Cada 8 de març arrenca amb el mateix article…

Sempre el revisito.
És de 2002.
Descodifica la masculina guerra i destria el ràpid càlcul del masculí poder:
matar més, millor, més ràpid. Anatomia patriarcal.
I apologia desobedient de l’instint feminista.

[Avui, 8 de març, manifestacions arreu.
A Barcelona, a la plaça Universitat a dos de 7]

Wafa Idris: el milagro funesto
per Santiago Alba Rico
6 de febrer de 2002

El pasado día 14 de enero Mujeres de Negro, una asociación que integra a mujeres israelíes y palestinas, emitía un comunicado suplicando se permitiese a las mujeres resolver un conflicto que los hombres no habían hecho sino atizar y multiplicar con su violencia: “Nosotras las mujeres podemos encontrar el fin de este círculo de violencia. (…) ahora ha llegado el momento de alzar nuestras voces e insistir en ser escuchadas. Las mujeres van a hablar -no van a disparar. Permitan a las mujeres participar. (…) ¡Dejen a las mujeres hablar! ¡Dejen a las mujeres actuar! Nosotras tenemos dolor, nosotras estamos indignadas, nosotras estamos asustadas. Antes de que sea tarde, dejen hablar a las mujeres”.

Hace dos días, el 28 de enero, una mujer que sin duda no había firmado este llamamiento hizo estallar un explosivo ceñido a su cintura y reventó en la calle de Jaffa, en el centro de Jerusalén, provocando un muerto y más de cien heridos.

“Un explosivo ceñido a la cintura”, tratándose de una mujer, es una frase que suena en nuestros oídos como una brutal, horrible sinestesia; como “corona de espinas” o “flor de cuchillos”. Como cabezas colgadas en las ramas de un almendro. Todas las cosas que ocurren por primera vez desconciertan menos por lo que anuncian que por lo que desmienten; y así esta “cintura cataclística” ha conmovido sin excepción a todos los que, en las condiciones líquidas de la guerra y la traición, seguían creyendo en un planeta fijo, más atrás o más abajo, que ninguna locura podía amenazar. Que una mujer haga eso, si una mujer hace eso… Un ex oficial israelí, Yahud Yamot, explicaba en la radio que hasta ahora el ejército había dado por supuesto que ni niños ni mujeres ni ancianos iban a cometer atentados suicidas (y alertaba así sobre la extensión del cerco profiláctico a toda forma de vida palestina sin excepción). El diario Al-Quds -aún antes de conocer la identidad de la shahida- se hacía eco del terrible malestar de la familia, a la que suponía doblemente afectada por el hecho de haber perdido a la hija de resultas de una acción impropia de su sexo. Por su parte, uno de los sheij de Hamas, Hassan Yussef, mientras reivindicaba el derecho de la mujer a participar en la yihad, justificaba el silencio de la facción responsable del atentado -quienquiera que ésta fuese- como una manera de evitar presiones excesivas a los parientes de la suicida. Todos los medios de comunicación del mundo, por lo demás, han prestado menos atención a las consecuencias del atentado que a la personalidad de su ejecutora.

Desde esas matronas cartagineses que se cortaban los cabellos para atar los escudos y las lanzas en vísperas del asalto final de los romanos hasta Hebe de Bonafini y sus Madres de la Plaza de Mayo, la historia ha conocido innumerables ejemplos de mujeres valientes, insobornables y batalladoras. Ha conocido también mujeres en armas; baste pensar en Juana de Arco, la doncella de Dios que combatió a los ingleses espada en mano; o en nuestra Agustina de Aragón lanzando andanadas de plomo sobre los franceses. Las propias mujeres palestinas combatieron en las guerras de 1948 y 1967. Las egipcias y argelinas han servido de enlace, durante años, entre sus maridos encarcelados y las células clandestinas del islamismo militante. Y yo mismo, allá por 1990, en Nablus, fui escoltado por una sosegada, gigantesca madre palestina, que me protegía de las balas israelíes con su corpachón, hasta la casa de un viejo panadero, donde otras mujeres -fumadoras empedernidas- llevaban todo el peso de la resistencia en ausencia de los hombres, detenidos o asesinados. Ha habido mujeres espías, mujeres piratas, mujeres pistoleras. Pero nunca hasta antes de ayer una mujer se había puesto una bomba entre los pechos, un bebé de fuego sobre el vientre, y se había hecho estallar en territorio enemigo.

El comunicado de las Mujeres de Negro; el desconcierto de los israelíes; la inquietud de los palestinos; la misma inaudita novedad del suceso; todas las noticias y declaraciones al respecto vienen a aceptar, contra las dominantes políticas de género, una diferencia entre hombres y mujeres que, lejos de disolver, este acontecimiento no ha hecho sino iluminar de un modo tan ominoso como enigmático. ¿Por qué una mujer puede matar pero no matarse a sí misma para matar al enemigo?

La respuesta más inmediata hunde sus raíces en esos mitos ancestrales de maternidad que han llevado, al mismo tiempo, a la sacralización y al sometimiento de las mujeres: el cuerpo de la mujer, que es “medio” de reproducción, no puede convertirse en un “medio” de destrucción sin pecar contra la existencia misma de la Humanidad. Pero no es ésta la diferencia que me interesa, por mucho que no puedan despacharse sin más -con feminista desdén- sus consecuencias. Histórica u ontológica, adventicia o nuclear, la diferencia tiene que ver, más bien, con el cálculo y la rapidez. Es decir, con el hecho de que masculinidad y feminidad vienen definidas precisamente por su relación particular con el cálculo y la rápidez. Lo que caracteriza al hombre -digámoslo en dos palabras- es su tendencia a calcular largamente para introducir un gesto rápido o para introducir un gesto que aumente la rapidez del universo: matar más deprisa, subir más alto, ir más lejos. El hombre es inteligente porque racionaliza y salta, porque planifica y asalta; la mujer es inteligente en dirección contraria. La inteligencia de la mujer ha consistido, consiste básicamente, en frenar (o desacelerar) la inteligencia del hombre; en obligarle a pararse. No es que la mujer no pueda calcular; puede hacerlo mucho más deprisa y durante más tiempo que cualquier hombre; pero si calcula, cuando calcula, es para introducir un gesto lento o para ralentizar la rueda -tantas veces insensata- de las cosas. Y esto para bien o para mal. Una mujer puede sumergir día tras día, durante meses, el pomo de cobre de una puerta en la tisana de su marido para acabar con su vida; o puede diseñar durante años, hasta el último detalle -y esperar activamente-, un encuentro que será definitivo; o preparar seis meses antes un regalo, esa criatura cóncava que hay que detenerse a tocar y mirar; o rastrear toda la vida el color más puro de un geranio. O puede acumular razones durante medio siglo, aguardar, resistir, sostener, y emitir finalmente un comunicado juicioso y valiente, como el de las Mujeres de Negro, para intentar detener una guerra.

No es tampoco que la mujer no pueda ser rápida. Puede hacer gestos mucho más rápidos -y muchos más gestos- que cualquier hombre; pero si es rápida, cuando es rápida, lo es sin previo cálculo. Y esto -asimismo- para bien o para mal. Una mujer puede suicidarse y matar por amor, por despecho o por desesperación, mientras centellea un relámpago; e incluso estrangular a sus hijos como Medea (o como esa pobre Paqui de Santomera, hace unos días, que ha dejado atrás, en un instante, por una nadería, todo su futuro). O puede, en otro arrebato, sacrificar su honor para que no se incendie una casa o parar en sus costillas una bala destinada al amado o tomar una de esas decisiones sumarísimas y certeras, en la encrucijada, que ningún hombre se atrevería a tomar.

La experiencia en la que más acendradamente se expresa la relación masculina entre el cálculo y la rapidez es la guerra. La guerra, en efecto, es ese sumidero donde la estrategia más puntillosa se pone a prueba en un solo combate, donde se arrojan rápidamente los cuerpos y las riquezas de toda una generación, donde los cálculos más finos y complicados adoptan la forma de una arma nueva que, en una sola explosión, mata más deprisa a mucha más gente. Las mujeres quizás inventaron los besos -que prolongan y ralentizan el contacto entre dos cuerpos- en un punto incierto del Paleolítico en el que los hombres se limitaban a cazarlas, engancharlas y seguir adelante; inventaron la asamblea, donde todo el mundo puede hablar y detenerse morosamente en un mismo tema, confiscada después por los hombres para las tareas de gobierno, de las que fueron excluidas las mujeres (para que su palabra fuera vana, chiquita, privada e inútil); han inventado vacunas, recetas de cocina, nuevas variedades de frutas; pero que se sepa no han contribuido ni mucho ni poco, con una innovación mortal, a la tecnología armamentística. El hacha y la bomba atómica fueron excogitadas y experimentadas por los hombres. Los asesinos en serie, los asesinos de masas, han sido siempre hombres.

De entre todas las acciones de guerra -la masculina guerra- la que lleva al extremo la masculinidad es el atentado suicida: el cálculo que lo precede, la rapidez de la ejecución, la optimización del beneficio, la economía de medios, la burocratizacion del propio cuerpo, la impredecibilidad del asalto, la exhibición límite -también- de la propia virilidad.

Lo que no puede ocurrir
Una mujer puede calcular largamente las ventajas de un gesto lento -lo que llamamos sensatez- y puede también hacer un gesto rápido sin previo cálculo -lo que a disgusto llamaré instinto. Lo que no puede hacer es calcular largamente un gesto rápido o un gesto que aumente la rapidez del universo. Y cuando digo “no puede” quiero decir no puede: como no puede llover hacia arriba ni tronar sin ruido ni salir el sol sin iluminar también mi calle.

En la lógica monstruosa impuesta por Sharon -yo mato a los que tiran piedras, vosotros a los que me votan- ha ocurrido algo que no podía ocurrir. Frente a este prodigio, Sharon razonará con su realismo pétreo de criminal de guerra: si ha ocurrido es que puede ocurrir y, si puede ocurrir, tengo que defenderme, por todos los medios si es necesario y antes de que vuelva a ocurrir; si las mujeres empiezan a hacerse estallar en nuestras plazas, las mujeres tendrán que ser preventivamente asesinadas en sus casas, como los hombres, junto a sus cazuelas y los libros escolares de sus niños. Pero si se razona de verdad, las cosas se ven de otro modo: lo que ha ocurrido no puede ocurrir y, si ha ocurrido, entonces es un milagro. Y si es un milagro, hay que andarse con mucho cuidado, pararse a cambiar de rumbo, medir respetuosamente las consecuencias: un milagro acumula y despliega sobre el futuro mucha más potencia que cualquier ingenio nuclear y que todas las tormentas de ántrax.

Un hombre no puede ser atacado por un ángel y sin embargo Jacob -nos cuenta la Biblia- luchó con uno de ellos, una noche, en un lugar llamado desde entonces Penuel (Génesis 32, 23-30). Jacob, que era un hombre pedestre y torpe, creyó que si estaba ocurriendo lo que estaba ocurriendo es porque podía ocurrir y que, en consecuencia, tenía también derecho a defenderse. Un ángel no puede atacarnos, pero si nos ataca y respondemos a sus golpes, quedaremos marcados, heridos, transformados sin remedio. A Jacob su tardanza en darse cuenta del milagro, su tardanza en comprender que estaba luchando contra un ángel y que contra un ángel no todo está permitido, estuvo a punto de costarle la vida; una simple presión del dedo de Dios sobre su fémur le dejó cojo para siempre.

Ha ocurrido un milagro negro: una mujer ha calculado largamente un gesto rápido y con él ha introducido más rapidez en el universo (el vértigo exponencial de la violencia repetida). Contra la certidumbre de este portento podemos rebelarnos y buscar, atemorizados, engañosas distracciones. Podemos, por ejemplo, suponer que ha sido todo un montaje israelí para justificar la represión y que en realidad no hubo nunca ninguna mujer en la calle de Jaffa; o que la suicida era una mujer muy masculina; o que la desesperación lenta, ininterrumpida, sin alivio, acaba por volverse tan calculadora como un experto en balística y tan veloz como un F-16. Pero podemos también aceptar sencillamente los hechos: un milagro -y dónde si no- se ha producido en Palestina.

Primero nos dijeron que se llamaba Shahnaz Al-Amuri y que era estudiante en la Universidad de Nayah en Nablus. Ahora nos confirman en cambio que su nombre era Wafa Idris, que tenía entre 23 y 30 años (según las fuentes), que era voluntaria de la Media Luna Roja y vivía cerca de Ramalah, en el campo de refugiados de Al-Amuri [1]. Se llamase Shahnaz o Wafa, no puedo aprobar su acción, pero no puedo tampoco dejar de inclinarme ante un milagro. Cuidado, mucho cuidado con los milagros. En 1988, la irrupción de los niños en el campo de batalla (la niñada heroica que llamamos Intifada) marcó un punto de inflexión en la lucha del pueblo palestino contra la ocupación israelí. Ahora quizás nos encontramos ante otro. Si las mujeres comienzan a ponerse bombas entre los pechos, bebés de fuego sobre el vientre, y a hacerse estallar en Jerusalén Oeste, en Tel Aviv, en Haifa, Israel tiene sus días contados. A Sharon, que entiende mucho de matanzas y poco de milagros, un milagro siniestro, horrendo, un milagro fatal también para el universo -que necesita que la inteligencia de las mujeres siga frenando la inteligencia de los hombres-, un milagro cuyos efectos cataclísticos sólo son comparables a los de la cólera vengativa de su Dios bíblico, un milagro negro y funesto se lo puede llevar por delante.

No recurramos a los milagros mientras estemos a tiempo de recurrir a las mujeres. Dejémoslas hablar, como piden en su comunicado, antes de que, para salvar a los palestinos, tengan que destruir algunas de las pocas cosas buenas que quedan todavía en este mundo.

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