Els Papers de Santa Maria de Nassiu

EDUQUEU ELS XIQUETS I NO HAUREU DE CASTIGAR ELS HOMES (PITÀGORES)

AQUEST DARRERS DIES LLEGINT TITULARS DELS MITJANS DE COMUNICACIÓ FAS L’APUNT DIARI

Per què? Molt senzill. És tanta la “burrera” i la “incoherència” dels nostres polítics (i quan dic “nostres” i “polítics” em referesc a “quasi” la seua totalitat) que ja no cal que penses massa per fer un apunt. Te’ls donen fets. I si no, mireu aquest titulars:

I l’article de Xavier Rubert de Ventós, El español, ¡qué gran Lengua! (EL PAÍS) acaba així:

“Pues
nada, consigamos que no lo sientan como un agravio; seamos un vulgar
Estado más”. Esto es lo que pueden ir pensando muchos catalanes -no
necesariamente nacionalistas- al comprobar que no les queda otra si no
quieren inquietar o irritar a los españoles cuando reclaman los
derechos y medios indispensables para enfrentar desde la inmigración
hasta la educación y la cohesión del país.


¿Que si somos una nación? Dejémosles a ellos estos discursos esencialistas, en el que españoles y franceses parecen ahora
tan interesados, y contentémonos con alcanzar el banal estatus de
Estado ante el que ya nadie se ofenda ni se sienta literalmente “tirado
de la lengua”.


Por lo que respecta al castellano… Pues sí, pese a los costes que
para mí ha tenido su imposición, yo cada día agradezco a los dioses
poder leer a Cervantes, a Gracián o a Quevedo con la naturalidad con la
que nunca podré leer a Shakespeare. O poder hablar con los
hispanoamericanos con los sobreentendidos y la complicidad que nunca
tendré con un norteamericano o un francés.


El español, ¡qué gran Lengua! Sólo nos falta que también España pase a ser un gran Estado vecino


Lengua del pueblo y de poetas, lengua de la intimidad y de la plegaria,
lengua castiza y entrañable, lengua magnífica… hasta ahí. Hasta ahí
habían sobrevivido nuestras lenguas mientras fueron reprimidas y así
deberían, para algunos, mantenerse ahora: en conserva, en un recoleto
conservatorio. Para rezar o chismorrear bueno era el catalán, pero para
la microbiología o para la filosofía, seamos serios, para eso era
necesario el castellano. (Hoy este argumento serviría para quienes
proponen hacerlo todo directamente en inglés).


En algún lugar, irónicamente, yo argumenté exactamente lo contrario:
que se debía rezar y chismorrear en castellano, pero que para la
ciencia o la teoría deberíamos usar el catalán. Era el año 1969, de
modo que decidí publicar en catalán una tesis doctoral que, ¿cómo no?,
tuve que redactar en castellano para poder presentarla.


“No es lo mismo conocer la lengua de modo más o menos sobrevenido -dice
Savater- que estudiar en ella y aprovechar todos sus recursos
expresivos y bibliográficos”. ¡Y cuánta razón tiene! Sé bien de la
riqueza expresiva y literaria que se tiene cuando se escribe sobre
temas culturales en la misma lengua en la que se pedía sopa en casa:
cuando la llamada lengua 1 (materna) y la lengua 2 (académica)
coinciden. En mi caso no coincidieron y al escribir noto esta carencia.
Una carencia que espero no sientan mis hijos de 11 y 12 años, que ya
hablan gallego con su madre, catalán conmigo y castellano en la escuela
de Santiago. Sólo falta que tengan como asignatura el portugués para
que nazcan con “todos los recursos expresivos y bibliográficos” de
cuatro lenguas.


Pero es curioso: lenguas como la española o la francesa, que hasta
ahorita se defendían por su universalismo frente a las lenguas
vernáculas, apelan hoy a argumentos particularistas y reclaman la
protección política del Estado. ¿Será que ahora, cuando nosotros vamos
olvidando estos argumentos y defendemos el catalán en la escuela por
razones de “cohesión social”, ellos se han vuelto como catalanistas
rancios que defienden el castellano o el francés por razones de
“cohesión política o cultural”?


Así parecía sugerirlo un artículo aparecido en este mismo periódico:
“Los españoles no somos tan fuertes como para olvidarnos de esta
función política
de la lengua. A mi modo de ver no se trata de un prurito nacionalista,
sino de una legítima necesidad de los pueblos de permanecer”. Sí, han
leído ustedes bien: “una legítima necesidad de los pueblos a
permanecer”. Pero ¿cuáles son esos pueblos y lenguas con tal derecho?


Alguien dijo que “una lengua es un dialecto con un Ejército”. Menos
explícitos y belicosos, algunos españoles que redactan manifiestos
parecen entender que “una lengua es un dialecto con Estado”. Pues bien,
si esto es lo que necesitamos los catalanes para tener también nosotros
una lengua, consigamos ese Estado, que lo demás ya nos será dado (y
reconocido) por añadidura. A eso nos llevan los propios argumentos de
Fernando Savater: “Porque el busilis de la cuestión -nos dice- no es el
bilingüismo, desde luego, sino el biestatismo que los nacionalistas pretenden imponer a sus autonomías”.


Y esto es lo que tácitamente entienden tantos nacionalistas españoles
que no se asombraron ni escandalizaron cuando al ir a vivir a Francia
tuvieron que aprender francés, italiano en Italia o alemán en Alemania.
¿Y en Catalunya? En Catalunya no, Catalunya es otra cosa. Ahora que los
funcionarios españoles tienen que aprender lenguas europeas para
trabajar en la Comunidad, sigue pareciéndoles un agravio o un atentado
a sus derechos adquiridos el que aquí, en Catalunya, deban aprender el
catalán.


“Pues nada, consigamos que no lo sientan como un agravio; seamos un
vulgar Estado más”. Esto es lo que pueden ir pensando muchos catalanes
-no necesariamente nacionalistas- al comprobar que no les queda otra si
no quieren inquietar o irritar a los españoles cuando reclaman los
derechos y medios indispensables para enfrentar desde la inmigración
hasta la educación y la cohesión del país.


¿Que si somos una nación? Dejémosles a ellos estos discursos esencialistas, en el que españoles y franceses parecen ahora
tan interesados, y contentémonos con alcanzar el banal estatus de
Estado ante el que ya nadie se ofenda ni se sienta literalmente “tirado
de la lengua”.


Por lo que respecta al castellano… Pues sí, pese a los costes que
para mí ha tenido su imposición, yo cada día agradezco a los dioses
poder leer a Cervantes, a Gracián o a Quevedo con la naturalidad con la
que nunca podré leer a Shakespeare. O poder hablar con los
hispanoamericanos con los sobreentendidos y la complicidad que nunca
tendré con un norteamericano o un francés.


El español, ¡qué gran Lengua! Sólo nos falta que también España pase a ser un gran Estado vecino.




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