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El bloc personal de José Manuel Almerich

16 de març de 2009
General
20 comentaris

LA CARTUJA DE PORTACOELI

José Manuel Almerich

La Cartuja de Portacoeli es la joya arquitectónica más desconocida del territorio valenciano. No sólo por la imposibilidad de visitarla, sino porque está en un lugar donde acaba el camino y comienza la montaña. En su interior, hay un mundo dentro de otro mundo separados por ocho siglos de silencio.

Los diez minutos que tarda en abrirse la puerta de la Cartuja se hacen más largos que los diez años que llevo esperando este momento. Queda poco tiempo hasta que anochezca y la estricta clausura en que viven una docena de monjes en el valle de Lullen  hace imposible que pueda visitarse salvo muy contadas excepciones. Las mujeres tienen terminantemente prohibido su acceso y tan solo pueden esperar en una pequeña sala dentro del recinto amurallado, pero fuera del convento.

De las seis existentes en España, la Cartuja de Portacoeli es la más antigua. Cruzar la puerta del Cenobio es retroceder de golpe, setecientos cincuenta años. Conseguir la autorización para visitarla es tan difícil como viajar al espacio, como traspasar el umbral del tiempo, como alejarse por unas horas del mundo conocido. El padre procurador nos guía por los laberintos de la Cartuja cuya luz se diluye entre las columnas renacentistas del primer claustro y se refleja, mortecina, en los azulejos de Manises y Paterna cuya antigüedad se pierde entre las sombras.

 

– Cuando ingresé hace cuarenta y dos años el tiempo se detuvo. Mi reloj se paró y desde entonces no ha vuelto a funcionar. El padre, cuyo rostro queda enconado por el hábito, sigue hablando con serenidad y observa con discreta altivez la expresión de nuestros ojos ante tanta belleza oculta en la penumbra.

 

– El desnivel del terreno obligó a sus constructores a hacer tres claustros. Comenzaron las obras en el siglo XIII y desde entonces ha sufrido numerosas ampliaciones y distintas utilizaciones. Aquí se tradujo por primera vez la Biblia al valenciano desobedeciendo la prohibición de la iglesia de traducir la Biblia a una lengua romance, a una lengua que podía ser entendida por el pueblo. Fue obra de Fray Bonifacio Ferrer, hermano de San Vicente. Y aquí también escribió Azaña sus memorias mientras el último gobierno republicano era asediado en Valencia. También fue cárcel, hospital de tuberculosos y, con la invasión napoleónica, saqueado y expoliado por los franceses.

 

La Cartuja de Portacoeli, las puertas del cielo, es la joya arquitectónica más desconocida del territorio valenciano. No sólo por la imposibilidad de visitarla, sino porque es un lugar al que no se va de paso, un lugar donde acaba el camino y comienza la montaña,  un paraje en  lo más fragoso de los montes como llegó a describir Cavanilles. El valle de Lullén, a los pies de Rebalsadors, es un rincón de belleza serena, envuelto en la rojiza plasticidad del rodeno y vegetación exuberante que vuelve a rebrotar una y otra vez tras los incendios, un atractivo acrecentado por el monasterio y el gran acueducto del siglo XV que lleva el agua a una antigua balsa donde los monjes riegan sus huertos. Desde allí -nos señala el padre con el dedo-  podemos ver la totalidad del golfo de Valencia, la sierra de Aitana y al fondo, cercado por el mar, el macizo del Montgó.

 

Supongo que entenderéis el privilegio que para mi supone adentrarme en la Cartuja. Al principio las fotos son robadas, tímidas, escurridizas, furtivas. Luego mi pulso se afianza y la discreción da paso a las formas, las tinieblas a la luz, a la búsqueda del detalle para transmitir lo que de misterio tiene ese convento, para convertir en imagen el espíritu, para enseñar a mis amigos el secreto mejor guardado.

 

El refectorio todavía tiene en el ambiente la calidez de una comida recién servida, huele a  sopa caliente, a caldo de verduras. El menaje de cerámica con reflejos azules y reminiscencias mudéjares sigue sobre las mesas de piedra y el libro del monje encargado de la lectura todavía está abierto. Hoy es festivo, por eso han comido juntos. El resto de los días comen y cenan siempre solos en sus celdas y la carne les está prohibida. También un día al mes salen a pasear por la montaña siendo uno de los pocos momentos que tienen para conversar entre ellos. Son autosuficientes, cultivan en sus huertos todo lo necesario para vivir y poseen sastrería, lavandería, carpintería, zapatería, almácera, herrería e imprenta, donde cada monje especializado hace sus tareas. Todos sin excepción se levantan a las seis y media de la mañana, hasta las nueve de la noche en que se acuestan. A las doce entonan los maitines y los cantos gregorianos hasta las tres y media de la madrugada que se vuelven a acostar. Vuelven a dormir unas tres horas hasta que se levantan de nuevo cerrando el ciclo de la vida que han elegido libremente.  

El segundo claustro encierra el cementerio. Envueltos en su propio hábito blanco y sobre la misma tierra, descansan todos los que por la Orden pasaron, incluidos personajes ilustres como Pedro Domech o Andreu de Albalat, obispo de Valencia y confesor de Jaime I, fundador de la Cartuja, quien en 1272 trajo entre penurias y escaseces  a los primeros religiosos procedentes de Escala Dei. Las cruces de madera sentencian sin nombre a los hombres y los hacen iguales como no lo hizo la vida, como símbolo de justicia definitiva. La capilla, al igual que la sala capitular y la Iglesia de origen gótico tiene una sola nave. El retablo mayor es una monumental piedra preciosa de alabastro y jaspe. Los mármoles del altar y el claustro proceden de las canteras de Náquera. La bóveda está decorada con frescos y la portada representa a San Bautista y San Bruno, fundador de la Orden.  Junto a una de las salas, un mural de madera indica la función de cada monje de manera que no haga falta hablar ni preguntar para saber cual es su trabajo de la semana. Mientras me recreo en el último claustro, un religioso cubierto con el capuchón entra como un espectro, me observa, y en silencio desaparece entre las columnas. Junto a la puerta de salida, un jeep totalmente destrozado como sobreviviente de una terrible guerra, sirve todavía como vehiculo que transporta por el interior al padre encargado de controlar el riego. Porque los naranjos ahora se han hecho dueños del paisaje y han sustituido a los almendros, olivos, cerezos y frutales que tradicionalmente y con mayor respeto, ocupaban las laderas de Rebalsadors. Y los monjes ya no pueden ver desde sus celdas como venía la primavera que como un vestido blanco iba cubriendo uno a uno los bancales en flor.

 

     Resulta difícil de imaginar que dentro de estos muros, exista una forma de vida tan distinta y distante. Un mundo dentro de otro mundo separado por ocho siglos de silencio. Para un historiador, entrar al interior de la Cartuja es como para un geógrafo cruzar el hielo patagónico o para un alpinista escalar el Everest. Es como volver al origen de los acontecimientos, a sentir la atmósfera del medioevo,  viajar al  embrión que nos han forjado como pueblo para bien y para mal, donde se han creado nuestras fábulas, temores y creencias, a la forma de vida que hace siglos estaba sumida en las tinieblas donde la visión subjetiva de Dios era el único candil capaz de iluminar un futuro que no vio la luz hasta el Renacimiento, momento a partir del cual el hombre tomó las riendas del destino. 

 

No sé si me condenarán por contaros todo esto. Quizás sea como vulnerar el secreto de confesión, quizás sea traicionar la confianza que el padre procurador ha puesto en la visita, aunque no creo que les importe. Siguen solos, en sus celdas,  y en sus retinas grabado el tiempo detenido. Internet les queda ocho siglos por delante. Al fin y al cabo, la Cartuja de Portacoeli es patrimonio de todos los valencianos, y quizás algún día, lo sea de la humanidad. Y aunque no se pueda visitar, todos tenemos el derecho de conocer su divinidad, y los que podemos, el deber de trasmitirla.

 

José Manuel Almerich

 

                        
Ver las fotografías del interior de la Cartuja                                             

 

 

                                                                      

  1. Hola José Manuel:

    Gracias por dejarme compartir contigo estas interesantes experiencias, nunca dejes de escribir, es todo un placer para quienes te leemos.

    Un saludo.

    M. Garcia.

  2. Muchísimas gracias, José Manuel. Me he estremecido leyendo tu texto y viendo las fotos. De pequeño iba a menudo en bici hasta la cartuja y me gustaba ver de lejos a los monjes pasear y cultivar los huertos. Ese halo de misterio que rodea Portacoeli me encantaba. Enhorabuena por este trabajo, que podría servir como guía de viajes o como crónica periodística de excepcional calidad.

    Un abrazo y hasta pronto,

     

    Antonio Penades

  3. Amigo José Manuel:

    Ignoro si algún día tendré el privilegio de visitar la Cartuja. Pero mientras iba leyendo tu preciosa crónica, tu minucioso relato, creía estar a tu lado viéndola, recreándome en todos los detalles, en el misticismo del silencio, en la grandeza del espíritu… Te felicito por la visita, por tu maravillosa descripción y la calidad de las fotos. Saludos.

    Luis Gispert.

  4. José Manuel, 

    No dejas de sorprenderme; has hecho realidad uno de mis sueños, que como mujer no puedo cumplir, y es visitar la cartuja de Portacoeli.  Para mi siempre ha sido un lugar mágico y con el añadido de la imposibilidad de visitar (no es justo, pero es así). 

    Gracias por estas preciosas fotos tuyas y sobre todo por compartirlas. 

    Eres GENIAL !!!!

     

    Un besote

    Carmen

  5. Enhorabuena es un texto absolutamente conmovedor, felicidades. Creo que has puesto en palabras lo que ellos viven en el silencio, algo dificil de imaginar si como visitante dominguero te asomas por los alrededores haciéndote preguntas.  He estado muchas veces por allí, he hablado con ellos algunas, en la puerta claro. Es un lugar de paz y alivio espiritual. Las fotos que has hecho de lugares y detalles, de las manos del monje, una pasada. Yo también descubrí que se veía el Montgó desde allí. En una época que yo estaba mal anímicamente, recordaba esa imagen visual, era como que los monjes, desde la cartuja proyectaban su energía espiritual, que “alcanzaba” hasta Dénia y el Montgó. Quien tenía ojos podía verlo, quien tenía corazón podía sentirlo.

     

    Un abrazo, eres un gran guionista/cronista de paisajes y lugares, personas e historias, pensamientos y sentimientos íntimos,  de viajero.

     

    Rafael Urios

  6. Hace muchos años un amigo, con desarreglos nerviosos, estuvo una larga temporada haciendo vida con los monjes de ahí de Portacoeli. En una ocasión fui a visitarlo pero tuvo que salir él porque yo no pude pasar de la puerta. Tú no solo has entrado sino que nos has contado magníficamente la experiencia y has hecho unas fotos que tus amigos ahora podemos admirar. Me gustan, sobre todo, aquellas en las que el monje es una sombra blanca movida.
    GRACIAS.

  7. Que envidia que me das amigo Almerich!!!! 

    Llevo años queriendo conocer los secretos que Portacoeli esconde tras sus muros… 

    Por lo menos me conformo con poder ver tus maravillosas fotos, gracias por compartirlas!!!

    Un fuerte abrazo desde Perú,
    Miguel Perles “perlegrino”

  8. Jo, que envidia. Con las veces que he pasado por la puerta o como mucho llegado hasta el puente que sirve de entrada a la Cartuja y siempre me he quedado con las ganas de visitarla…Me parece una pasada. Felicidades por la visita.

    Javier Guirado

  9. Ohhhh, JM, es impresionante!!!!

    No sólo tienen belleza los textos que escribes y el contenido de las imágenes de tus fotos sino lo que representan: …a tí, un enamorado de la cultura, de la historia y del pasado. …Muchas veces pienso que tu romanticismo podría hacer enloquecer a una mujer. Quien fuera ella!!!…

     

    Besitos y gracias por ser como eres.

    Chelo Martínez

  10. Com sempre, un plaer llegir els teus relats i disfrutar de les teues fotos.

    Una vegada més… Enhorabona. Has sabut transportar-nos set segles enrrere.

     

    Un abraç

    Jovi Esteve

  11. Jose Manuel, no sé como no te hacen “Conseller de Patrimoni” o “Gestor de los Santo Lugares”, me quedo asombrado con cada uno de los lugares que nos descubres, pero sobre todo de esa tu manera tan intima y fragil de contar las cosas, que es un “xirimiri” que lo inunda todo.

    Gracias amigo!!!!!!!

     

    Kamon Tuset

  12. Precioso, Jose. Me ha encantado. Con tu descripción me he sentido dentro de la Cartuja. Gracias en nombre de todas las mujeres.

    Un beso. 

    Aydée

  13. Me ha parecido de una belleza, sensibilidad, profundidad y plasticidad tu texto, que realmente me ha conmovido. Serra y toda la Calderona es mi lugar de infancia y Portacoeli siempre guardó ese secreto impenetrable que creo que nadie mejor que tu me ha descrito.

    Mil gracias.

     

    Amparo Monros

  14. Hola,
    per casualitat, navegant per la xarxa, he descobert el teu article i les fotos de la Cartoixa.
    Gràcies per compartir amb nosaltres aquesta experiència i tot i que m’he quedat amb més ganes de veure fotos d’aquell lloc que pel meu gènere m’està prohibit, per fi he pogut gaudir d’alguns instants del seu món interior.

    Ja fa uns anys que em vaig enamorar de la Cartoixa i dels seus voltants. He llegit moltes coses, he investigat una mica sobretot les llegendes i les històries que l’envolten.

    El teu bloc i les teues fotos m’han aportat molt. Gràcies

  15. Hola José Manuel, me ha parecido un estupendo ” reportaje “, dándonos la posibilidad de ver las interioridades de ese gran monasterio del cual de su puerta no pasamos los domingos cuando vamos de ruta hacia Rebalsadores. Gracias por tu buen escribir permitiendo recrear la imaginación y solo me queda desearte lo mejor y enviárte un abrazo…

    Luis Ruiz.

  16. Som un vell company teu de bicicleta i conec prou a fons la Cartoixa, vaig treballar alli. Una de les coses que no et varen ensenyar, suposse que entre altres coses, el la celda de càstic que tenen allí, es un espai de 2,5×2,5 mts amb una finestra que dona a l´esglèsia i unes pareds grafiades de partitures musicals que els alli tancats, algun dia, varen grabar al guix, sense més ajuda que les seves ungles i més i més coses,….
    Salut! 
  17. La cartuja de Valencia no es patrimonio de los valencianos y de la humanidad, sino en todo caso de los cartujos y de la Iglesia, ¿o es que tu casa es patrimonio de la humanidad?. Y después eso de la subjetividad de Dios es porque a ti se te ocurre. Subjetividad tuya, unida a la ideología ilustrada con eso de que en el Renacimiento el hombre tomó las riendas de su destino. Y claro, por eso ha sido tan maravilloso el destino de estos siglos. Además de arte estudia historia. Y a ver si eres de verdad respetuoso como dicen los de tu cuerda y publicas este comentario, perdón, opinión. Y si te dijeron que no fotografiaras es toda una falta de respeto y deslealtad haberlo hecho. Pero claro, como los de tu cuerda no conocéis la moral…

    1. Estimado Juan, precisamente porque me doctoré en Historia sé de donde proceden los recursos con los que se construyó la Cartuja de Portacoeli, como la Catedral de Burgos, la Mezquita de Córdoba o la pirámides de Egipto. Del mismo pueblo llano y podre que aportó con su esfuerzo lo que consideraban sagrado. Y por supuesto que es patrimonio de la Humanidad y de todos los valencianos, como el resto del patrimonio cultural, o si no, cómprese vd un castillo y pregunte a Patrimonio si puede hacer con él lo que le de la gana por muy propiedad privada que sea. No Sr. Juan, está muy equivocado y confunde los términos, y respecto a la “cuerda” no entiendo muy bien el concepto, puesto que la religión, todas las religiones del planeta, son subjetivas, o ¿es quizás la nuestra la verdadera? Y no tiene nada que ver con la fe, que es un tema muy distinto. Y respecto a las fotografías, a poco que observe las fotos podrá ver que los monjes no tienen ningún reparo en dejarse fotografiar, incluso se ofrecieron a ello, porque se sienten parte de la historia y no un objeto cerrado alejados de la sociedad. Ellos me dieron su permiso, por supuesto, una cosa es literatura y la otra la realidad. Jamás hubiese publicado ninguna imagen, ni de ellos ni de ninguna persona, sin su consentimiento.

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