EL MASEROF


Hemos partido temprano de Benissa con la finalidad de enlazar, por caminos de tierra, la Sierra de Bernia y la Vall de Pop. Y nos hemos encontrado con uno de los lugares más insólitos que he visto jamás: el Maserof, un mundo enigmático y alucinante, anclado en lo intemporal y del que todavía sigo fascinado.

José Manuel Almerich

El príncipe de Liechtenstein está comiendo frente a nosotros. Viene todos los meses –me comenta Carol-. Aunque ignoro el medio de transporte, seguro que no ha venido en bicicleta. Liechtenstein es uno de los países más pequeños del mundo, entre Austria y Suiza, un paraíso fiscal de la Europa Central, pero, algo de paraíso debe tener también este lugar para que su principal mandatario venga a comer aquí, un antiguo caserío perdido entre la sierra de Bernia y el carrascal de Parcent.

 

Jamás un fuego tan temprano ha sido tan vital para recuperar la energía después de la lluvia que nos ha caído en el valle de Marnes, un paisaje singular, revestido con piedra seca y terrazas cultivadas de vid. Un escenario salpicado de riu-raus y casas dispersas en las laderas que tienen todavía, el mismo aspecto que tuvieron nuestras montañas litorales hace más de cien años.

 

Hemos partido temprano de Benissa con la finalidad de enlazar, por caminos de tierra, la sierra de Bernia y la Vall de Pop. Y nos hemos encontrado, casi por casualidad, con uno de los lugares más insólitos y extraordinarios que he visto jamás.

 

Ruedas de carros sicilianos decorados, arados, pescuños y orejeras, clavos oxidados de todos los tamaños, rejas góticas de hierro fundido y capiteles corintios, columnas del palacio de Lucrecia Borgia o un trono vasco del siglo XVII.  Acordeones, bastones, molinillos de café, maquinas de coser, gramófonos, aparadores, baúles llenos de libros antiguos, cómodas, consolas de palisandro inglés, y taquillones de distintas alturas, con puertas y cajones. Cientos de obras de arte de todas las épocas atiborran un espacio que parece que vaya a derrumbarse por el peso de la historia. En todos los rincones puedes encontrar algo sorprendente como en el mismo servicio cuyo water es de porcelana decorada y fue utilizado por la misma Lucrecia o un trono real donde puedes, tranquilamente, sentarte a comer.

 

Aquí se han refugiado todo tipo de personajes –nos cuenta Carol, la hija de Peter Pateman, un anticuario y aventurero inglés. Recuerdo de pequeña como bebían vino hasta no poder levantarse de la mesa los delincuentes más buscados de Inglaterra. Como no existía la ley de extradición, policías y ladrones se encontraban sin que unos pudieran llevarse a los otros. En esta habitación -sigue Carol- Frederick Forsyth escribió parte de su novela “los perros de la Guerra”, una historia de traficantes de armas, asesinos a sueldo criminales  y golpistas en un país imaginario, y este libro, es una guía de recetas escritas por Keith Floyd  un famoso cocinero inglés que, como buen show man, filmo en nuestra casa varios programas para la televisión anglosajona.

 

Esa puerta, es de roble macizo y las vigas son de nogal, una madera inexistente aquí, y la mesa si te fijas, cada pata es diferente y cada lado también. Una verdadera joya de marquetería que sirvió de prueba de capacitación para maestros carpinteros. Mi padre era anticuario, y viajó por todo el mundo comprando y vendiendo obras de arte hasta que encontró esta casa, y la convirtió en su refugio. Un museo no sólo de su vida, sino de toda una generación de ingleses afincados en la Marina. Aquello que ves allí es un bargueño renacentista.

 

Sigo alucinando mientras escucho sus palabras y entro en calor frente al fuego que hoy, se ha encendido por primera vez. La tormenta nos ha venido rondando durante todo el camino hasta que al final, se ha hecho con nosotros. Y como colofón de un viaje, este lugar, que no es más que arte en su más pura y primitiva esencia, como el vino recién salido de sus bodegas cuyas copas, como aquellos delincuentes, ya he perdido la cuenta.

 

Durante la verema producimos nuestro propio vino, y lo consumimos en el mismo año. (Por eso sigo manteniéndome en pie después de varias jarras que entran suavemente, como si fuera zumo de uva sin apenas fermentar) Puedes beber todo el vino que quieras, que alegra pero no emborracha. La vendimia comienza en septiembre y la uva recolectada la pisamos con los pies a la luz de las velas. El que sobra se guarda para el año siguiente.

 

Peter Pateman compró el Masserof en los años setenta. El caserón del siglo XVIII  estaba en ruinas y sus tierras habían sido abandonadas por un incendio y una epidemia que destruyó la economía del valle de Jalón. Peter, que había sido anticuario y pintor en Denia, reconstruyó la casa y junto con un grupo de doce amigos, los caballeros del Maserof, volvió a producir vino. Toda la casa es un desorden armónico donde cada cosa está donde tiene que estar, un conjunto equilibrado que consigue serenar tus ánimos aunque el desconcierto de todo lo que te rodea te impide pensar con claridad. Porque confieso que necesité mucho tiempo, y varias copas, para logar entender lo que estaba viendo. Sobre nuestras cabezas una lámpara de velas que esparce sus brazos sobre los comensales, que como en una escena de misterio, ilumina tibiamente los rostros de ingleses y alemanes, silenciosos y disciplinados. Porque en el Masserof no hay luz eléctrica, y la única habitación disponible para dormir es iluminada con cirios, candelas y velones. Las cenas, elaboradas con una cocina de carbón, también son muy especiales.

 

Mis amigos me esperan, antes de entrar, para ver la cara que pongo ante tal espectáculo: un mundo enigmático y alucinante, anclado en lo intemporal y del que todavía sigo fascinado. Al igual que las personas, siempre me ha atraído lo singular, lo contrario a todo lo ordinario, a aquello que te rompe los esquemas y te hace darte cuenta que hay otros mundos que nos quedarán sin explorar, como cuando te adentras buceando, en el fondo del mar. Aquí no hay una sola vida, sino toda la historia, no es el capricho de un coleccionista de antigüedades, sino la evolución de la humanidad, desde las piezas romanas, hasta el barroco más atiborrado.

 

Llega el momento de la sopa caliente y reconfortante. Después tendremos carne muy tierna de jabalí que ha sido cocinada  por Dalila, quien ha elaborado una mermelada de higo con toques de pimienta y que convierten el plato, en otra obra de arte. Oímos de repente, el sonido de un helicóptero. Desde la ventana se observan las hélices entre la niebla y salpican con su movimiento, pequeñas gotas en los cristales. Aterriza en la era, entre la casa y el bosque. Es extraño porque es un aparato pequeño, privado, muy ligero. De su interior desciende alguien, con pantalón negro y camisa blanca. Se dirige hacia la casa, abre la puerta y pregunta:

 

Do I come in time to eat?

 

Carol lo reconoce de inmediato, es Michael Nyman. Y por supuesto, como buen inglés, comparte mesa y vino con nosotros.

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