MIQUEL BARCELÓ AMB ‘PASODOBLE’ A BARCELONA

He trobat un article de Rodrigo Rey Rosa en què hi ha una anàlisi-repàs de l’artista que pot ser instructiva.
Vet-lo ací:
La imagen del pintor que nos dejó Hervé Guibert es tal vez caprichosa, pero tiene la virtud de establecer un temprano vínculo vital entre Barceló y el mar. Garçon pauvre superdotado, un rapaz cuyas fotos de infancia con su cabello rubio y erizado hacen pensar en el principito de Saint-Exupéry, el futuro artista era un gran nadador. Frecuentaba los muelles de Portocolom, en el sureste de Mallorca, donde, con otros chicos, acechaba la llegada de los turistas alemanes que lanzaban al fondo del mar monedas de distintos tamaños para que los nativos las rescataran y las guardaran como premio.
    (…)
La evolución o trayectoria de un artista a lo largo del tiempo no suele
ser lineal y, más que las leyes de la geometría, parece seguir las del
inconsciente anárquico o las de la cuántica. Sin embargo, puede verse
una progresión continua en la carrera de este Homo faber –así lo llama
Dore Ashton, su atinada biógrafa– como innovador de herramientas y
técnicas. Desde sus experimentos subversivos a partir de recetarios y
manuales de pintura clásicos y contemporáneos –la incansable
investigación con medios, pigmentos, óleos, disolventes y pinceles no
convencionales–, hasta los jarrones de cerámica –que torneó a su medida
para poder meterse dentro y desde ahí, a puñetazos, hacer los relieves
exteriores–, en cierto modo la evolución de Barceló corrobora aquella
afirmación de que la Historia del Arte podría reducirse (si alguien
necesitara hacer la reducción) a una historia de las técnicas del arte.
Exaltación de esta vena de innovador son sus dos grandes obras más
recientes: la capilla de San Pedro de la catedral de Palma y la cúpula
de la Sala XX del Palacio de las Naciones, en Ginebra.
    La cúpula del Mercat de les Flors, realizada hace más de dos
décadas, parece ahora una especie de premonición de la obra que Barceló
ha definido como “la conclusión de mi trabajo de muchos años”: el mar
cóncavo que servirá de techo a la Sala XX, rebautizada a partir de la
intervención del artista como Sala de los Derechos Humanos y la Alianza
de Civilizaciones.
    En 1986 el Ayuntamiento de Barcelona encargó a Barceló pintar la
cúpula del teatro. “Acepté porque me parecía un trabajo menos físico
que mental –dijo en una entrevista juvenil–. Hice construir en el suelo
una réplica de la cúpula de más de doce metros de diámetro”, la que
luego pintó introduciéndose de cuerpo entero en ella, “porque me
interesaba la idea de poner arriba lo que estaba abajo, y viceversa.”
    Pasó el verano de ese año resolviendo complicaciones técnicas y
afinando su instinto de inventor. El agujero cenital de la cúpula, a
treinta metros del suelo, servía para dejar entrar la luz y no podía
taparse; decidió usarlo como punto de desagüe, el ojo o punto cero de
un tifón. “En cualquier obra hay que buscar la mejor relación entre los
materiales que se utilizan y lo que se pretende hacer con ellos. Opté
por una especie de collage, y fui poniendo una cosa sobre otra de
manera más bien arquitectónica.” Inmerso en el soporte cóncavo de la
obra –el casquete metálico invertido, apoyado en el suelo por medio de
caballetes y semejante a una enorme escudilla– necesitaba una escalera
para moverse por el interior con sus grandes botes de cola y pigmentos.
“Pintar algo circular a partir del centro es como remover un plato de
sopa, una imagen que he usado de diferentes formas. Esto puede ser por
mi relación con pintores como Pollock y Tintoretto, que tendían a
convertir sus cuadros en sopas por la insistencia en ocupar el espacio
con un gesto circular.” La obra se transformó en un gran plato de sopa
con una cuchara y muchas otras cosas dentro, como colchones de cama que
en realidad son las hojas enganchadas de un libro, que parece que
flotan en espiral, y varias capas espumosas de pintura azul y blanca se
arremolinan sobre ellas como un torbellino en el mar.
    Los mares de Barceló, a diferencia del cementerio marino de Paul
Valéry, aquel “techo tranquilo donde pasean las palomas”, son mares
turbulentos, omnívoros; en lugar de quietud suelen sugerir la actividad
de un fermento. En su propiedad de Mont Ferrutx, que está al pie de una
imponente masa de piedra color crema erguida como una torre frente al
mar en el noreste de Mallorca, Barceló tiene una vasta biblioteca con
cientos de volúmenes sobre el Mediterráneo. Aquí, cerca del lugar donde
nació y se formó, ha ido coleccionando a través de los años una gran
cantidad de peces y moluscos, que él mismo toma del mar y diseca con
formol, y ha ejecutado innumerables bocetos, dibujos y pinturas que
representan la vida submarina –o los cortes que la transforman en
alimento humano– y es como si esto hubiera servido para crear una
especie de memoria profunda del mar, y para que un mundo que podría ser
más bien vago se convirtiera en algo rico, plástico y variado.
     A través de su pintura Barceló se relaciona con el mundo de una
manera que podría llamarse mágica, quizá similar a la manera como los
artistas o magos que dejaron plasmadas para siempre sus manadas de
bisontes y sus bestiarios en las cuevas de Altamira, Lascaux y
Chauvet-Pont d’Arc se relacionaban con su mundo. Se ha dicho que creían
que los animales dibujados en la piedra atraerían a los animales reales
que necesitaban cazar. No quiero decir con esto que el Sr. Barceló que
camina por las calles de París o que toma un avión de Ginebra a Nueva
York, sea un personaje excéntrico. Pero el artista que hunde una brocha
en una pasta de pigmentos y luego unta la tela lleva a cabo una
operación que no es un simple acto mecánico. Esa materia, una vez
aplicada, deja de ser solamente materia, se transforma en otra cosa
–así como la sangre del gallo degollado por un brujo, al gotear sobre
la arena blanca, no es solamente sangre derramada. Se trata, si se
quiere, de un rito por medio del cual el artista introduce una nueva
obra de arte en el mundo y, así, lo transforma.
    Barceló, sin embargo, no opera siguiendo un sistema de
supersticiones. Mantiene el equilibrio entre esa manera de trabajar que
podría denominarse prerracional y una cultura en expansión constante.
La comprensión de la dinámica del llamado mundo mágico, y, por otra
parte, de las feroces leyes del mercado y la política; el sabio
aprovechamiento del azar; el interés por las ciencias y las artes en
general; la estima de todo tipo de saber y de procedimientos creativos
–sin duda producto de una humildad básica, la humildad de un ávido
aprendiz; la arrogancia típica del obrero hábil, del artesano que
conoce su oficio mejor que nadie; el máximo desprecio por cualquier
clase de impostura; la incapacidad de ser menos que honesto como
artista; todo esto quizá no sea suficiente para explicar la prodigiosa
producción de Barceló ni su extraordinaria trayectoria, pero es, sin
duda, parte de la explicación de cómo el artista (más feliz que
inocente) ha conseguido sobrevivir a su enorme éxito, un éxito no sólo
artístico sino también mundano.
    En el año 2000, la Universidad de las Islas Baleares nombró a
Barceló doctor honoris causa, y poco tiempo después el obispo de
Mallorca le encargó hacer los murales y vitrales de la capilla de San
Pedro de la catedral de Palma.
    La pieza de terracota, que tiene como tema la multiplicación de los
panes y los peces, cubre las paredes de la capilla del suelo al techo,
y fue concebida como una superficie continua, sin cortes ni rupturas,
como una piel de arcilla de dos o tres pulgadas de espesor. “Al secarse
el barro, se agrieta, y usamos las separaciones naturales de las
grietas para fragmentar el cuadro y transportarlo desde Vietri, donde
trabajábamos, a Palma, donde montamos las piezas sobre las paredes de
la catedral. No hay un solo palmo de esa pieza (un tríptico sin
solución de continuidad de trescientos metros cuadrados) que no haya
sido tocado, pintado o moldeado por mis manos, o mis puños”, dice
Barceló, no sin cierto orgullo por la hazaña física que eso representa.
Con esta “pintura circundante” –para cuya titánica realización ideó un
sistema de levadizos y armazones que le permitieron trabajar la arcilla
fresca desde detrás (así como había modelado sus jarrones gigantes
desde dentro) para crear relieves a fuerza de golpes– el pintor
mallorquín ha entrado, como escribe su biógrafa, en la Historia del
Arte.
    Poco después de supervisar la colocación de las piezas de La
catedral bajo el mar (obra que más de un sacerdote mallorquín considera
condenable y quisiera ver demolida; probablemente con ánimo provocador
el artista dotó con sus propios rasgos al Cristo fantasmal que se
yergue detrás del altar y en el centro del tríptico) Barceló pasó
varias semanas navegando a bordo del Thopaga, un antiguo velero
mercante restaurado. “Buceo mucho, pesco, observo las olas, leo. Pinto
poco, porque el barco se balancea mucho, como es natural.” Y pudo
agregar: “Me preparo para mi próxima obra”.
    Así como las paredes de las cuevas donde los primeros artistas
proyectaron sus visiones de animales –y como tantos otros espacios
frecuentados por el hombre y finalmente consagrados por el arte–, la
cúpula parecía estar a la espera; hasta que a alguien se le ocurrió
abrir las puertas de la Sala XX del Palacio de las Naciones para dejar
entrar a un pintor.
    “El encargo se le hizo en su tiempo a Chagall, autor de obras de
grandes dimensiones, como el techo de la Ópera de París y los murales
de The Metropolitan Opera House de Nueva York. Pero murió antes de
comenzar –explica Barceló–. Cuando me hicieron a mí la propuesta, dudé
mucho. Pero luego pensé: ‘Una obra tan grande y tan pública no la haces
cuando quieres’.”
    De modo que una serie de combinaciones de buena suerte e ingenio
han contribuido al encuentro en el tiempo de este espacio único y el
artista capaz de colmarlo. La grandeza de la cúpula convenía a la
grandeza del mar, y el mar, con su aspecto eternamente cambiante, era
una metáfora apropiada para un lugar como éste. En la Sala XX se
reunirán “hombres de diversas estirpes, que profesan diversas
religiones, que hablan diversos idiomas y que han tomado la extraña
resolución de ser razonables, de olvidar sus diferencias y acentuar sus
afinidades”, como en “Los conjurados” de Borges, y la obra de Barceló
será vista desde un ángulo y de una forma distinta por cada uno de
estos hombres que afrontarán los retos para la humanidad en el próximo
siglo, y en vez del fuego conciliador que brillaba en el centro de los
consejos indios, un encrespado mar cóncavo se cernirá sobre ellos como
una alegórica

Afegeix un comentari

Deixa un comentari

L'adreça electrònica no es publicarà. Els camps necessaris estan marcats amb *