El estado español: historia de una infamia

Nota: article publicat per a la Revista Orto Núm. 192 

En estos últimos años estamos asistiendo al desfile en el que emperador va desnudo. A pesar de las evidencias, buena parte de la población española, quizá la mayoría, trata de vendarse los ojos con la rojigualda, mirar hacia otro lado, o buscar la cohesión a partir del odio a los catalanes, a los rojos, a las mujeres, a los animalistas o a quienes le miren mal. Los acontecimientos de los últimos años, especialmente la gestión de la “crisis” iniciada el 2007-2008 y el proceso independentista catalán ha hecho emerger el poder de las cloacas del estado que, sin disimular, es quien posee el timón de las instituciones.

Efectivamente, pocas veces se comprende de manera tan meridiana el antipoliticismo ácrata como en situaciones como las actuales. Cada cuatro años se elige a una especie de intermediarios que responden únicamente a las órdenes de los poderes reales. Que Florentino Pérez puede imponer a los contribuyentes que financie, e indemnice, su fracaso empresarial en el proyecto Cástor. Que la casta del Ibex 35, conformada por sagas franquistas y de la caduca aristocracia castellano-andaluza-vasca obligue a pagar precios exorbitados en servicios básicos. Que el feudalismo inmobiliario, a partir del lobby obsoleto de la construcción, haga abortar cualquier iniciativa, de cualquier político mínimamente honrado, de generar una vivienda social que cuestione la especulación. Que cualquier iniciativa que contenga mínimos elementos de justicia social sea criminalizada a partir de una prensa en manos de los sectores más reaccionarios provenientes de la Asociación de Prensa Católica Española, aquella en la que para ser periodista tenías que firmar con sangre tu adhesión al régimen.

Parece como si un extraño conjuro hubiera despertado a los fantasmas del pasado, y desde el Valle de los Caídos surgiera una macabra procesión de Walking Dead

A lo largo de estos días estamos asistiendo al lamentable espectáculo del juicio a los presos políticos independentistas. Más allá de que a los lectores les guste o no el independentismo, lo cierto es que es uno de los momentos claves de la historia contemporánea española, porque es una especie de proceso en el cual el estado español parece destinado a hundirse en un pozo de barro tóxico, llevándose por delante aquellos pequeños progresos de modernización que parecían haberse obtenido en las últimas décadas. A veces parece como si un extraño conjuro hubiera despertado los fantasmas del pasado, y desde el Valle de los Caídos surgiera una macabra procesión de Walking Dead.  Y no me refiero únicamente a aquellos partidos políticos que celebrando manifestaciones unionistas y “constitucionalistas” en Barcelona, se detienen para aplaudir a los policías de la Jefatura de Via Laietana, el Abu Grahib europeo, la capital de la infamia y la tortura, aquel espacio en el que los estudiantes prometen convertir “en una biblioteca”, sino a cómo están moviendo los hilos de un proceso sin delitos, de unos ciudadanos normales declarados culpables por los herederos directos de Franco en base a su manera de pensar.

En las declaraciones, como testigos, de los responsables políticos del gobierno español, da la impresión que ellos no intervinieron directamente en la represión, ni dieron las órdenes, ni sabían exactamente qué estaba pasando. Que mientan es más que probable, al fin y al cabo forma parte de sus funciones. De hecho, todo este juicio es una mentira que está haciendo un daño irreparable a la imagen internacional del país y está alejando para siempre a varios millones de ciudadanos de toda condición criminalizados, a cambio de nada (porque, al fin y al cabo, es más que probable que el independentismo consiga sus objetivos). Pero a veces los mentirosos dicen la verdad. Es muy posible que ellos no decidieran llamar a los piolines, ni ordenaran reventar cabezas, ni trataran de ejecutar registros en sedes de partidos políticos sin mandato judicial, ni que protagonizaran intentos de provocación en varias de las manifestaciones, o que incluso se organizara un atentado de falsa bandera en agosto anterior (las relaciones del Imán El-Satti con los servicios secretos españoles están más que probadas, y las advertencias del exministro del interior que “en agosto pasaría algo gordo”, también) con la intención de declarar el estado de emergencia y evitar, más que un referéndum, el control popular de las calles de las ciudades de Cataluña y sus pueblos.

En estas circunstancias, lo que podemos comprobar es que, en realidad, se ha producido un golpe de estado encubierto, en el que la cúpula judicial, determinados tribunales políticos, los servicios secretos, la policía, actúa al margen del gobierno (y esa constitución que tanto afirman defender). Que, en realidad (y el sumario judicial así lo demuestra) que son los núcleos reaccionarios del estado, el franquismo profundo, el estado profundo, ha tomado las riendas del poder sin que la propia ciudadanía, con las vendas rojigualdas en los ojos, se dé cuenta. Y todo apunta a arriba de todo, a una actitud resentida, llena de odio, propicia a la ultraderecha, próxima a Vox, de acuerdo con la más rancia tradición familiar.

España tiene una historia de infamia, y merece desaparecer como estado, como imperio decadente, como un espacio en el que los principios republicanos de libertad, igualdad y fraternidad han sido pisoteados por los de siempre

En cierta manera, lo que está sucediendo ahora es lo mismo que ha estado sucediendo en los últimos siglos. Las instituciones son puras marionetas de los intereses privilegiados de las castas dominantes, de las “élites extractivas” según denominación de Daren Acemoglou i James Robinson en su conocido ensayo ¿Por qué fracasan los países? ¿Qué fue, acaso, el montaje y farsa judicial del caso Scala? ¿Qué fue el GAL? ¿Qué fueron los procesos de Montjuïc y La Mano Negra? España tiene una historia de infamia, y merece desaparecer como estado, como imperio decadente, como un espacio en el que los principios republicanos de libertad, igualdad y fraternidad han sido pisoteados por los de siempre, mientras millones viven con los ojos vendados a base de Rojigualda  y Tele 5.

Una de las citas de Bakunin que deberíamos pintar en todas las paredes del estado es aquella que dice “Los grandes imperios solamente pueden sostenerse mediante el crimen y la violencia. Las naciones pequeñas son virtuosas a causa de su debilidad”. Lo mejor que le puede pasar a España es su disolución. A la gente que le guste España, mejor que se encuentre con cuatro o cinco estados que resulten de su implosión. Así tendrá más y mejor donde elegir.

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