quién es el que jugará este papel – especialmente en la provincia siria de al Raqqa que es el centro del Estado Islámico.

En Irak, el ejército nacional y la milicia kurda Pesh Merga, están teniendo algunos éxitos al quitarle al Estado Islámico sus posesiones periféricas. El papel de apoyo aéreo de EE.UU. es crucial aquí. Pero el centro del Estado Islámico no es Irak, y tanto las fuerzas iraquíes como la Pesh Merga han dejado claro que no van a cruzar la frontera con Siria. Esto deja un gran interrogante en cuanto a quién llevará a cabo esta tarea, si se quieren lograr los objetivos trazados por el presidente Obama.

La respuesta que hemos oído con más frecuencia en los últimos tiempos es que elementos entre los rebeldes sirios serán aprobados por EE.UU., entrenados en cooperación con los sauditas, y luego desplegados como la fuerza para destruir al Estado Islámico sobre el terreno.

Los rebeldes sirios se caracterizan por la desunión extrema, la eficacia cuestionable, y la presencia de elementos de la línea dura sunita islamista entre sus unidades más comprometidas. Es cierto que existen fuerzas de una ideología anti-yihadista entre ellos – el más conocido es el Frente Revolucionarios sirio, encabezado por Jamal Maarouf de la zona de Jebel Zawiya, en el norte de Siria, y el más pequeño Harakat Hazm -. Ambos movimientos se han beneficiado de la ayuda occidental en los últimos meses.

El problema, sin embargo, es que estas organizaciones están muy dispuestas a trabajar con grupos salafistas cuya visión del mundo es esencialmente idéntica a la del IS, incluso si sus métodos son algo diferentes. Por lo tanto, si observamos los recientes combates entre las fuerzas de Assad y los rebeldes en la zona de Quneitra lo largo de la frontera con los Altos del Golán de Israel, está claro que la principal contribución a los logros de los rebeldes procedían del grupo Jabhat al Nusra, que constituye la “filial oficial” del grupo de al Qaeda en Siria.

Fuentes confiables confirman que Nusra coopera con otros grupos rebeldes en el sur de Siria, e incluso se ha preparado para minimizar su propio papel, a fin de permitir que otros grupos presenten logros como propios a sus patrones occidentales y árabes y así asegurar el flujo continuo de armas, beneficiando a todas las facciones.

Lo que esto significa es que al promover a estos elementos rebeldes como la fuerza de tierra que tratará de buscar y destruir a un debilitado IS en la provincia de al Raqqa, los EE.UU., se están poniendo a sí mismo en la posición de apoyar a un grupo de yihadistas sunitas en contra de otro.

En Irak, mientras que la Pesh Merga kurda coopera de facto con Irán, su alianza es pragmática y táctica, tal que los kurdos con mucho gusto romperían, dada la posibilidad de un claro patrocinio occidental.

Pero las condenas feroces en los últimos días (incluso por grupos rebeldes supuestamente “pro-occidentales” como Hazm) de los bombardeos estadounidenses en Siria indican que aquí hay un problema más profundo. La alianza entre estos grupos rebeldes sunitas y los salafistas tiene un componente anti-occidental común.

En cualquier caso, no está claro si estos rebeldes sunitas probarán ser capaces de derrotar al IS, pero incluso si lo hicieran, la presencia de elementos anti-occidentales radicales entre ellos atestigua el peligro de una política de apoyo y patrocinio hacia ellos.

Por supuesto, los yihadistas sunitas no son los únicos actores peligrosos en el terreno. Otro posible, no menos preocupante, resultado de la campaña aérea contra el Estado Islámico podría ser el regreso de las fuerzas de Bashar al Assad al este de Siria, de la que han sido expulsadas, en gran medida, durante el último año. No es en absoluto difícil imaginar un escenario en el que una vez que el IS ha sido debilitado por los ataques aéreos occidentales, el ejército sirio y sus aliados apoyados por Irán será capaz de obtener logros.

De hecho, el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria de Irán (CGRI) ya está presente en el norte de Irak (y, por supuesto, en Siria también) y personal del CGRI ha tomado parte en los combates en Irak en las últimas semanas. Según informes, equipos de la fuerza Quds se encuentran en Samarra, Bagdad, Karbala, y la antigua base aérea de al Sahra cerca de Tikrit. Irán ha desplegado siete aviones SU-25, de ataque a tierra, que han desempeñado un papel en la oferta de apoyo aéreo a los kurdos y a las fuerzas especiales iraquíes.

Tras el bombardeo intensivo occidental, la posibilidad de que el Estado Islámico sea eventualmente atrapado entre las fuerzas pro-iraníes a ambos lados antes de ser destruido podría ser real. Esto lograría el objetivo deseado de destruir a la entidad yihadista, pero podría terminar cediéndole una gran victoria al régimen de Assad y sus aliados iraníes – enemigos de Occidente de una potencia y gravedad significativamente mayor potencia que el propio Estado Islámico -.

Tal resultado sería una reminiscencia de la invasión de Irak de 2003, en la que la destrucción del régimen sunita de Saddam Hussein terminó ayudando en gran medida a Irán.

¿Cómo podría Occidente salir de este lío? La discusión sobre qué fuerza de tierra se debería utilizar para sustituir al Estado Islámico es en sí misma confusa por un malentendido mucho mayor con respecto a la naturaleza de la guerra que ahora tiene lugar en Irak y en Siria (y se derrama periódicamente al Líbano).

El IS ha sido expuesto como el factor problemático principal que surge de este conflicto. Pero el Estado Islámico es de hecho más que una manifestación particularmente extrema y brutal de un proceso más amplio que tiene lugar en esta zona, en la que el Islam político de una variedad suní está en guerra con el Islam político chií de Irán y sus aliados (especialmente Hezbollah y el régimen de Assad).

El IS puede promover una versión particularmente escabrosa y repulsiva del Islam político Sunni, pero en sus creencias y en sus prácticas no representa una presencia única en el contexto sirio e iraquí. Más bien, es poco más que una manifestación particularmente virulenta de una cepa de la política y la ideología, que es la causa principal del conflicto que se desarrolla en toda la región.

En los dos escenarios mencionados anteriormente, ambos resultados bastante plausibles de una campaña aérea occidental, el IS sería derrotado y reemplazado por otra versión del islamismo – ya sea la de sus compatriotas suníes, o la de los rivales chiís -.

Una tercera posibilidad, sin embargo, es que la Casa Blanca no tenga realmente la intención de seguir una política destinada a destruir físicamente al Estado Islámico en su corazón, en el norte de Siria. Ciertamente, las declaraciones más recientes de la Administración parecen estar preparándose para “dar marcha atrás” los comentarios del Presidente.

El jefe de Gabinete de la Casa Blanca, Denis McDonough, dijo a mediados de septiembre que el éxito de la política de Estados Unidos vis-à-vis el IS sucedería cuando el grupo “ya no ponga en peligro a nuestros amigos en la región, ya no amenace a los Estados Unidos”. Esto suena como la introducción de una política más modesta de degradación de las capacidades, en lugar de tratar de “destruir” al Estado Islámico.

Por supuesto, tal objetivo modificado terminaría con el dilema sobre con qué fuerzas tierra debería aliarse. Por otro lado, también tendría el efecto de una admisión tácita de que EE.UU. no tenían la intención de promover la política tal como fue definida por el Presidente tras el horrible asesinato de dos ciudadanos estadounidenses por parte del Estado Islámico.

Pero si se persigue o no el objetivo de destruir vigorosamente al Estado Islámico, el fracaso actual para observar con precisión lo que está sucediendo en el Levante y en Mesopotamia parece que va a continuar. Esto, a su vez, parece que impide la aparición de una política coherente y la asignación coherente de los recursos.

Lo que está ocurriendo a lo largo de Siria e Irak, y a través de sus fronteras con el Líbano, Turquía e Irán, es una guerra sectaria, hecha posible debido al declive de los estados policiales que desde hace medio siglo mantienen tapadas las diferencias sectarias. Las ambiciones regionales de Irán, que tiene clientes y vasallos en esos tres países, exacerban esta dinámica. Los intentos por parte de Arabia Saudita de bloquear el avance de Irán hacia el Mediterráneo, y por parte de Qatar y Turquía para patrocinar diversos elementos yihadistas suníes, han producido un lado suní mucho más confuso, y mucho menos eficaz en esta lucha.

La lucha en sí, a su vez, se remonta al fracaso de estos Estados para desarrollar nociones coherentes de ciudadanía o identidades nacionales estables en el período post-otomano. En otras palabras, esta guerra ha estado viniendo desde hace mucho tiempo, pero ahora está aquí.

Debido a que la naturaleza de esta lucha no es ampliamente comprendida en Occidente, su política parece un poco a la deriva. Esto se refleja en el debate actual con respecto a la respuesta al Estado islámico.

Primero, Assad era el enemigo. Esto era suficientemente claro, no sólo por su apoyo a Hezbollah y por el intento de nuclearizarse, sino también por su indescriptible brutalidad y por el uso de armas químicas contra sus propios ciudadanos.

Entonces, cuando la brutalidad de algunos de los rebeldes se hizo evidente, el interés público occidental en apoyo a los rebeldes se esfumó. Pronto el IS surgió como el nuevo cuco. Las declaraciones sobre su destrucción se volvieron de rigueur; aunque no está nada claro cómo se va a realizar – y ha surgido una alianza de facto con Irán y sus clientes, al menos en Irak -. Esto se vio en la expulsión del IS de la ciudad de Amerli, un momento crucial en los mayores retrocesos que enfrenta la organización últimamente. En esa ciudad, las milicias chiís fueron respaldadas por la potencia aérea de Norteamérica – contundentemente contra los yihadistas suníes -.

¿Pero es realmente una política coherente apoyar a los asesinos sectarios chiís contra los criminales sunitas? No. Por supuesto, cuando Occidente apoya a los rebeldes sunitas en Siria, está sucediendo precisamente lo contrario. El armamento donado a los rebeldes “moderados” pasa inevitablemente luego a las manos de los yihadistas suníes, que hacen la mayor parte de los combates asociados a la “rebelión” siria. El resultado es que en Irak, EE.UU. está ayudando a un bando de la guerra entre suníes y chiís, y en Siria está asistiendo al otro bando.

Sólo cuando Occidente entienda que no puede asociarse con ninguna de las versiones del Islam político le será posible formular una política coherente hacia las fuerzas yihadistas suníes, por un lado, y hacia el bloque liderado por Irán, por el otro.

Tal política debe basarse en la identificación y el fortalecimiento de las fuerzas no islamistas dispuestas a unirse y asociarse con Occidente. No todos ellos son personajes perfectos, pero todos entienden la amenaza que plantea el islam político.

A todas luces, hay una línea de países pro-estadounidenses a lo largo de la frontera sur de la arena de la guerra. Estos son Israel, Jordania, y de una manera mucho más parcial y problemática, Arabia Saudita. Tanto Israel como Jordania han demostrado que son capaces de contener eficazmente la propagación del caos que proviene del norte. Ambos son Estados bien organizados con estructuras de inteligencia y ejércitos poderosos.

Jordania se ha beneficiado claramente del despliegue de las fuerzas especiales estadounidenses para impedir las incursiones del IS. Israel también ha dejado claro que sus recursos estarán disponibles para ayudar a los jordanos si fuera necesario. (Egipto, también, aunque no en la vecindad inmediata del conflicto, puede ser un socio silencioso, así como su campaña contra los Hermanos Musulmanes y la línea dura contra Hamás lo han demostrado, no es nada más que un virulento opositor al Islam político).

Así es como se supone que la adecuada coordinación de los Estados aliados debería verse. Además, funciona en la contención del conflicto. Al este de la arena de la guerra está, por supuesto, Irán. Al oeste se encuentra el Mar Mediterráneo. Al norte una larga y contigua línea bajo control kurdo, compartida entre el Gobierno Regional Kurdo del presidente Massoud Barzani, en el norte de Irak, así como también los tres enclaves creados por el Partido Unión Democrática (PYD), vinculados por el PKK en el norte de Siria. La milicia YPG (Unidades de Protección del Pueblo), que es la fuerza militar de estos enclaves, ha combatido al IS casi desde sus inicios, y ha prevalecido en gran medida manteniendo a los yihadistas fuera de las zonas kurdas.

Como parte de una estrategia de contención, Occidente debería aumentar el apoyo y el reconocimiento tanto de los enclaves kurdos en el norte de Siria como del Gobierno Regional Kurdo. Ambos son elementos capaces de contener la propagación de los yihadistas del norte. Se ha hecho evidente en los últimos días que el Pesh Merga, a pesar de sus primeros reveses, es un instrumento útil para prevenir el avance hacia el oeste del Estado Islámico, y al hacerlo, protege la inversión de las compañías petroleras internacionales en las ricas zonas de Irak. La milicia YPG, aunque mal equipados, también ha evitado grandes pérdidas.

Este principio de alianza también animará a Occidente a reconsiderar la participación de Turquía. Como lo han demostrado los acontecimientos de los últimos años, Turquía no puede ser un aliado confiable en la lucha contra el Islam político, porque su partido gobernante, el AKP, es en sí mismo un partido islamista. Esto no es una formulación teórica. El apoyo de Turquía a las milicias islamistas en el norte de Siria y la apertura de su frontera hacia ellos ha sido un factor importante que contribuye a la proliferación de estos elementos. También hay pruebas considerables de que Turquía como mínimo hizo la vista gorda a las actividades del IS en la zona fronteriza en 2013, y bien pudo haber ofrecido alguna ayuda a los yihadistas en su lucha contra el YPG.

Para entender la lógica de una política de doble contención, la naturaleza de la guerra entre las fuerzas sectarias rivales debe ser comprendida. También se preciso un claro entendimiento de que el esfuerzo para preservar a toda costa la integridad territorial de “Irak” y “Siria” es un error.

Más bien, lo que debería ocurrir es el apoyo a las fuerzas comprometidas con el orden, como se indica más arriba, y no apoyar a las fuerzas del Islam político.

En otras palabras: Si el Islam político (en vez de un grupo yihadista específico, que sea sustituido rápidamente por otro) es el verdadero problema; entonces la solución real es aliarse, enérgica y a largo plazo, con las fuerzas más comprometidas con detenerlo: Israel, Jordania, los sauditas y los kurdos.

De esta manera se puede ver que la falta de comprensión estratégica sobre la naturaleza del conflicto que se libra está impidiendo el desarrollo de una respuesta coherente al problema específico del Estado Islámico, junto con los problemas paralelos de los grupos terroristas chiís como Hezbollah, y las ambiciones de la República Islámica de Irán. En el fondo es la incapacidad de comprender la naturaleza implacable del Islam político en sus dos variantes sunitas y chiítas en el presente. De este error original, todos los otros errores – que como podemos ver son muchos – inevitablemente se derivan.”

Post Scriptum, 11 d’octubre del 2019.

Jonathan Spyer és entrevistat avui per The Times of Israel sobre l’ofensiva turca contra els kurds sirians:

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