Soy catalana, no española

Soy blanca, mujer, madre, hija, esposa, profesora y tú crees que soy española. Te escribo desde mi pequeño y insiginificante yo para dirigirme a tu pequeño e insignificante tú del otro lado del continente. Tomo la decisión de escribirnos de tú a tú porque si no nos explicamos entre nosotras, no lo harán nuestros medios y aún menos los que crees que son mis representantes políticos.

No sé cómo lo llevas, tú, eso de ser blanca. Pero la llegada de inmigrantes a nuestras costas me llega de noche, a la hora de la cena, cuando estoy con mis hijos. Y entonces tengo que explicarles por qué en el mundo de los adultos nos dejamos morir unos a otros. Demasiadas veces, ante mis hijos, tengo que hacer lo que estoy haciendo ahora contigo: me desmarco de los que crees que son mis representantes políticos para poder explicarles que no es en mi nombre la inhumanidad y el despotismo, que yo quiero luchar por otro mundo posible.

Tampoco sé cómo lo llevas, tú, esto de ser mujer. Yo me afano por participar en mi día a día, en mi trabajo cotidiano de mil flancos abiertos. Te sientes como yo, actuando dondequiera y en todo momento con todas tus fuerzas y sintiendo a la vez que no nos acababan de esperar, en esta lucha? Como si a pesar de nuestros aciertos en un mundo moderno siempre tuviéramos que responder al prototipo de la feminidad más arcaica, eternizada por leyes que nos hacen aún invisibles? Congela la imagen en la TV de uno de los políticos que crees que me representan. Miratelo bien. Crees que este señor de la gomina y el aire prepotente nos puede entender, ni a ti ni a mí, como mujeres?

Los mil lados, nuestras mil caras: madre, hija, esposa, hermana, trabajadora, amiga … Sabes que mis hijos van a una escuela obsoleta, propia del siglo XIX -lo sufro doblemente porque soy profesora? Me han dicho que los tuyos, no. Que habéis sabido regenerar vuestras escuelas. Nosotras, las madres con quien hablo, y los padres y los maestros con los que trabajo y todo mi país sabría muy bien cómo hacer como vosotras, a nuestra manera. Lo hablamos. Tenemos ideas claras. Hasta donde hemos podido, hemos hecho los cambios necesarios. Pero no los hemos podido hacer todos porque nuestros gobernantes ni siquiera hablan nuestro idioma, ni piensan ni sienten como nosotros, no nos lo permiten.

Sabes que aquí nuestros abuelos son de una generación tan castigada que, algunos, los que no tienen pesadillas de noche, se han vuelto inmunes al dolor y están dispuestos a luchar como jóvenes? Es lo que pasa cuando la guerra civil es cercana en el recuerdo. Pero los tratan como desechos sin aliento porque los que nos mandan no quieren saber nada de memoria histórica, de comprensión de lo que somos y de lo que podríamos llegar a ser.

A ti te pasa que tus compañeros de trabajo y de ocio intentan, cómo tu,  insistentemente quitarse la máscara de incompetencia que las leyes aún nos imponen? Si la respuesta es no, será porque dispones de políticos afines a ti, semejantes a ti, que podrían ser colegas tuyos. Pero no es mi caso. Cuando veo los políticos españoles siento tanta distancia hacia ellos !! … como si no perteneciéramos al mismo momento histórico, al mismo contexto social

Y es que amiga rubia o no tan rubia del norte: yo soy catalana, no española. No correspondo a la imagen que tienes de mí como no correspondo a la imagen que tienen de mí los políticos que te dicen que me representan. Soy catalana, no española. Soy blanca que quiere y puede acoger. Soy mujer que quiere ser responsable de todas sus decisiones. Soy madre, hija, hermana, compañera y trabajadora preparada para el siglo XXI.  Soy de un país que se ha mantenido firme en el silencio y la prohibición y que ha sabido transitar por la historia sin perderse, sin excusas. Soy de las que, tal vez, has visto en alguna fotografía reciente, recibiendo golpes de la policía -me quité las gafas mientras esperaba ser golpeada porque tengo 51 años y ya el cuerpo no es tan potente. Escúchame: antes de ir a votar aquel 1 de octubre yo no sabía que me quedaría a defender el voto con mi cuerpo. Cuando los ataques que he estado recibiendo generación tras generación como blanca, mujer, madre, hija, compañera, hermana, profesora y catalana tomaron forma concreta en el rostro del que me estaba pegando supe que estaba cambiando desprecio por dignidad como lo he hecho toda mi vida, toda mi historia. Y te lo cuento así, de tú a tú, porque sé perfectamente que si no lo hacemos así, no sabrás nunca de mí -ni de mi gente, ni siquiera de mis dirigentes reales o de mis medios de comunicación cercanos. Y nunca sabrás qué nos pasa, a los catalanes.

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