A todas las españolas y españoles,

Aquest article està escrit en castellà per motius obvis. Desprès d’un viatge a través de la península ibérica convivint amb els seus destinataris penso que cal fer una reflexió en positiu.

A todas las españolas y españoles,

La deriva política que se está viviendo en España en estos momentos no es fruto de la improvisación. En estos casi diez años dedicados argumentalmente a la unidad de la patria y a la lucha contra el separatismo se han producido dos hechos que han marcado el camino democrático del país. España, como tierra de conquista, siempre ha funcionado bien contra un enemigo. En los últimos siglos lo fueron Inglaterra, Francia, las colonias, el comunismo, ETA,… Ese hilo argumental de los políticos que han gobernado el Estado ha funcionado bien hasta los atentados del 11M de Madrid, cuando un gran error estratégico -atribuyéndolos a ETA- puso en evidencia para la mayoría de los ciudadanos el talante político de nuestros gobernantes. Pero cuando ETA deja las armas y posteriormente se disuelve, España queda huérfana de enemigos. En lugar de aprovechar esa coyuntura para hacer avanzar el país con inversiones industriales, con investigación y educación se dedicaron los miles de millones de euros europeos en convertir el territorio español en el segundo a nivel mundial en alta velocidad ferroviaria. Hecho que no sería negativo si no  fuese porque la mayoría de sus ciudadanos de trasladan diariamente en líneas ferroviarias deficientes de cercanías, algunas de ellas con más de cien años de antigüedad.

Cataluña es la gran protagonista en cualquier aparición pública de nuestros representantes políticos. Este pedazo de tierra situado en el extremo nordeste peninsular es la causa y el motivo principal de tertulias radiofónicas y de entrevistas televisivas en la última década. Desde la aprobación por el Parlamento catalán del Estatuto de Autonomía del 2006 impulsado por el partido socialista (PSC), su amplísima aprobación en Referéndum, la recogida de 4 millones de firmas en su contra por el PP, su paso por las Cortes españolas y finalmente su importante recorte final en el Tribunal Constitucional, Cataluña es protagonista en España. Pero tanto se ha hablado desde el Gobierno central como poco se ha actuado. Esa, posiblemente, es la causa por la cual en el año 2010 sólo el 15% de los catalanes se declaraban independentistas y nueve años más tarde estos rozan -según las últimas convocatorias electorales- el 50%. Primero el gobierno de José Luis Zapatero, pero principalmente el de Mariano Rajoy han sido una fuente inacabable de creación de nuevos ciudadanos que no ven otro futuro que la separación de España para poder vivir con libertad y democracia.

¿Que se ha hecho mal? Básicamente no proponer alternativas, no ofrecer propuestas, no cumplir las promesas y los pactos. Anteponer la unidad del estado español a las libertades individuales y colectivas. En definitiva se ha actuado reactivamente ante la sociedad catalana, cuando esta lo ha hecho de forma proactiva. No se ha entendido que la lucha por la independencia no está relacionada con el dirigente político de turno, de hecho han pasado hasta cuatro presidentes de la Generalitat desde 2010, sino desde los ciudadanos y su asociacionismo cívico. La aparición de partidos, como Ciutadans -ahora Ciudadanos- nacidos con el objetivo de luchar contra uno de los puntales del catalanismo como es la lengua -y su inmersión en la educación- ha servido para aumentar ese número de personas que no ven otra alternativa que la separación. El estado español ha fracasado reiteradamente en la desmotivación de los catalanes que se sienten independentistas. La celebración de la votación del 9 de noviembre de 2014 sobre la independencia, precedidas por unas consultas populares surgidas del pueblo que abarcaron buena parte de Cataluña, sumada a las manifestaciones masivas del 11 de septiembre, repetidas anualmente desde el año 2012, que congregan entre uno y dos millones de personas reclamando la República catalana, y la celebración del Referéndum del 1 de octubre de 2017 son buena prueba de ello. Este último dio inicio a una represión desconocida en una democracia occidental que con la aplicación del artículo 155 ha tenido excusa para:

– Intervenir el gobierno autonómico, cesar a su Govern, disolver su Parlament y convocar nuevas elecciones (las últimas tres atribuciones son exclusivas según el Estatut de Autonomía del Presidente de la Generalitat que en ningún momento ha sido suspendido).

– Encarcelar con prisión preventiva (pronto hará dos años) a 11 cargos públicos de alto nivel: Presidenta del Parlament, Vicepresidente de la Generalitat, Consellers y presidentes de las asociaciones cívicas Asamblea Nacional de Cataluña (que tiene por objetivo la Independencia) y Òmnium Cultural ( de carácter básicamente cultural y ya perseguida durante el franquismo).

– Obligar al exilio a varios componentes del Govern: Presidente i Consellers. Así como a diputadas procesadas.

– Procesar a mas de 1000 cargos públicos: alcaldes, concejales, presidentes de asociaciones, etc.

– Perseguir a cantantes por sus letras de canciones en una clara vulneración de la libertad de expresión que obliga a más de uno permanecer en el exilio para evitar ser encarcelados.

Toda esta represión ha tenido su máximo colofón en un Juicio en el Tribunal Supremo lleno de irregularidades denunciadas por observadores internacionales como la falta de imparcialidad o la incapacidad de las defensas de probar como algunos testigos mentían fehacientemente durante el proceso. Pero toda esta represión está poniendo al estado español en una zona complicada a nivel internacional. Resoluciones de la ONU sobre el proceso judicial han sido obviadas repetidamente, sentencias europeas han exculpado a los políticos exiliados ante las peticiones de extradición. O, tras las últimas elecciones europeas, la imposibilidad de tres eurodiputados que representan a más de dos millones de ciudadanos europeos, de acceder a su escaño en el Parlamento Europeo no son una buena tarjeta de presentación de nuestro país ante Europa. A ello además cabe sumar los esfuerzos del llamado Govern de la República en el exilio que trabaja constantemente en la creación de redes internacionales de soporte al futuro de Catalunya como nuevo estado europeo. Todo esto se contrapone al un único argumento del Gobierno de España: la unidad de la patria.

Los catalanes son conscientes que la implementación de la República catalana, ya declarada por su Parlament el 27 de octubre de 2017 y suspendida inmediatamente, es una cuestión de tiempo. Pero son resilientes. Hoy por hoy el número de ciudadanos que quieren vivir en paz con España desde la vecindad y la colaboración va en aumento. Ningún independentista ha dejado de serlo a causa de la represión vivida.  Cataluña no odia a España. Cataluña quiere un divorcio amistoso y lo ha pedido más de 18 veces en forma de autorización para un Referéndum acordado que sea capaz de contar en números absolutos cuantas personas quieren o no crear un nuevo Estado. La única y reiterada respuesta del Gobierno español  ha sido: No.

Españolas y españoles que leáis esta carta. Cataluña es una país de paz, trabajo y desarrollo. Una tierra de acogida histórica que se mantiene vigente. Aquí no hay otro conflicto que aquel que provocan aquellos que desearían que lo hubiera. La gente sale a la calle y se saluda sin preguntar por la ideología de nadie. Podrán comprobarlo cuando nos visiten. En Cataluña no hay problema lingüístico, hablan dos lenguas: la vernácula, el catalán, y la del estado, el castellano, de forma fluida. Todos son bilingües. Una mayoría, que quieren corroborar con un Referéndum, quiere crear una República independiente. Y ese parece ser su pecado. El día que lo consigan, si lo consiguen, los españoles entenderán que perder una parte del territorio no es mal negocio. España se recupero tras la pérdida de Portugal y de sus colonias. España necesita salir del siglo XIX i saltar a un siglo XXI que sea real para todos los españoles. Siglo XXI no es tener más kilómetros de AVE que otro país de Europa. Cabria preguntarse porque los alemanes o los franceses no lo han hecho. El país debe cambiar antes socialmente que económicamente, y desgraciadamente nuestros gobernantes están más preocupados por lo segundo que por lo primero. Perder una parte del territorio debe ser visto como una oportunidad de cambiar de modelo de estado, de crear una nueva estructura social más moderna i actual basada en la felicidad de las personas y la preservación del medio ambiente. España tiene unas capacidades impresionantes no desarrolladas en el terreno de las energías renovables, de la industria i del comercio. España seguirá siendo una potencia europea con o sin Cataluña.

Salud.

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