Treballadors i independència catalana, un estrany binomi

NOTA PRELIMINAR

Aquest es tracta del text íntegre d’un article que em fou rebutjat en una coneguda revista de l’esquerra espanyola, sobre el procés independentista català. Comparteixo l’original en castellà.

TRABAJADORES E INDEPENDENCIA CATALANA, UN EXTRAÑO BINOMIO            

Por Xavier Diez

 

Encuentro de antiguos compañeros de clase que estudiaron EGB a finales de los años setenta en un colegio público en la frontera entre los barceloneses barrios del Guinardó y Nou Barris. Una decena de supervivientes, también en la frontera entre finales de los cuarenta y el inicio de la década de los cincuenta años. Otra frontera también aparece: hijos de aquella clase obrera industrial de libro, cuando todavía a inicios de la transición una de cada tres personas trabajaba en fábricas, y que ahora más bien parecen empleados en las distintas variables de las clases subalternas: vigilantes, conductores de autobús, auxiliares de clínica, peluqueros con negocio propio, representantes, autónomos y otras actividades que definen a las nuevas, y cada vez más precarias, clases trabajadoras sin ser conscientes de serlo, sometidos a la incertidumbre y sin llegar a fin (y a menudo, tampoco a principio) de mes. Además, por supuesto, no están todos los que son, puesto que hay unos cuantos que lo están pasando mal, no pueden ni pagar el menú de nueve euros de la cena improvisada y no desean exhibir sus problemas personales, generalmente asociados a los económicos y laborales.

“Depende”

Surge la cuestión que también ha aparecido en las cenas de Navidad. ¿Y la independencia, qué? La conversación, en la que, como treinta y seis años antes, se entremezcla con naturalidad catalán y castellano, podría coincidir en un solo verbo popularizado por Jarabe de Palo: “Depende”.

No es la única conversación a la que asisto en la que coinciden parámetros, clase trabajadora, de procedencia diversa y preocupaciones próximas. Hablo de personas a las que conozco desde hace décadas y que se suelen expresar con sinceridad. Hombres y mujeres que han nacido o no en Cataluña, que la mayoría mantienen vínculos familiares y emocionales con España, pero que también han visto nacer y crecer a sus hijos aquí, socializándose en una escuela mucho mejor que la nuestra, con immersión, y cantando la canción de Doraemon o coleccionando cromos de Bola de Drac. Y aquí, mayoritariamente, sorteando las polémicas en las que insisten tertulias incendiarias, se prefiere incidir en la dimensión pragmática: ¿Qué podemos ganar? ¿Qué podemos perder? ¿Cómo será todo? La mayoría de la clase trabajadora suele ser bastante escéptica ante las grandes ideas y proyectos políticos. El abstencionismo diferencial se corresponde a la ausencia de confianza ante la posibilidad de que la clase política sea capaz de mejorar su vida cotidiana (de aquí las dificultades electorales de unas izquierdas que no siempre saben entender a quienes afirman representar). La mayoría pueden expresar afecto por Cataluña y sentirse identificados de una manera plural y compleja. No suelen ver con hostilidad el proceso independentista, aunque tampoco lo contemplan con entusiasmo. De hecho, también buena parte de ellos miran con recelo cierta cultura política nacionalista conservadora, especialmente si ésta ha destacado por los recortes, o porque puede ser identificada con la de los patronos y gerentes, la que imponen condiciones laborales draconianas, la que exigen sacrificio mientras se sienten frágiles ante la precariedad laboral o ven como las desigualdades se han incrementado de manera escandalosa.

En cierta manera, asisten con cierta indiferencia a algunas discusiones intelectuales sobre la cuestión soberanista. Si el expolio fiscal anual es de 16.000 millones de euros, creen que eso va a servir para que las clases altas se lo ahorren en impuestos. No se acaban de creer algunas vagas promesas sobre hipotéticas mejoras en las pensiones, en la sanidad o en la educación. Y no se lo creen porque se saben al margen y ajenos a las tomas de decisiones sobre todo ello.

Uno de los principales defectos que cometido el independentismo desde su masiva salida del armario hace unos cinco años, ha sido el de la exclusión, no tanto por acción como por omisión, de las clases trabajadoras en los debates y la representación del soberanismo. Y porque en las propuestas constitucionales, o a la hora de generar un nuevo país, éstas parecen excesivamente “capitalistas” o “neoliberales”. No es que esto sea exactamente así, pero la exhibición constante de economistas como Xavier Sala-Martín proyectan esta imagen de consenso de Washington que más bien suscitan reticencias entre la gente de los barrios. Hay una cultura de clase que ha sido silenciada y marginada de la esfera pública. Y entidades como la ANC muestran más un perfil de clase media, con la cual si bien no existen contenciosos, utilizan un lenguaje diferente al suyo.

Desencuentro de clases: un difícil binomio

Dentro de la ANC, que a pesar de todo es diversa y plural, existen varias familias y una correlación de fuerzas que parece desfavorable a los intereses de la mayoría de asalariados. Los economistas o los empresarios han realizado un trabajo encomiable y riguroso, están excelentemente organizados, y cuentan además con cierta complicidad con algunos medios de comunicación. La sectorial de Treballadors i Treballadores per la Independència, a pesar de también esforzarse, no ha hallado excesivo eco ni repercusión, y normalmente, hay un exceso de “cultura sindicalista” en un país con escasa afiliación. En las varias actividades desarrolladas por las diversas sectoriales locales, se continúa escuchando el verbo “depende”.

Por una parte, existe la constatación de la Transición como una estafa monumental, que la gestión tramposa de la crisis a manos de los herederos del franquismo, ha evidenciado: una sarta de recortes, reformas laborales, privatizaciones, desregulaciones,… que de acuerdo con un patrón general en toda Europa se ha traducido en una dramática pérdida de derechos y condiciones de vida y de trabajo. Unas políticas que, a manos del PP (y con una participación menos chapucera, pero no menos efectiva de CiU, PSOE o Ciutadans) han culminado en una brusca aceleración en el proceso de divergencia social: los ricos, son más ricos; las clases medias ven erosionado su estatus: las clases trabajadoras, que ya lo pasaban mal cuando decían que las cosas iban bien, se ven empujados a la periferia del sistema. Una periferia de precariedad y fragilidad, donde se siente el frío de la incertidumbre, y en la cual se pierde toda esperanza de una vida digna. Por ello, los trabajadores catalanes, hablen la lengua que hablen, son perfectamente conscientes que permanecer en la España borbónica implica habitar la miseria económica y moral de un estado y un régimen, que parece la continuación del franquismo por medios constitucionales.

Por otra parte, existe la posibilidad de una ruptura. Pero la ruptura, es decir, una transformación radical de las reglas del juego, posee la imagen de las estelades en los balcones. Es la independencia, es una república. Pero también resulta de una gran incertidumbre. En algunas conversaciones en los barrios persiste cierta desconfianza respecto al independentismo. No en la dimensión nacional o emocional, al fin y al cabo, la convivencia se ha fundamentado en cierta familiaridad y un sentido igualitario donde los afectos y los lazos familiares y de amistad han trenzado el país. Sí, en cambio, en la dimensión práctica. Existe la creencia (bien fundamentada) que el soberanismo posee un fuerte acento de clases medias (la composición sociológica de la ANC así lo avala), y que el estado resultante posee bastantes riesgos. ¿Será la República Catalana una versión mediterránea de los muy neoliberales estados bálticos? ¿La atracción por el modelo anglosajón y postatherista que exhiben algunos destacados intelectuales generará una Catalunya con un estado del bienestar frágil? ¿El paternalismo tradicional de las clases medias y altas se impodrá frente a la lógica de una alianza de clases?

Demasiados interrogantes, pero una clara certeza. La independencia solamente es posible si existe una amplia concurrencia de grupos sociales. Contrariamente a lo que pregonan algunos intelectuales izquierdistas engagés, sin Convergència y su substrato social, no es posible la independencia. Pero sin el apoyo o consentimiento de las clases trabajadoras, tampoco. Hasta ahora, la participación de las clases trabajadoras en el proceso ha sido escasa, quizá mediante la excepción que ha modulado las CUP, especialmente en el antiguo cinturón rojo, atrayendo especialmente a este nuevo grupo social que empieza a autodenominarse precariado. Se ha hablado mucho de listas, pero apenas se ha concretado nada de un proyecto (con la excepción del muy interesante decálogo del Procés Constituent, en fase de “intrusismo político”). La independencia, y por tanto la ruptura, solamente será posible y viable cuando se pacte un mínimo común denominador de lo que debería ser la arquitectura profunda del nuevo estado. Algunos ingenuos hablarían de “Constitución”. Yo disiento. En el mundo catalán mediterráneo hacemos poco caso de las normas porque las sometemos constantemente a revisión. Ello no es un defecto, sino una virtud. Estoy hablando de un pacto en base a leyes no escritas; una serie de principios tatuados en el inconsciente colectivo, en el ADN de la nueva República.

Por tanto, la República Catalana requiere, no de una lista o de una Constitución, sino de una alianza de clases sociales, de consenso entre trabajadores, clases medias y élites. Sé que esto suena a poco revolucionario, e incluso me llega a sonar a rancio hasta a mí, que poseo cierto background libertario. Pero las sociedades exitosas funcionan en base a acuerdos que tengan validez, al menos, durante una generación. Y en un pacto, en una alianza, son menos importantes los acuerdos que las renuncias. Para conseguir un estado independiente, las élites deben renunciar al neoliberalismo, a las tentaciones del modelo anglosajón, al mundo de la desregulación, a los sueños húmedos de la privatización. Por su parte, los trabajadores deben renunciar al folklore, al victimismo, a la cultura de la queja, y a establecer un cierto esfuerzo para formarse y participar activamente en el nuevo estado. En el medio, las clases medias deben renunciar a sus miedos y prejuicios, y a actuar con sinceridad.

 

Proyectos constitucionales

En los últimos meses, hay varios proyectos de constitución sobre la mesa. Quizá decenas. Pienso que a veces no hay intelectual o jurista que se precie de serlo que no haya participado en alguna discusión al respecto. Algunos a los que he tenido acceso me producen arcadas. El del muy admirado juez Vidal hablaba de regular el derecho de huelga (que es como intentar limitar el derecho a la disidencia). Otros pretenden ser cosas muy breves, de solamente una página para dejar un amplio espacio a gobiernos que a menudo obedecen a intereses ajenos al general.

En el caso de la Sectorial de Treballadors i Treballadores per la independència de Girona, a lo largo de 2014 realizamos un interesante trabajo de redactar las bases constitucionales sobre lo que debería ser un capítulo dedicado al mundo laboral. Se trataba, simplemente de propiciar una serie de medidas que fueran permanentes con capacidad de hacer atractivo al máximo de ciudadanos posibles una república catalana e independiente. Entre las medidas propuestas, la obligación del gobierno a mantener la tasa de paro por debajo del 6%; un sistema público de pensiones que permita la jubilación ordinaria a los 60 años, la participación en la gestión y en los beneficios de las empresas privadas; un sistema económico en el que un tercio de los trabajadores esté en el sector privado, otro tercio en el público, y otro tercio en el cooperativo; unas políticas de bienestar y control público de sectores estratégicos en el que la especulación sea especialmente castigada; o una jornada laboral máxima de 30 horas semanales con un mínimo de dos festivos y un salario en el que el más elevado no pueda multiplicar más de seis veces el más bajo.

Con todo, y con las dificultades que implica una pluralidad social y unos intereses a menudo contrapuestos desde el propio independentismo, no es difícil constatar las fuertes contradicciones. Pero repito. La mayoría de las clases trabajadoras no ven claro un estado independiente, y no apostarán por él hasta que no crean que los riesgos valgan la pena. Pero una especial protección del mundo laboral y una Cataluña fundamentada en la justicia social y la igualdad es la única premisa para que el “depende” se convierta en un sí profundo e inequívoco.

Sin independencia, no hay ruptura. Pero sin una Cataluña igualitaria y socialmente justa, no habrá ni lo primero, ni lo segundo. Al fin y al cabo, Cataluña será libertaria (entendido como espacio de libertad, igualdad y solidaridad) o no será.

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