TRES ARTICLES I ALGUNA COSETA MÉS

Pel seu contingut i perquè considere adient que siguen coneguts, us deixe més avall els darrers articles publicats a EL PAÍS SEMANAL. El primer és de Maruja Torres, Faraones valencianos, i el segon és d’Almudena Grandes, Comentario de texto. Juntament amb aquests dos us vull deixar també 25 anys de frustració, de Jesús Puig (LEVANTE-EMV)

I he volgut deixar per a després d’haver passat les Eleccions a la Universitat per tal de “denunciar” el poc trellat de Campus Jove en fer el cartell publicitari. El lema era: QUE NO TE LA CLAVEN. Sé que han demanat disculpes. Però amb aquestes coses no es pot jugar d’aquesta manera. Demane per a una propera ocasió una mica més de sentit comú. Solament.

I faig meu el crit “SOM ESTUDIANTS, NO DELINQÜENTS!” arran dels darrers fets esdevinguts a la ciutat de València perquè Andreu Lloret ha passat tota la nit a comissaria i avui passarà a disposició judicial. Mal anem si actuem així per acallar les protestes contra Bolonya. Bon dia (per dir alguna cosa)

 

 

ESCALERA INTERIOR 
Comentario
de texto
 

ALMUDENA GRANDES 


 

EL PAIS SEMANAL – 23-11-2008

Un país pobre, destrozado por una guerra larga y cruenta que
acaba de terminar. Un pueblo grande, otro pequeño, una ciudad.

En el primero, las tropas ocupantes
reúnen a todos los resistentes y los van tirando vivos, uno por uno, en varios
pozos secos, profundos. Sobre los últimos cuerpos derraman una capa de cal
viva, para asegurarse de que nadie pueda salir. Durante muchos días, casi una
semana, los vecinos del pueblo escuchan los lamentos de los enterrados en vida,
que van muriendo muy despacio, de asfixia o de hambre, mientras la cal
resplandece cada noche. Pero deciden que esos gritos de desesperación no son
humanos, sino obra de brujería, y siguen viviendo, conviviendo todos los días
con los hijos, las viudas de los hombres enterrados en los pozos.

En el segundo, unos hombres entran en
una casa y se llevan al padre por la fuerza. Antes de marcharse, uno de ellos
se dirige a su hija, una niña de 11 años. Dentro de una hora puedes venir a por
los zapatos, si quieres. No creo que podáis aprovechar mucho más, pero he visto
que sus zapatos están bastante nuevos. A lo mejor os sirven a alguno, te lo
digo para que después no digáis que os los hemos robado… Una hora después, la
niña de 11 años descalza al cadáver de su padre, se lleva sus zapatos y los
guarda en una caja. Sus hijos, sus nietos, han crecido viendo esa caja y los
zapatos que contiene. Y también, todos los días, a los asesinos del último
hombre que los calzó.

En la ciudad llevan a los condenados a muerte al cementerio, de madrugada.
Al pasar por una esquina, una lluvia de papelitos cae al suelo. Los ocupantes
del camión los dejan caer con disimulo para que sus guardianes no los vean.
Todos esos papeles son adioses, palabras de amor destinadas a seres queridos a
quienes nunca volverán a ver, que nunca volverán a verlos vivos. Cuando el
camión se marcha, una mujer sale a la calle, mira a su izquierda, a su derecha,
toma precauciones y recoge los papeles, ocultándolos en su ropa. Los hombres
que los han escrito no la conocen, y ella tampoco conoce a ninguno, pero eso es
lo único que puede hacer por ellos y por ella misma, por el sueño que han
defendido juntos. La mujer sabe que, si algún día la pillan, ella misma acabará
en un camión, pero sigue madrugando y ocultándose tras una esquina para recoger
y repartir esos adioses.

¿Qué quiere expresar la autora de
este texto? ¿Cuáles son los conceptos clave que refleja? ¿Crueldad, odio,
injusticia, barbarie, asesinato, horror, terror, dolor? ¿Con qué otros adjetivos
describiría el lector estas tres historias? ¿Terrible y desoladora la primera,
terrible y conmovedora la segunda, terrible y hermosa la tercera? ¿Cómo
definiría la experiencia de los descendientes de los hombres que mueren en
estas tres historias? ¿Terrorífica, injusta, inconcebible, torturante, indigna,
insoportable, atroz? ¿Qué conceptos añadiría si supiera que esos hijos, esos
nietos, en lugar de clamar venganza o tomársela por su mano, han seguido
viviendo, y conviviendo, mejor o peor, con los verdugos y con sus
descendientes, y contribuyendo así, más que nadie, al progreso y a la paz de su
país? ¿Dignidad, serenidad, responsabilidad, civismo, frustración, dolor,
injusticia, pesadilla?

Si ha contestado  a alguna de estas preguntas, el
lector está muy equivocado. Porque estas tres historias, que son rigurosamente
ciertas, sucedieron en España. La primera en Arucas, Gran Canaria; la segunda
en una aldea de la provincia de León, la tercera en Madrid, en lo que hoy se
llama avenida de Daroca, todas después de la Guerra Civil. La
autora, que sabe muchísimas más, las ha escogido porque conoce personalmente a
una hija de un sepultado vivo, a un nieto de la niña que descalzó el cadáver de
su padre, a una nieta de la mujer que madrugaba para recoger las palabras de
amor de los condenados. Y el Estado español, en lugar de reparar de alguna
manera, siquiera simbólica, tanto horror, tanto dolor, tanta injusticia, tanta
barbarie, no ha sido capaz de producir siquiera, en 30 años de democracia, una
triste declaración parlamentaria de repulsa de la sanguinaria dictadura militar
que fue el franquismo. El tímido, descafeinado, insuficiente avance que supuso
la aprobación de la Ley
de la Memoria
Histórica
se ha visto paralizado por la actitud de la Audiencia Nacional,
que, por lo visto, es una institución que no tiene nada que ver con la
justicia, sino exclusivamente con el ordenamiento jurídico. ¿Y qué quieren?
¿Acaso las leyes de este país contemplan los pozos, los zapatos, los adioses,
el maltrecho corazón de los españoles?

Así que la autora recomienda al
lector que vuelva a leer este texto y lo interprete de la manera correcta, es
decir, achacando todo lo que dice a la personalidad del juez Baltasar Garzón.

Igual que si no hubiera sucedido
nunca.

 

PERDONEN QUE NO ME LEVANTE 
Faraones
Valencianos
 

MARUJA TORRES 

 

EL PAIS SEMANAL – 23-11-2008

Una estancia un poco prolongada en El
Cairo me confirma en algo que siempre sospeché: lo mejor de esta ciudad son los
niños. Incansables niños, sorprendentes niños, pacientes y animosos niños.

Habría que hacer que las autoridades de la Generalitat Valenciana
y del Partido Popular, ellos que son tan sensibles, se dieran un paseo por
aquí. Con cargo al erario público, por supuesto, y una noche gratis en una casa
de putas con danzarinas del vientre. Aunque sería exactamente un viaje
turístico. No para visitar las pirámides mayores ni sus antecesoras -tanto o
más interesantes-, ni siquiera para perderse al sur de Asuán, en donde podrían
evangelizar a los nubios, o quizá sufrir un ataque fundamentalista que les iría
de traca, de cara a las próximas elecciones. Tampoco les recomendaría que
echaran ni siquiera un vistazo a la
Esfinge
: ella les fulminaría, y yo, aunque soy mala, soy
bastante peor, y no les deseo sólo eso.

Quiero que pasen y vean. Los niños de El Cairo, señores del
PP. Se pueden extraer de ellos lecciones muy profundas. Tomemos a Mahmud,
aparenta siete años pero a lo mejor tiene nueve. Igual es de mi edad, ya saben,
un viejo con aspecto infantil: es lo que pasa cuando se padece de una
alimentación permanentemente acompañada -al borde del plato, como nuestras
raciones de pijadas de diseño- de carencias proteínicas, minerales y
vitamínicas.

Sin embargo, yo creo que Mahmud es un niño, y muy inteligente.
Oh, sí. Tenían que haberle visto mientras intentaba vendernos chicles con sabor
a plátano, tendrían que respetar su estilo comerciante, su rapidez al hacer las
cuentas, su vivacidad infantil, su alegría al verse tratado como un chaval, sus
sencillos atrevimientos, su satisfacción de profesional al colocarnos, no sin
esfuerzo, su mercancía. Cuando nos marchamos, Mahmud nos siguió, pero no como
los críos de la indigencia tradicional -maleducados para el turismo-,
plañideros, sino como un niño feliz por habernos conocido, que quería
despedirnos con el rumbo que sólo los pobres generosos saben desplegar. Esa noche,
cualquiera que sea el agujero en el que pernocta, Mahmud se llevó consigo algo
bueno para recordar. Nos acompañó casi hasta el microbús, besitos por aquí,
besitos por allá, y tengo el perfume de su cabello, prensado por los rizos y
sedoso, todavía flotando al borde de mis labios. ¡Mahmud! Que la vida sea tan
buena contigo como tú lo fuiste con nosotros.

Los próceres valencianos que mangonean con la asignatura
Educación para la
Ciudadanía
tendrían que desplegar sus augustas presencias por
esta ciudad tan vieja y tan sabia que es El Cairo. Podrían, por ejemplo,
detenerse a contemplar a los niños que, en algunos barrios, sentados en la
acera, venden pañuelos de papel, mientras hacen sus deberes. Se les puede ver
entre el gentío, sonrientes, preocupados por las ventas, al mismo tiempo sin
dejar de chupar el lápiz ni de afinar su punta, llenando las libretas -tiernas
libretas de todas las infancias desvalidas pero obstinadas- con sus preciosos y
diminutos caracteres árabes, más valiosos que nuestros bachilleratos porque
aquí al necesitado todo le cuesta un esfuerzo inhumano, levantarse por la
mañana y respirar, lo primero.

¿Qué sería de este pequeño, de estas criaturas, de Mahmud, de haber nacido en una
comunidad autónoma española, pudiente, en un territorio bien organizado y
razonablemente dotado de garantías legales? Se convertirían en genios, dirían
ustedes. Pues no. Se verían obligados a asistir a un galimatías recitado en
inglés y traducido por un simultáneo -hay formas muy extrañas de ganarse la
vida-, al que dan el nombre de Educación para la Ciudadanía, de la que
se befan y se mofan, ellos, los faraones, que ni de una cosa ni de la otra
entienden, que hacen de la ignorancia y de la insolencia asignaturas siempre
pendientes, y que utilizan a los alumnos de su comunidad como munición para sus
batallas políticas.

Aunque cruel, crecer en la calle, al menos, no engaña. Qué
canallada, sin embargo, la de los faraones valencianos.

 

JESÚS PUIG 


Ho diré tot d´una: els que deuen commemorar (que no celebrar) els 25 anys de la Llei d´Ús i Ensenyament del Valencià són els pusil·lànimes. És la seua llei. La llei del mínim esforç. Dels que van creure que la normalització lingüística, com la poma de Newton, cauria sobre la societat valenciana amb una atracció inevitable. Vint-i-cinc anys després confirmen la fantasia voluntarista dels que esperen que les lleis canvien la realitat. El valencià continua sent una llengua sense prestigi, la profunda asimetria que caracteritza la relació entre el valencià i el castellà s´ha incrementat i el monolingüisme guanya terreny sota la fal·làcia d´impulsar un bilingüisme sense imposicions. Política lingüística que, segons deia dissabte a Levante-EMV la secretària d´Educació, Concha Gómez, el PP continuarà aplicant «en la promoció de la llengua valenciana en els pròxims anys, des de la tolerància i sense imposicions». Perquè les imposicions, és clar, no afecten a llengües subsidiàries i prescindibles com el valencià, sinó a llengües de prestigi com el castellà i l´anglès. El castellà, perquè la Constitució diu que s´ha de conèixer obligatòriament; i l´anglès, perquè així ho disposa el Molt Inefable Camps en imposar-lo com a llengua vehicular a Educació per a la Ciutadania.
Durant aquests dies, he llegit diversos articles sobre la LUEV: elogiosos, exaltats, hipòcrites, recargolats, il·lusionats, il·lusos…(afegiu-hi al gust els adjectius). Però la realitat, despullada de qualificatius, és aquesta: ha mancat voluntat política. L´autoodi i el desinterès social han fet la resta, conformant una superposició de capes, tapes i etapes com els corfolls d´una ceba; de manera que, ho mires per on ho mires, a l´hora d´impulsar el valencià, els plors són inevitables. I així anem. L´únic consol és que la situació no pot empitjorar més i, per tant, tan sols pot millorar. I és que, feta la llei, no hauria d´haver-s´hi fet la trampa. I trampa és l´ordenament legal que se n´ha derivat.
[jesuspuig@hotmail.com]

 

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