Històries des de casa (17: quan el còlera delmà Gran Canària)

Avui, una mica d’història. L’estiu de 1851 l’illa de Gran Canària patí una greu epidèmia de còlera morb que reduí la seva població a la meitat i produí una greu crisi social i econòmica. La lluita contra la malaltia i contra les seves conseqüències fou liderada per un català d’Hostalric, el bisbe Bonaventura Codina (a la imatge). Un altre català, Antoni Roig Escardó, hi tingué un paper també molt destacat com a subdelegat de Medicina, fins al punt de resultar afectat personalment pel virus. Aquesta és la crònica que en féu l’historiador Agustín Millares el 1882:

“EL CÓLERA DEL AÑO 1851 EN GRAN CANARIA

El 24 de mayo de 1851, muere en el barrio de San José la lavandera María de la Luz Quzmán, de enfermedad desconocida; el 27 fallecía Francisca Sabina, de la misma misteriosa enfermedad ; el 1º de junio el sacristán de las monjas de San Ildefonso, a quien se le practicó la autopsia; el día 3, otra mujer agonizando, con los mismos síntomas.
El subdelegado de medicina, don Antonio Roig, después de verificar una minuciosa visita con sus demás compañeros por el barrio infectado, y de una discusión amplia y razonada, declararon unánimemente que la epidemia reinante en Las Palmas era el cólera morbo asiático.
El origen de la epidemia se aclaró en seguida. El mes anterior había desembarcado por el puerto de la Luz, entre otros bultos que enviaban desde Cuba, donde se padecía aquella enfermedad, uno que contenía un colchón y ropa sucia, formando un lío envuelto en una manta, que se entregó para su limpieza a la pobre mujer María de la Luz Guzmán. El 6 de junio se reunió el ayuntamiento para socorrer a la población. A pesar del temor y desaliento de muchos, a iniciativa del obispo Codina, se decretó la instalación de juntas parroquiales, la creación de un hospital en San José, con camas, enfermeros y medicinas, y se organizó una suscripción popular que aceptase toda clase de socorros. El mal estaba localizado en el extremo sur de la ciudad; pero el día 7 ee presentaron otros casos en los barrios altos de Triana y se propagó a la parte norte de San José, siendo necesario la inmediata instalación del hospital. En cinco días, del 10 al 15, el mal llegó a su más elevado período de desarrollo; los carros no eran suficientes a la conducción de los cadáveres, y las zanjas abiertas para recibirlos no bastaban a su enterramiento. Los vecinos que a la fuerza, eran requeridos para prestar este triste servicio, caían muertos y eran sepultados en los mismos hoyos que habían abierto. Llegó día en que las defunciones pasaron de 180, habiendo cadáveres que sólo revelaban su presencia por el fétido olor de su descomposición, infelices que habían muerto solos y sin amparo, ocultos en el rincón de alguna casa, oyendo los gritos de espanto de los que huían, para caer a su vez en los caminos, y expirar entre espantosas convulsiones. Los médicos, a pie y a caballo, corrían de un punto a otro noche y día, acudiendo a los enfermos de la población y a los de los vecinos campos, donde también crecía la mortandad. El obispo recorría los lugares más infectados, dando por sí mismo los auxilios espirituales a los moribundos, llevándoles el consuelo de su palabra y la fe de su corazón. El corregidor D. José María Delgado falleció cumpliendo su deber. Los presos de la cárcel, a quienes se había puesto en libertad, y una brigada de presidiarios que envió el gobernador, compartían con los vecinos las tareas de limpieza y aseo de la población, pereciendo muchos en el cumplimiento de este servicio. Algunas familias de las más ricas de Las Palmas se habían refugiado desde los primeros días en sus fincas, y se aislaron en ellas para que no les alcanzara la epidemia.
Los pueblos del interior se incomunicaron también, estableciendo cordones sanitarios, que quisieron sostener cuando ya el mal había invadido su jurisdicción.
En Tafira y Monte Lentiscal la epidemia hizo horrorosos estragos ; hubo familias en las que murieron padres, hijos y criados. En Telde, Arucas, Guía y demás pueblos de la isla se repetían las mismas dolorosas escenas, y los mismos heroicos sacrificios, sin otros recursos que los que encontraba cada uno en su propia abnegación.
Duró la epidemia dos meses, desapareciendo casi por completo en agosto, después de dejar tras de sí 6,000 víctimas, un número infinito de huérfanos, destruido el comercio, arruinadas la agricultura y la industria, y condenada la isla a arrastrar por muchos años una existencia trabajosa y estéril. Por último, recordaremos que el 30 de mayo salía de Las Palmas, despachado para la costa de África, el barco de pesca “Rosario”, que llevaba un marinero llamado Francisco Ortega con la enfermedad del cólera. En los primeros días de julio regresó con 6 tripulantes menos; en vano buscó puerto donde abrigarse, y como carecía de agua y víveres, se le vio cual flotante sepulcro, andar errante por estos mares, inspirando una dolorosa compasión.
La goleta “Federico”, otro buque destinado a la pesca, despachado en Las Palmas el 17 de mayo, que se comunicó en la costa con el “Rosario”, adquirió inmediatamente el mal, muriendo en pocos días 19 de sus tripulantes. Fueron también invadidos el bergantín “Gabriel” y la goleta “Esmeralda”, que verificaban sus faenas de pesca en aquellos mismos sitios.
Al fin, la junta de Sanidad los admitió cuando la ciudad estaba ya libre de todo contagio.”

[Font: Agustín Millares Torres: Historia General de las Islas Canarias. Editorial Selecta. La Habana, 1945; imatge: Viquipèdia]