Els Papers de Santa Maria de Nassiu

EDUQUEU ELS XIQUETS I NO HAUREU DE CASTIGAR ELS HOMES (PITÀGORES)

DE DEMOCRÀCIA VIGILADA A DEMOCRÀCIA SEGRESTADA (TOT PASSANT PER DEMOCRÀCIA ?IGNORANT?)

Sé que el títol del post d?avui
sorprendrà bastant. Però és el que pense (i, de moment, parle únicament del País
Valencià).

La democràcia vigilada pot estendre?s
a tot l?estat. Per què? Molt senzill. Hi ha un Parlament, un poble que aprova
un estatut (el de Catalunya) i ara ha de ser un Tribunal Constitucional (sé que
ho diu així la Constitució) qui ha de dir la darrera paraula. Tenim unes
eleccions (que han de ser lliures), però és la Junta Electoral de Zona, Central
(o la que siga) qui ha de permetre que un acte es faça o no. I no cal dir que
la Junta Electoral de Zona (i la Central) s?han ?portat? ?massa bé? al PV. Recordeu
sols la prohibició de l?emissió del DVD Ja
en tenim prou, o molts
altres actes que eren prohibits però sempre tirant
cap a casa (en aquest cas, la del PP). Almenys ací al PV així ha estat al meu
entendre.

I finalment, arribem a la democràcia
segrestada.
Per què i per qui? Al PV no
hi ha llibertat d?expressió. Canal 9 té segrestat el poble valencià. No hi ha
debats (ni en campanya electoral). No ixen els polítics del PSOE o de Comprimís
si no és per quedar malparats per la manipulació. Utilitzen qualsevol
esdeveniment públic (visita papal, America?s cup, etc.) per fer-se autobombo.
Amaguen sucesos greus: accident del metro amb 41 morts i 43 ferits (i 0
responsables). Quan l?Ebre se n?ix envien dues unitats mòbils per cobrir la notícia.
Podria seguir. NO vull cansar-vos. Per això parle de democràcia segrestada.

I el que és més greu: tot això no és
ni menys ni més, com ha digué un company dilluns als seus alumnes, fruit d?una
democràcia ignorant, o que vol fer-se i sentir-se ignorant. Si aquesta realitat
no canvia prompte, malament ho tenim les valencianes i els valencians.

 

Per no deixar tan mal sabor de boca,
ací teniu dos articles d?avui del Liante. Gaudiu-ne (i demaneu després la gràcia
que espereu aconseguir). Bona vesprada.

 

La esperanza
 
 
ROBERTO CANTOS
 
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Me aseguraban aquellos que convierten
en estadísticas la subjetividad de las opiniones en los sondeos preelectorales
que en aquellos lugares en los que se encontraba mayor número de presuntos casos
de corrupción, era también mayor el caudal de votos que favorecían la reelección
de los implicados. Me dieron varios ejemplos a lo largo y ancho del territorio
de la Comunitat Valenciana, que, por obvios, no quiero citar.

Es así, me
decían. Coloca en el campo de visión del ciudadano un yate, un campo de golf, un
coche de carreras y el rostro de un cantante famoso con glamour y el ciudadano
se siente vestido de etiqueta, se siente fe­liz y ya no le importa que no le
atiendan sus básicas necesidades para mejorar su calidad de vida. Para
convencerme me aseguraban que si a un pobre le vistes con un frac ya no se
siente pobre, olvida los problemas diarios que tiene para acceder a los
servicios sociales, educativos o culturales. No podía ser.

Insistieron y
en su argumentación fueron más allá. No sólo les votan, dijeron, sino que los
ciudadanos a ese tipo de gobernante le regalan -parece que se ha dado el caso-la
propiedad de hasta 350.000 metros cuadrados de tierra. Sostenían sus
afirmaciones recordándome que sólo la acción legal, que no los votos, pu­do
parar la sangría de Marbella.

Lo que argumentáis, les indiqué, ataca
gravemente a los cimientos del sistema democrático. Es más, hace de la mentira y
del engaño medios lícitos de la acción política. Parte de una premisa falsa, y
es la de que los ciudadanos somos tontos.

Escucha, amigo Roberto, las
palabras de Rus, ese gran político del PP: «Dije, llevaré la playa a Xàtiva. Y
se lo creyeron. Si yo mando, traigo la playa. Y va y se lo creen todos ¡Serán
burros! Y me votaron», resume Rus, en medio de unas risas de fondo.

El
domingo, a medida que iba conociendo, con la ilu­sión y la intensidad de
siempre, los resultados electorales, iban desdibujándose, desenfocadas, las
imáge­nes trágicas del metro y de la estación de Patraix en la misma medida que
lucía la fotografía de la Valencia guapa y glamurosa.

Creía yo, ahora no
lo sé, que sería necesario obligar a que todos los partidos políticos
relacionaran sus presun­tos implicados en casos de corrupción, los defendie­ran
como estimaran conveniente y asumieran la imposibilidad de presentarlos como
candidatos en las listas electorales.

Los ciudadanos ejercieron su
derecho democrático a elegir, y eso es siempre motivo de alegría y de respeto.

Sin embargo, amigos y amigas, no puedo renunciar a trabajar con honradez
por la esperanza de un cambio, esperanza que nadie ni nada tiene el derecho de
defraudar. Oídlo bien, nadie tiene derecho a defraudar.

¡Que nadie se
ría de la esperanza!

La mayoría social que deja el 27M
 
 
JESÚS CIVERA
 

Después de las derrotas electorales
comparecen antiguos hechiceros, dirigentes políticos ilustrados y virtuosos
analistas para colmatar de sabiduría los sedimentos del percance. Como en la
fábula de Samaniego, acuden al pa­nal de rica miel. Y como acontece en la
singular circunstancia, dictan la misma medicina u objetan aná­loga respuesta,
en una especie de determinismo subyacente que ampara la inercia de los años o la
asimilación reiterada de la experien­cia. Ante el aplastante fracaso del PSPV,
han confluido en el dicta­men reviviendo anteriores citas electorales y con la
habitual clarivi­dencia: la sociedad ha cambiado profundamente y los
responsables socialistas no han captado o absorbido esas transformaciones. Ya
que la formulación es la única originalidad que excede los términos de ese
examen trillado, se puede decir de mil modos aunque se acabe sujetan­do la misma
idea: las urnas consta­tan una división profunda, cuando no una fractura, entre
la sociedad y el PSPV. Elaborada la conclu­sión, afinado el diagnóstico y
constatada de nuevo la alarma, desaparecido el problema. En este caso, su
problema.

Y, sin embargo, el dilema comienza ahí, en lugar de finalizar
en ese punto. ¿Acaso es posible ocupar el espacio sociológico que sostiene
ampliamente al PP sin lastrar el conjunto de valores que definen al
centro-izquierda? ¿Puede el PSPV permeabilizarse en unos comportamientos
sustentados en un individualismo salvaje, por mayoritarios que sean? Los
electores han aprobado, y en algunos casos pre­miado, los casos de corrupción.
Los electores han ratificado, y también estimulado, políticas municipa­les
urbanísticas que transgreden modelos básicos de sostenibilidad. Etcétera. ¿Cómo
es posible sentar las bases para atraer a esas esferas sociales sin violar la
amalgama de principios -pocos: del ámbito liberal y comunitarista- que
personalizan a los partidos del centro-izquierda y que constituyen el eje que
los separa de las formaciones liberal-conservadoras?

Porque ése es su
drama, o uno de los que importan: el PSPV no puede transubstanciarse en el PP,
desplazándose a su territorio, con el objetivo de seducir a esas capas
valencianas desideologizadas y deu­doras de un egoísmo social que gana presencia
con el tiempo, herederas del Estado de bienestar -aunque no sepan concretar ni
su titularidad ni sus peligros de vaciado- y cuya perspectiva en el universo
globalizado no es otra que la inmediatez de su renta doméstica.

El
círculo es vicioso, y los dirigentes socialistas críticos, los mandarines
interesados y los observadores llameantes están obligados a preguntarse sobre
esas y otras cuestiones estructurales en lugar de contestarse a sí mismos,
personalizar la crisis en los prota­gonistas y camuflar las armas entre los
análisis y pronunciamientos a fin de buscarse un lugar al sol, aunque el sol
posea fecha de caducidad. Absténganse indecentes: el temblor colosal que ha
sacudido al socialismo valenciano -no hablemos ya de EU, que merece un relato
aparte- tiene poco que ver con las personas. En espera de que la reflexión no
sucum­ba ante el resplandor de las espadas, como ya es habitual, habrá que
verificar antes lo obvio: el PP refleja las expectativas mayoritarias de la
sociedad valenciana de principios de siglo. Sus valores, representaciones e
intereses. Lo que no contradice o excusa la voluntad de dilucidar por qué la
sociedad ha varado ahí -ni por qué asume la complicidad con la corrup­ción y
otros guisos de esa misma especie- y quié­nes son los responsables de su deriva.
De su deriva moral.

  1. Després d’aquestes eleccions sembla que la societat done carta blanca per a fer allò de la dita: a cadascú per a ell i a robar el que es puga.

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