Els Papers de Santa Maria de Nassiu

EDUQUEU ELS XIQUETS I NO HAUREU DE CASTIGAR ELS HOMES (PITÀGORES)

14 de setembre de 2008
2 comentaris

“VALENCIA: TENEMOS LA FÓRMULA”

Aquest ha estat una de les frases amb què es rebé a València el GP de Fórmula 1 per al circuit urbà. Més o menys. I l’altre dia -dimarts, 9 de setembre- podíem llegir al Levante-EMV el titular següent: “Más de 842.000 valencianos son pobres. El 16,8% de la población subsiste con menos de 18 € al día, frente al 19,9% de la media estatal”. En llegir aquest titular, vaig pensar que alguna cosa fallava. No pot ser que el territori governat pel “millor partit del món” tinga aquestes dades de pobresa i un circuit de F1, dissenyat i posat en marxa en nou mesos. Però així és. Però és que el que de veritat és més cridaner és l’anàlisi de les dades perquè, encara que siga veritat que estem per davall de la mitjana estatal, cosa que no ens ha de “tranquil.litzar”, tenim un 16,8% que podem qualificar de pobresa MODERADA, però un 6,8% de pobresa ALTA i un 3,1% de pobresa SEVERA. Les dades són les dades. A mi em cauria la cara de vergonya ser president d’un país amb aquestes dades de POBRESA i dir que tenim la Fórmula. I més encara si fóra l’alcade/ssa d’aquesta ciutat. Però si mirem de més a prop les dades, observem que aquest 16,8% MALVIU amb menys de 6.810 € a l’any, uns 18,6€ al dia.
I sols Astúries i Cantàbria tenen dades iguals o inferiors a les nostres. Les altres 14 comunitats autònomes tenen dades pitjors. I qui s’emporta la palma són Múrcia (21,2%) i Castella-Lleó (21,1%).
I encara hi ha una dada més preocupant: L’estudi alerta de l’elevat índex de pobresa infantil pels dèficits de protecció oficial. I si ens fixem en la immigració ja és per deixar de llegir: un 17% són pobres nascuts a l’Estat i un 26% arribats de fora de la UE. I després d’aquestes dades el “millor govern del món” -del PP, per descomptat- segueix sense aplicar la Llei de Dependència al PV. Us deixe l’article d’Adela Cortina, Ética de la dependencia tot seguit.


Ética de la dependencia


ADELA CORTINA


EL PAÍS
 – 
Opinión – 06-09-2008


Que Barack Obama ganara las elecciones en Estados Unidos sería para
muchos de nosotros una buena noticia. Y no sólo por el partido al que
pertenece y por sus propuestas a la vez utópicas y realistas, sino
porque la forma más eficaz de acabar con la discriminación racial es
que gentes de diversas razas ocupen los lugares más visibles de una
sociedad por su valía personal. Normalizar la diversidad de razas,
sexos, religiones en los puestos de poder es no sólo un sueño, sino lo
racional y razonable. Que no haga falta siquiera ponerse en el lugar
del otro para evitar discriminaciones: “imagine lo que usted sufriría
si fuera de la raza humillada, póngase en su lugar”. La solución es que
no haya razas humilladas. Y además no andamos las gentes muy dispuestas
a tomar lugares ajenos, cuando dos niñas se ahogan en el mar y lo único
que se les ocurre a quienes toman el sol en la playa es grabarlo con el
teléfono móvil.


Sin embargo, hay situaciones de discriminación en las que ni siquiera
hace falta imaginarse en el lugar de otros, porque basta con ponerse en
el propio lugar, pero en distintas etapas de la vida. Es el caso de las
situaciones de dependencia, que no marcan una línea divisoria entre
“nosotros, los independientes” y “ellos, los dependientes”, o al revés,
sino que todos somos niños, ancianos y enfermos en épocas diferentes de
nuestra existencia, y en todos esos casos necesitamos ayuda. Una ayuda
que suele venir de la familia y los amigos, y que aunque en ese caso se
le denomine “informal”, porque no se somete a las reglas del BOE,
constituye el grueso de la asistencia social.


Las personas somos -to-das- radicalmente dependientes. Es verdad que en
la cultura occidental hemos ocultado cosa tan obvia, por admiración
hacia esa otra capacidad nuestra, la autonomía, que los individuos y
los pueblos persiguen como una aspiración. Para la cultura latina el in-firmus,
el enfermo es alguien de segunda, porque le falta firmeza, le falta
seguridad, un desprecio que hereda de Grecia. Y, sin embargo, a cada
persona acompañan desde la raíz la inevitable dependencia y la
aspiración a la autonomía, la vulnerabilidad y la capacidad de hacer la
propia vida.


Por eso, curiosamente, la única forma humana de conquistar una cierta
independencia es la práctica de la interdependencia. Parece un juego de
palabras, pero no lo es. Es el sueño de los viejos anarquistas, el
apoyo mutuo, que hace progresar a los individuos y a las especies. El
sueño cristiano y socialista de la solidaridad. Por eso una Ley de
Dependencia no es una simple prolongación de la antigua beneficencia,
de la limosna generalizada en la que a veces parecen convertirse las
prestaciones sociales, sino una radical exigencia de justicia para
cualquier Estado que se pretenda legítimo.


Es difícil saber porqué pero eso del bienestar social suena a maría
en el campo político, a ese tipo de asignaturas que no interesan a
nadie, pero hay que cursarlas, qué le vamos a hacer. Que imparten los
profesores a los que les faltan horas para cubrir la dedicación, cuando
ya están bien cubiertas las matemáticas y las ciencias; o, dicho en
versión política, la economía y la hacienda.


Y es verdad que el buen funcionamiento de la economía es indispensable
para construir una buena sociedad. Es verdad que la cosa económica va
francamente mal en nuestro país, con el consiguiente sufrimiento de una
parte importante y creciente de la población. Pero inyectar dinero a la
Ley de Dependencia no puede quedar para cuando sobre de lo demás,
porque es de justicia -no de simple beneficencia- intentar que todos
los ciudadanos lo sean de primera, que no haya ciudadanos de segunda.


La vida humana es quehacer -decía Ortega-, y por eso es de justicia
ayudar a quienes se encuentran en situación de dependencia para que
puedan hacer sus vidas. Pero hay un momento en el que ya no podemos
hacer, sino que nos hemos de dejar hacer, y entonces la ética del
cuidado complementa a la de la autonomía.


Todo ello requiere una lúcida y decidida coordinación por parte de la
sociedad. “Decidida” porque esté convencida de que esto es importante y
se apreste a hacerlo; “lúcida” porque discurra bien los medios.


Para que no haya ciudadanos de segunda la articulación del Estado con
las Comunidades Autónomas y con los Ayuntamientos no puede quedar al
albur de la lotería política, que la atención dependa del lugar de
residencia. Cosa que no sólo ocurre en el caso de la dependencia, sino
en muchos otros que generan en España ciudadanías de segunda. Ése es,
sin duda alguna, uno de nuestros grandes males.


Y, por otra parte, la atención a la dependencia precisa cuidadores
profesionales y vocacionados, no es un trabajo burocrático, sino una
tarea que exige una especial atención cuidadosa y debe ser dignamente
remunerada.


Lo que vale, cuesta. En recursos humanos, políticos, sociales y
económicos. El cuidado de todos nosotros cuando somos dependientes es
un yacimiento de empleo, pero tiene que conjugar salarios dignos con
dedicación cuidadosa.



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  1. Diuen que en el terme mig està la virtut, res és gratuït i que ningú dona duros a quatre pessetes i si algú ho fa no el refies doncs segur que hi ha trampa.

    J.F. Kennedy president d’EEUU pel Partit Democrata resumia en una frase la seva política. “No mires que pot fer el teu país per tu, si no que pots fer tú pel teu país”.

    Per que puga haver una llei de depedència necessària i raonable abans n’hi haurà que crear riquessa i afavorir i estimular que tots pugam contribuir i ser el maxim d’independents dins de les possibilitats de cadascú i no a l’inrevés.

    Per tant no només esperar amb passivitat que l’Estat espanyol ens ho regale tot i des del primer fins al darrer dia, quan hi ha ciutadans d’altres estats amb una mentalitat totalment diferent. Doncs tanmateix el món ha existit fins arribar als nostres dies sense tantes lleis com la de dependència creada l’any passat, que pot ser bona però sense abusar gaire que és el que al final acaba passant i ens passarà factura.

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