LA LENTITUD I L’OCI: dos cims on m’encaramell

NO FARÉ UN POST
Copiaré un fragment que m’ha entusiasmamt d’aquest bloguer «Crítica creación» que he descobert (via El Llibreter, gràcies!) i amb el qual hi tenc afinitats electives.

“Más allá del gran debate sobre la
productividad se encuentra la pregunta probablemente más importante de
todas: ¿para qué es la vida? (…) dejar que el trabajo ocupe la mayor
parte de nuestras vidas es una locura. Hay demasiadas cosas importantes
que requieren tiempo, como los amigos, la familia, las aficiones y el
descanso”
. Son palabras de Carl Honoré, periodista canadiense que
en 2004 sacó un libro que glorifica la lentitud, la pausa, no los cinco
minutos para tomarse un té, sino por lo menos medio día: Elogio de la lentitud.
Sus teorías son parte de un movimiento mundial, arraigado sobre todo en
países desarrollados: el Movimiento Slow, un conjunto de consejos para
mejorar la calidad de vida que en su mayor parte tienen que ver con no
tomarse las cosas tan a pecho, con hacer las tareas a nuestro ritmo.
Con vivir.

Pero antes de Honoré hubo un tal Lafargue, que pensó más o menos lo mismo.

(…)

Paul Lafargue, quien entre otras particularidades, entre ellas la de
médico y socialista francés, fue yerno de Karl Marx, es el autor de un
manifiesto que en nuestros días debería primar aún más que aquel
manifiesto sobre la razón de mi vida o el del suegro de Lafargue, aquel
que empezaba con un fantasma recorriendo el mundo. Lafargue publicó en
1880 Le droit à la paresse, o El derecho a la pereza,
un ensayo de carácter utópico, como todo lo que hace bien, donde se
hace una critica marxista del sistema capitalista. El ensayo de
Lafargue apunta sobre todo a esa idea capitalista absurda de producir y
producir y seguir produciendo. Dice que tarde o temprano esto desemboca
en una crisis de superproducción, lo que trae consigo por un lado
desempleo, y por el otro trabajadores menos rendidores, sea por
infelicidad o por agotamiento, justo lo contrario que se quiere
conseguir. Pero no es sólo eso. Lafargue estima que reduciendo la
jornada laboral, algo que tiempo después plantearía uno de los hombres
más inteligentes de la historia, el señor caballero Bertrand Russell,
se devolvería al hombre algo de esperanza, de ganas de vivir, de
dignidad, se repartiría mejor el trabajo, todos tendrían el justo y el
necesario, y se llegaría a contemplar por fin el derecho de gozar de la
vida, para lo que no sólo se necesita dinero, sino también tiempo
libre, pero un tiempo libre sano, libre de ataduras, de preocupaciones,
de asuntos que quedaron inconclusos en la oficina o en la fábrica.
Lafargue entiende que el trabajo es una imposición del capitalismo que
se contrapone con un instinto de la naturaleza humana algo
menospreciado: no hacer nada. La imposición del trabajo por
parte del capitalismo es una forma de hacerle olvidar al hombre su
derecho al bienestar y esas ganas siempre latentes de organizar alguna
revolución social, como la de trabajar lo menos posible y disfrutar
intelectual y físicamente todo lo que se pueda.
Más tiempo para las ciencias, el arte, el amor, el viva la pepa.
O para jugar a los videojuegos, qué sé yo.

Un párrafo del hermoso trabajo de Lafargue abre uno de los capítulos de este escrito dormilón y sugerente que comentaba recién, Elogio de la lentitud.
Es un capítulo referido a los beneficios de hacer la plancha, o mejor
dicho tomarse todo trabajo en forma menos ardua. Y el párrafo de
Lafargue no pudo ser mejor elegido: “Los obreros no pueden
comprender que al fatigarse trabajando, agotan sus fuerzas y las de sus
hijos; que, consumidos, llegan antes de tiempo a ser incapaces de todo
trabajo; que absorbidos, embrutecidos por un solo vicio, no son más
hombres, sino pedazos de hombres; que matan en ellos todas las
facultades bellas para no dejar en pie, lujuriosa, más que la locura
furibunda del trabajo”
.

Es lo que a partir de una tira de Mafalda se puede llamar “La teoría de las hormigas”, y que trataré de explicar así:
Recuerdo a Mafalda y a uno de sus amigos en una plaza (Miguelito
quizá), viendo el trajinar de unas cuantas hormigas y a Mafalda
preguntarse para qué esa vida donde se trabaja todo el día para tener
hijos que trabajarán toda la vida y que a su vez tendrán hijos que lo
mismo. Sin que ellos sepan, un señor recién llegado de su trabajo,
tirado en un banco, reponiéndose del día, escucha la conversación de
los niños y rompe a llorar. Ese hombre, alguien que adivinamos trabaja
en exceso, se ha percatado gracias a las palabras de Mafalda de la
nadería a la que es empujada su vida culpa del exceso de trabajo: de
pronto se da cuenta de que no tiene otra cosa que esperar que más
trabajo, más trabajo mañana y más trabajo pasado, para volver mañana y
pasado a tirarse en el mismo banco, cansado, con el único objeto de
descansar para luego seguir trabajando. Ni siquiera puede alimentar la
esperanza de que su hijo en el futuro pueda ser dichoso, porque a ese
hijo es muy probable que le espere exactamente lo mismo que hoy lo
atormenta a él.
Leyendo Elogio de la lentitud,
el libro de Honoré, nos enteramos de que cada vez más trabajadores
crónicos se están dando cuenta de su situación (como apuesto a que se
habrán dado cuenta los seres que encarnan a los personajes de The IT Crowd), y que están de a poco optando por la sana rebeldía del no, del simplemente no, el famoso dicho de Bartleby, “preferiría no hacerlo”. Preferiría quedarme a dormir, por ejemplo, como el flaco de la película La fiaca,
el primer punk, el primer punk argentino al menos, que reniega de la
productividad de la vida, que no la acepta, y admite en cambio que la
vida con sentido es molicie, ocio pleno, porque aburrirse trabajando
todo el día en pos del sustento diario no tiene el menor sentido, ya
que ese sustento para lo único que servirá es para que estemos fuertes
y sanos para seguir trabajando. Mejor dormir, entonces, y que del mundo
se ocupe otro. Es una actitud política peligrosísima para el Sistema,
es un despertar, el hombre otrora aburrido que un buen día se da cuenta
de que puede decir no.
Mafalda en aquella tira hace tomar conciencia de su situación al pobre tipo hastiado de su oficina, toma conciencia el flaco de La fiaca y toma conciencia también la voz que canta “No surprises”, la canción de Radiohead incluida en Ok. Computer,
disco triste por todos lados porque no hace más que dar cuenta del
aburrimiento del mundo, canción que trata sobre el tedio y la fatiga y
el sinsentido del trabajo, que enferma, que mata de a poco, que
enloquece.

En cierta medida, los personajes de The IT Crowd están
peleados con el mundo. No aceptan que el mundo los use. Si bajan la
cabeza y simplemente se ocupan de hacer algo que los demás consideran
útil, saben lo que los esperará al final de sus días: un balance pobre,
haber vivido para servir de engranaje, haberse agotado en pos de nada,
para que la maquinaria siguiera girando y nada más.

Si Lafargue fuera un geek, seguramente elegiría un lugar como las
Industrias Reyhnhold para trabajar. Y si fuera un autor de obras de
teatro situaría a sus atribulados personajes en ese sótano, donde Moss,
Roy y Jen mantienen su lucha por permanecer ociosos, una lucha ardua,
continua. Es más, se puede decir que no hacer nada les cuesta más que
efectivamente ponerse a hacer algo. Pero es que en el fondo lo saben:
todo intento por hacer algo realmente útil, que valga la pena, es tan
insustancial que hasta parece indecoroso tomarse la molestia.
Para contradecir lo que odiamos, por ejemplo el Sistema (la gente, si la conoceré), para no seguirle la corriente, no hay al parecer nada mejor que quedarse quieto.
O jugar a los videojuegos.

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