Els Papers de Santa Maria de Nassiu

EDUQUEU ELS XIQUETS I NO HAUREU DE CASTIGAR ELS HOMES (PITÀGORES)

13 d'agost de 2007
1 comentari

UN ARTICLE D’ADELA CORTINA

Dedicat a Natzari, de L’Olleria… a fi que entenga que estendre allò que altres han dit també és una obra de caritat.
Bé, ací teniu l’article d’Adela Cortina… és interessant per a entendre una miqueta millor quina és la realitat social que ens envolta.


Educar ciudadanos en la Sociedad de la Diversión


ADELA CORTINA


EL PAÍS

Opinión – 10-08-2007


Es el nuestro un insólito país. En ningún otro
ha merecido una modesta materia de la enseñanza no universitaria el honor
de ser reconocida por sus iniciales: EpC. Educación para la Ciudadanía. Nada
menos. Como la ONU, la OMS o el FMI. EpC junto a todas ellas. ¿Por qué este
dislate?


Porque parece que en implantarla nos va la condenación o la salvación.
Según algunos sectores, los niños que la cursen caerán en el relativismo
contumaz, en la "ideología de género", y quedarán incapacitados para cualquier
vislumbre de trascendencia. Otros sectores aseguran, por el contrario, que
quienes estudien EpC serán ciudadanos activos, responsables y solidarios,
dechado de virtudes cívicas, conocedores de las instituciones políticas y
de las declaraciones de derechos humanos.


Ante una situación semejante, ¿piensa alguien en serio que una
hora semanal, aunque se distribuya en distintos cursos, va a tener unas consecuencias
tan demoledoras o tan constructivas?


Por nuestra buena salud mental, confío en que no, en que nadie
cifre su esperanza de futuro en una materia impartida en las aulas. Entre
otras razones, porque -como recordaba Enrique Gil Calvo en un reciente curso
en la UIMP de Valencia- lo esencial es no aislar el aula, no separarla del
patio de juegos. Y yo añadiría: no separarla del patio ni tampoco de la casa.
Se trataría entonces de impulsar entre estos tres lugares esos juegos de
suma positiva en los que todos salen ganando, en vez de empeñarse en juegos
de suma cero, aquellos en los que lo que unos ganan lo pierden otros. Si
lo que gana la escuela lo pierden los padres o viceversa, mal futuro. Pero
peor aún si lo que gana el patio lo pierden los padres y la escuela.


Se titulaba el curso al que me refiero Educar para la ciudadanía en la sociedad de la diversión,
y creíamos los organizadores que el caballo de batalla se encontraba en la
segunda parte del rótulo. Vivimos en la Era del Acceso, de las Biotecnologías
o del Consumo, pero también -qué duda cabe- en la Sociedad de la Diversión.
Y quien se proponga educar para que niños y adolescentes sean gentes preocupadas
por construir su vida en solidaridad, preparadas para reclamar sus derechos
y para pechar con sus responsabilidades, conscientes de que el horizonte
de la ciudadanía es cosmopolita, tendrá que empezar por darse cuenta de que
todo esto hay que hacerlo en una sociedad que no ayuda a ello, sino todo
lo contrario. En una sociedad que valora ante todo el espectáculo, el tiempo
libre, el juego, el deporte, el consumo, los nuevos gregarismos (botellón, tatuajes, piercing),
y da la espalda al esfuerzo, al trabajo constante, al compromiso asumido
responsablemente para el largo plazo. ¿Cómo forjar con estos mimbres una
ciudadanía preocupada porque su sociedad -local y mundial- sea justa?


Mientras seguimos discutiendo sobre una materia escolar, preguntando
si son galgos o podencos, la casa sin barrer y la pregunta sin responder.
Y no sólo porque andamos en el furgón de cola del éxito escolar, que también
los parámetros de medida hay que interpretarlos, sino sobre todo porque educar
para ser ciudadanos en la Sociedad de la Diversión requiere vincular estrechamente
el aula, el patio y la casa.


El aula, la Escuela, educa moralmente, se lo proponga o no, en
cuanto el profesor traspasa el umbral de la clase, asume una actitud u otra
y enseña de una u otra forma; pero también en cuanto el claustro toma unas
decisiones y relega las restantes. A fin de cuentas, vivir es ir tomando
decisiones día a día, y decidir es preferir unos valores frente a otros:
decidir es priorizar valores, optar por los que hemos situado en el lugar
preferente de nuestra jerarquía, lo sepamos o no. Por eso importa cultivar
esa facultad para degustar los mejores valores, que Ortega llamó "estimativa",
facultad de estimar.


La Escuela educa moralmente, con intención o sin ella, y conviene
que los valores que quiera transmitir sean los compartidos por la ética de
los ciudadanos, modulable según las distintas éticas de máximos, según los
diversos idearios de los centros, sean religiosos o seculares. Hace ya muchos
años surgió un debate en nuestro país sobre si los creyentes pueden ser ciudadanos.
Como si hubiera que construir la idea de ciudadanía desde esa noción simple
de ciudadano que prescinde de las diferencias y se queda con lo común a todos.
Como si no hubiera que construir esa idea desde la noción de ciudadanía compleja,
consciente de que las diferencias también son constitutivas de nuestra identidad.
Claro que los creyentes pueden y tienen que ser ciudadanos, desde su especificidad,
como todos los demás.


En lo que hace a la casa, educa sin duda, y los padres son decisivos
en la formación de sus hijos. Pero tampoco conviene que lo hagan en solitario,
como si no pudieran equivocarse al priorizar unos valores sobre otros. El
mundo moral no es muy subjetivo, como creen los positivistas, no es esa esfera
privada en la que algunos -demasiados- se empeñan en recluir los valores
morales y religiosos. Es, por el contrario, muy intersubjetivo. Sobre él
se puede y se debe hablar, los valores se pueden compartir, y es muy posible,
afortunadamente, descubrir acuerdos.


Ciertamente, la vida es complicada y resulta difícil encontrar
tiempo incluso para lo más importante. Pero hay que intentarlo y, en este
sentido, es urgente que los padres intenten trabajar codo a codo con los
profesores en la educación de los hijos, en vez de ir a la escuela sólo para
reclamar que les suban la nota.


Pero todo esto hay que hacerlo desde el patio, desde ese lugar
en que niños y niñas juegan, se enamoran, fuman porros, pasan las noches
de claro en claro y los días de turbio en turbio, se apuntan a una acampada
o se enrolan en una organización cívica. La reflexión sobre esa vida ha de
ocupar espacios tanto en el hogar como en la escuela, desde ese juego de
"todos ganan", realmente decisivo para educar en la justicia y proyectar
la vida buena.


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