La marca Cornellà

Gonçal Évole Periodista. Escena en un bar de un polígono industrial periférico de esta nuestra ciudad  no menos periférica. Es la media hora del bocata matinal que se consume en 15 minutos y ya con el carajillo o el  cortado encima de la mesa los clientes habituales aprovechan el tiempo restante para conversar y, situado en la barra consumiendo mi café con leche, me llega el run-run de lo que están hablando. Ese día el tema gira en torno al cambio profundo que ha vivido la ciudad y en un momento determinado quien lleva la voz cantante, el “sentencias” de turno, eleva la voz y deja caer que a Cornellà la situaron en el mapa los Estopa que implantaron una “marca” con el nombre de la ciudad. Me quedé estupefacto.

A nadie le aconsejaría intervenir en una conversación donde el que todo lo sabe se acaloraría en una discusión que no lleva a ninguna parte. Siempre creen llevar la razón  y esta “influencia” de Estopa es un convencimiento que tienen asumido los que ya van dejando atrás la  juventud, en los inicios de la madurez entre los cuarenta y los cincuenta. Cada generación intenta crear sus propios iconos y no lo atribuyamos a la maldita desmemoria que atenaza este país. Ellos no han vivido otras épocas y  juraría que ni siquiera se han tomado la molestia de repasar nuestra historia más reciente.

Con todo mi respeto, admiración y cariño a los hermanos José y David Muñoz, he de manifestar con total sinceridad que ellos no han sido, ni en sueños, quienes han puesto Cornellà en el mapa ni han creado su aureola. Seguramente todavía no estaban ni en el pensamiento de sus padres que en los años que más abajo desmenuzaré habían abierto el bar La Española en San Ildefonso en que esta ciudad, gracias a la lucha obrera de la que fue su epicentro, se situó en el mapa por derecho propio.

Como se acostumbra a decir ahora “todo empezó…” con la mítica huelga de Siemens en 1962 y recuerdo con un estremecimiento la riada de granotas y pantalones azules que bajaban por la carretera de Esplugues donde les esperaba la policía con sus jeeps y a caballo porque la palabra “huelga” estaba proscrita en el diccionario franquista y los obreros acudían en masa a las asambleas y concentraciones para oír la oratoria cálida de Juan Ramos Camarero que siempre empezaba hablando como un susurro y terminaba enardeciendo a las masas. Aquel movimiento obrero marcó un punto de inflexión, un antes y un después. Coincidió aquel año trágico con los aguaceros inclementes de septiembre en los que nuestra comarca permaneció olvidada y eso que recibió lo suyo. Gracias a la voz desgarrada  de Joaquin Soler Serrano el Régimen concentró su atención en el Vallés y los destrozos causados por la riera de Terrassa y Rubí que se llevaron alrededor de 700 víctimas. Tres meses después nos caía una nevada histórica y también sentimos el latigazo de  la más absoluta soledad porque Cornellà, en realidad, no era más que un páramo en construcción que recibía una inmigración desorientada en busca de un vivir más digno. Pausa de unos años y el despertar trágico de otra mañana de septiembre de 1971, cuando el Llobregat, se desbordaba a su paso por el Baix, arrasando cuanto hallaba a su paso. Nueve años atrás el régimen franquista hizo las cosas a medias como siempre o, simplemente, no hizo nada  y, nuevamente se abatía la tragedia.  Las protestas por la definitiva canalización del río señalaron un hito y provocaron el hartazgo  de sus habitantes. La inmigración que había huido de un caciquismo salvaje, empezó a tomar conciencia.  Ya no sólo era el río sino también las condiciones laborales.  La década de los setenta del siglo pasado,  dejó una profunda huella en nuestra ciudad que se sacudió las legañas provocando una concatenación de huelgas que hicieron historia y que, esta vez sí, crearon una “marca” que todavía perdura.

Los despedidos de ELSA se reunían cada día en la puerta de la fábrica para exigir la readmisión. Fuente: almedacornella
Los despedidos de ELSA se reunían cada día en la puerta de la fábrica para exigir la readmisión. Fuente: almedacornella

Con el recuerdo puesto en la histórica huelga de Siemens, en 1974 los trabajadores de ELSA deciden convocar una huelga que fue un ejemplo de organización sindical, de solidaridad y de firmeza  llegando a constituir un auténtico quebradero de cabeza para el entonces Gobernador Civil Rodolfo Martin Villa.  Fue la que encendió la mecha  del incendio en el Baix Llobregat, un efecto dominó  en el que se implicaron obreros de Siemens, Pirelli Moltex, Soler Almirall, Corberó, Braun, Clausor, Tornilleria Mata y un sinfín de pequeños talleres adheridos al ramo del metal. Aquel movimiento resultaba imparable y los conflictos se sucedían uno tras otro, llegando a paralizar la ciudad. Para colmo también se solidarizó el arciprestazgo de Cornellà, cuyo titular mossèn Jaume Raffanell acogió en la iglesia de Santa María a los huelguistas, sumándose el rector de Sant Miquel, mossèn Salvador Torres y el de Sant Jaume de Almeda, Oleguer Bellavista que ya se había significado arremangándose la sotana para retirar el barro de las calles en la salvaje inundación de 1971.

En 1975 con el dictador agonizante y el “equipo médico habitual” ya no sabía que añadir en el parte diario sobre el estado del maltrecho cuerpo que tenían en el hospital,  estallaba con toda su crudeza la huelga de LAFORSA que también consiguió una oleada de adhesiones. Nuestra ciudad era un espejo en el que se miraba el resto del país, una revolución en toda regla. Fue el de 1975 un otoño gris de lucha sindical sin tregua, de noches de ciclostil y madrugadas de octavillas esparcidas disimuladamente y por sorpresa en las paradas de autobús y estaciones del carrilet, hasta conseguir doblegar a la patronal. Los enlaces sindicales hubieron de soportar  reuniones agotadoras hasta altas horas de la madrugada y luego las decisiones someterlas a la asamblea. Las cosas han cambiado tanto, la crisis es una amenaza real que,  prácticamente ha desaparecido aquella conciencia de clase obrera, que llevaba a resistir hasta el límite. No me extrañaría que de haber preguntado a los contertulios del bar con los que he empezado estas líneas, no hayan oído hablar siquiera de la figura del “enlace sindical” y menos todavía del “jurado de empresa”. Su lucha ahora es la de la supervivencia y se aferran a un puesto de trabajo mal retribuido, siempre con la amenaza del despido inminente a la mínima falta.

Tal era la efervescencia de aquella histórica lucha obrera, que cuentan fuentes fidedignas que, en una audiencia con el dictador, Camilo Alonso Vega uno de los más crueles ministros de Gobernación de la dictadura le manifestó a “su” Caudillo: “Excelencia, España tiene dos problemas graves:  Uno es el País Vasco y el otro Cornellà”.  Fue entonces cuando nuestra ciudad ya había creado su propia “marca” y se situó definitivamente en el mapa. Por eso, los que llevamos viviendo en ella, más de tres cuartos de nuestra vida y hemos contribuido a construirla y hacerla acogedora, la amamos apasionadamente pese a sus defectos y virtudes que hacemos nuestros. Con mi respeto, admiración y cariño a Los Estopa que en aquellos años de plomo todavía no habían nacido.

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