LA CARTUJA DE PORTACOELI

José Manuel Almerich

La Cartuja de Portacoeli es la joya arquitectónica más desconocida del territorio valenciano. No sólo por la imposibilidad de visitarla, sino porque está en un lugar donde acaba el camino y comienza la montaña. En su interior, hay un mundo dentro de otro mundo separados por ocho siglos de silencio.

Los diez minutos que tarda en abrirse la puerta de la Cartuja se hacen más largos que los diez años que llevo esperando este momento. Queda poco tiempo hasta que anochezca y la estricta clausura en que viven una docena de monjes en el valle de Lullen  hace imposible que pueda visitarse salvo muy contadas excepciones. Las mujeres tienen terminantemente prohibido su acceso y tan solo pueden esperar en una pequeña sala dentro del recinto amurallado, pero fuera del convento.

De las seis existentes en España, la Cartuja de Portacoeli es la más antigua. Cruzar la puerta del Cenobio es retroceder de golpe, setecientos cincuenta años. Conseguir la autorización para visitarla es tan difícil como viajar al espacio, como traspasar el umbral del tiempo, como alejarse por unas horas del mundo conocido. El padre procurador nos guía por los laberintos de la Cartuja cuya luz se diluye entre las columnas renacentistas del primer claustro y se refleja, mortecina, en los azulejos de Manises y Paterna cuya antigüedad se pierde entre las sombras.

 

– Cuando ingresé hace cuarenta y dos años el tiempo se detuvo. Mi reloj se paró y desde entonces no ha vuelto a funcionar. El padre, cuyo rostro queda enconado por el hábito, sigue hablando con serenidad y observa con discreta altivez la expresión de nuestros ojos ante tanta belleza oculta en la penumbra.

 

– El desnivel del terreno obligó a sus constructores a hacer tres claustros. Comenzaron las obras en el siglo XIII y desde entonces ha sufrido numerosas ampliaciones y distintas utilizaciones. Aquí se tradujo por primera vez la Biblia al valenciano desobedeciendo la prohibición de la iglesia de traducir la Biblia a una lengua romance, a una lengua que podía ser entendida por el pueblo. Fue obra de Fray Bonifacio Ferrer, hermano de San Vicente. Y aquí también escribió Azaña sus memorias mientras el último gobierno republicano era asediado en Valencia. También fue cárcel, hospital de tuberculosos y, con la invasión napoleónica, saqueado y expoliado por los franceses.

 

La Cartuja de Portacoeli, las puertas del cielo, es la joya arquitectónica más desconocida del territorio valenciano. No sólo por la imposibilidad de visitarla, sino porque es un lugar al que no se va de paso, un lugar donde acaba el camino y comienza la montaña,  un paraje en  lo más fragoso de los montes como llegó a describir Cavanilles. El valle de Lullén, a los pies de Rebalsadors, es un rincón de belleza serena, envuelto en la rojiza plasticidad del rodeno y vegetación exuberante que vuelve a rebrotar una y otra vez tras los incendios, un atractivo acrecentado por el monasterio y el gran acueducto del siglo XV que lleva el agua a una antigua balsa donde los monjes riegan sus huertos. Desde allí -nos señala el padre con el dedo-  podemos ver la totalidad del golfo de Valencia, la sierra de Aitana y al fondo, cercado por el mar, el macizo del Montgó.

 

Supongo que entenderéis el privilegio que para mi supone adentrarme en la Cartuja. Al principio las fotos son robadas, tímidas, escurridizas, furtivas. Luego mi pulso se afianza y la discreción da paso a las formas, las tinieblas a la luz, a la búsqueda del detalle para transmitir lo que de misterio tiene ese convento, para convertir en imagen el espíritu, para enseñar a mis amigos el secreto mejor guardado.

 

El refectorio todavía tiene en el ambiente la calidez de una comida recién servida, huele a  sopa caliente, a caldo de verduras. El menaje de cerámica con reflejos azules y reminiscencias mudéjares sigue sobre las mesas de piedra y el libro del monje encargado de la lectura todavía está abierto. Hoy es festivo, por eso han comido juntos. El resto de los días comen y cenan siempre solos en sus celdas y la carne les está prohibida. También un día al mes salen a pasear por la montaña siendo uno de los pocos momentos que tienen para conversar entre ellos. Son autosuficientes, cultivan en sus huertos todo lo necesario para vivir y poseen sastrería, lavandería, carpintería, zapatería, almácera, herrería e imprenta, donde cada monje especializado hace sus tareas. Todos sin excepción se levantan a las seis y media de la mañana, hasta las nueve de la noche en que se acuestan. A las doce entonan los maitines y los cantos gregorianos hasta las tres y media de la madrugada que se vuelven a acostar. Vuelven a dormir unas tres horas hasta que se levantan de nuevo cerrando el ciclo de la vida que han elegido libremente.  

El segundo claustro encierra el cementerio. Envueltos en su propio hábito blanco y sobre la misma tierra, descansan todos los que por la Orden pasaron, incluidos personajes ilustres como Pedro Domech o Andreu de Albalat, obispo de Valencia y confesor de Jaime I, fundador de la Cartuja, quien en 1272 trajo entre penurias y escaseces  a los primeros religiosos procedentes de Escala Dei. Las cruces de madera sentencian sin nombre a los hombres y los hacen iguales como no lo hizo la vida, como símbolo de justicia definitiva. La capilla, al igual que la sala capitular y la Iglesia de origen gótico tiene una sola nave. El retablo mayor es una monumental piedra preciosa de alabastro y jaspe. Los mármoles del altar y el claustro proceden de las canteras de Náquera. La bóveda está decorada con frescos y la portada representa a San Bautista y San Bruno, fundador de la Orden.  Junto a una de las salas, un mural de madera indica la función de cada monje de manera que no haga falta hablar ni preguntar para saber cual es su trabajo de la semana. Mientras me recreo en el último claustro, un religioso cubierto con el capuchón entra como un espectro, me observa, y en silencio desaparece entre las columnas. Junto a la puerta de salida, un jeep totalmente destrozado como sobreviviente de una terrible guerra, sirve todavía como vehiculo que transporta por el interior al padre encargado de controlar el riego. Porque los naranjos ahora se han hecho dueños del paisaje y han sustituido a los almendros, olivos, cerezos y frutales que tradicionalmente y con mayor respeto, ocupaban las laderas de Rebalsadors. Y los monjes ya no pueden ver desde sus celdas como venía la primavera que como un vestido blanco iba cubriendo uno a uno los bancales en flor.

 

     Resulta difícil de imaginar que dentro de estos muros, exista una forma de vida tan distinta y distante. Un mundo dentro de otro mundo separado por ocho siglos de silencio. Para un historiador, entrar al interior de la Cartuja es como para un geógrafo cruzar el hielo patagónico o para un alpinista escalar el Everest. Es como volver al origen de los acontecimientos, a sentir la atmósfera del medioevo,  viajar al  embrión que nos han forjado como pueblo para bien y para mal, donde se han creado nuestras fábulas, temores y creencias, a la forma de vida que hace siglos estaba sumida en las tinieblas donde la visión subjetiva de Dios era el único candil capaz de iluminar un futuro que no vio la luz hasta el Renacimiento, momento a partir del cual el hombre tomó las riendas del destino. 

 

No sé si me condenarán por contaros todo esto. Quizás sea como vulnerar el secreto de confesión, quizás sea traicionar la confianza que el padre procurador ha puesto en la visita, aunque no creo que les importe. Siguen solos, en sus celdas,  y en sus retinas grabado el tiempo detenido. Internet les queda ocho siglos por delante. Al fin y al cabo, la Cartuja de Portacoeli es patrimonio de todos los valencianos, y quizás algún día, lo sea de la humanidad. Y aunque no se pueda visitar, todos tenemos el derecho de conocer su divinidad, y los que podemos, el deber de trasmitirla.

 

José Manuel Almerich

 

                        
Ver las fotografías del interior de la Cartuja                                             

 

 

                                                                      

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