RESSENYA “EL MAS DE LES ÀNIMES” de Vicent J. Escartí

Setembre passat isqué al mercat “El mas de les ànimes”, de Vicent Josep Escartí, novel.la de ficció historicista guardonada amb el Premi Enric Valor de Novel.la en Valencià per la Diputació d’Alacant. L’autor empra un llenguatge relativament senzill i asequible al lector per posar-se dins la pell de la Palopa, una senyora d’una longevitat tan excepcional que irremeiablement implica que siga testimoni d’un grapat d’esdeveniments històrics del segle XIX i com aquestos afecten les vides d’un grapat de personatges que conviuen amb ella, o que temporalment passen pel tros de terra on habita durant tantíssims anys. Hi ha les invassions napoleòniques, la pèrdua de les colònies amb les pròpies guerres de Cuba i de les Filipines; la Guerra dels Mil Dies; la Primera ia la Segona República i inclús l’esclat de la Guerra Civil espanyola. I hi ha moltes vides, amb moltes cicatrius; i també molts morts que, amb les seues històries, ens retornen a la literatura amb un cosmos vivencial tan realista que commou al lector. A la pròpia fragilitat de la vida, consustancial al segle XIX i a una zona rural ubicada als voltants de Xàtiva, esdevé absolutament aborronadora. Per moments la mort sembla amarar-ho tot i solament la fortalesa de na Maria Celidònia Palop supera qualsevol mena de desgracia personal que li toca de prop: morts prematures d’infants, pestes, febres, suïcidis, familiars depressius arribats des de les guerres. Hi ha temps de misèria económica i també de prosperitat, amb l’esplendor de les collites del raïm; però també hi arriba la filoxera, i la misèria; i les desgràcies, que com un bucle, tornen a ser sempre presents als voltant de la vida del mas. Diu Jaume Cabré que si l’autor no sap dotar de vida el relat que confecciona, podríem dir que ha fracassat. I sens dubte Escartí és capaç de parlar-nos ben bé de les afectacions tristes o alegres dels seus personatges, de les seues penes i dels seus sofriments; i de definir ben bé un entorn hostil per a gaudir de la vida tal i com la concebem hui en dia en un món occidental i un temps on sembla que hem optat per apartar i amagar la mort, per allunyar-la de les nostres vides. Però la mort, que al principi no se sap molt bé què és i sempre sembla imposible, acaba tenint tant de pes i tanta força que es fa senyora de tot.

“El Mas de les ànimes”
Vicent Josep Escartí Soriano
Ed. Bromera.
Primera Edició: setembre 2019
Article publicat a Revista Saó, Gener 2020

SOBRE LA PRESUNTA “RIQUEZA” DE LOS VALENCIANOS

A nadie escapa que durante décadas ha existido en el imaginario colectivo, el presupuesto de que los valencianos éramos una región rica. De algún modo tras los vascos, los catalanes y Madrid, ahí estábamos nosotros, con esa imagen secular de Levante feliz que se edulcoró más si cabe en épocas no muy lejanas cuando diferentes gobernantes del Cap i Casal i del Consell se obstinaron en situarnos en el mapa. Había que poner València bonita. Había que demostrar al mundo que éramos un territorio próspero, la futura Florida de una Europa que se aprestaba a envejecer. Como se suele decir en valenciano, lligàvem els gossos amb llonganisses, nos llevábamos a Julio Iglesias a las ferias comerciales en el exterior (aunque hubiese que regalar los tickets de los conciertos);y con los grandes eventos y la visita papal creímos ser el ombligo del mundo. O algunos creyeron serlo.

Mientras tanto Calatrava embellecía València con impactantes y costosísimas edificaciones, al tiempo que Castelló proyectaba una extraña Ciudad de las Lenguas, un Waterfront y un aeropuerto que habrían de catapultar internacionalmente a la tan agraviada capital del norte. En Alicante, por su parte, se apostaba por Terra Mítica como polo de atracción, así como por nuestro Hollywood particular: la Ciudad de la Luz. El siglo XX daba sus últimos coletazos y el nuevo milenio nos abocaba a un futuro esperanzador mientras los politizados consejos de administración del Banco de Valencia, la desaparecida CAM, Bankia y alguna que otra Caja Rural, prestaban y prestaban sin cesar a promotores consolidados y a infinidad de advenedizos que se subían al carro de la especulación y la recalificación del suelo, con la consabida aquiescencia y permisividad de los entes que se supone debían permanecer vigilantes ante cualquier desmán.

El IVF se fue pronto a la ruina, y la SGR, que había avalado infinidad de operaciones crediticias, desapareció prácticamente del mapa sin que nadie asumiera responsabilidades. Poco antes del estallido definitivo de la burbuja era raro el promotor que no le ofrecía un piso, un apartamento, un local o una nave en plano al pequeño inversor de a pie y le aseguraba una revalorización anual del 20%. Si no invertías en ladrillo, poco menos que estabas fuera de la realidad, que dejabas pasar un tren irrepetible. Podías hipotecarte que seguro que ganabas la partida. Y de repente, como una tempestad, llegó la crisis. El PIB valenciano cayó un 8%, la renta per cápita un 7,5% y el paro se incrementó en medio millón de personas.

Se acrecentaron las desigualdades y nos situamos en el puesto 12 de las 17 autonomías del estado español. Madrid, País Vasco o Cataluña, con unos tejidos productivos más diversificados y modernizados siguieron creciendo, aunque a ritmos más ralentizados; pero nosotros pasamos a jugar en la liga de Extremadura, Andalucía, Galicia o Castilla y León, es decir, a alejarnos sin remisión de las comunidades más prósperas. Se fue el PP y llegó el Botànic. Y la herencia era envenedada: una deuda pública de más de 40.000 millones de euros, un paro (especialmente el juvenil) disparado y varios sectores productivos en pleno proceso de reestructuración. De alguna manera en los primeros años de la crisis algunos sectores clave como el cerámico o el textil sufrieron una notable revolución tecnológica y mucha mano de obra perdida no se volvió a recuperar.

Donde en 2010 una pyme precisaba 200 operarios para para facturar 50 millones de euros, en 2020 precisa 80; y solamente los empresarios que durante la larga travesía de una década crítica y compleja han reinvertido en tecnología, han sido capaces de sobrevivir. Empresas centenarias conocidas por todos se han extinguido para siempre o han sido absorbidas por otras. Señalaba no hace mucho el economista y exconseller Joaquin Azagra que además de la tan cacareada infrafinanciación, la causa principal de nuestra pobreza es la falta de productividad. Y tiene buena parte de razón. Es aplicable a los sectores mencionados, pero también a muchos otros como una naranja que deslocaliza la producción en la última década hacia el Maghreb o Terres de l’Ebre; un sector del mueble valenciano poco productivo que tal vez no supo reinventarse con la crisis y la globalización y que perdió hasta un 40% de sus fabricantes, o un sector del calzado con empresas generalmente de poco tamaño y tecnología sencilla y de poco valor añadido; y por consiguiente de productividad limitada.

Mientras tanto desde las instituciones y con un presupuesto limitadísimo desde la administración, dadas las rémoras y las urgencias en Educación, en Sanidad, o en las amortizaciones de la deuda del FLA, bien poco se ha podido hacer. Tenemos una Consellería de Economía con un presupuesto que representa un ínfimo 2% del total del presupuesto de la Generalitat Valenciana. Con tan limitados recursos, la complejidad para llevar a cabo políticas e iniciativas que faciliten el desarrollo de sectores tecnológicos que generen alto valor como el centro de seguridad cibernética que proponía no hace mucho el President Puig, la inversión en empresas de Big Data, o el desarrollo de otras tecnologías de la información que atraigan talento y generen empleo estable, se antoja complicado.

Por poner un ejemplo, el País Vasco, que obviamente dispone de su insolidario concierto fiscal, invierte aproximadamente 2,5 veces más per cápita que nosotros en su tejido productivo; esto es en I+D+i, en ayudas a la modernización en equipamiento industrial, en subvenciones a las empresas exportadoras o en la potenciar sus propios clusters. Y suerte tenemos que muchos empresarios valencianos siguen reinvirtiendo a la vez que diversificando sin esperar a las ayudas de una administración autonómica que en materia económica parece no saber muy bien cuál es su hoja de ruta más allá de la necesaria sostenibilidad o la repetida entelequia del bien común.

Como señalaba el economista americano Todd G. Buchholz, no nos adentremos en el futuro subidos a un ola de optimismo temerario, pero fijémonos en que cada oportunidad que presenta el progreso, además de suponer riesgos o escollos 3 que sortear; viene condicionada por el entorno, la política, las instituciones e incluso la psicología, factores todos que condicionan y moldean nuestra mentalidad, la mentalidad de nuestros emprendedores. En la era de la tercera globalización, el abaratamiento de la comunicación y del transporte, dejemos de resistirnos al cambio, dejemos también atrás algún que otro viejo dogma y aprovechemos las oportunidades que el Libre Mercado presenta para la creación de empleo y la generación de riqueza.

Pensemos en las ventanas que se abren para la salida de nuestras manufacturas al exterior tras cada tratado de libre comercio que la UE viene firmando con terceros países o regiones; y, entre administración, patronales y sindicatos, tomemos conciencia de la necesidad imperiosa de incrementar la productividad del conjunto de los sectores industriales valencianos. Es igual o mas importante que mejorar la injusta financiación autonómica que padecemos y que difícilmente (y pese a las repetidas promesas), nadie nos va a mejorar.

(ARTICLE PUBLICAT A LA VANGUARDIA ED. VALENCIA 21.01.2020)