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El bloc personal de José Manuel Almerich

15 de març de 2009
General
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SAHARA

El drama del Draá

Feliz vuelta a Valencia. Esa semana disfrutarás saboreando los frutos que has ido cosechando en este último viaje. Ordenarás mediante escritura tus recuerdos para que jamás se desvanezcan. Y donde no lleguen tus palabras, las fotos de tu máquina guardarán para siempre tu fino olfato de gran viajero.

SMS. Andrés Ferrer Taberner

    Hace unos días que volvimos del Sahara.  Al entrar a casa y encender la luz, me siento un ser privilegiado. Un fino perfume a lavanda impregna las habitaciones y alguien ha ordenado la ropa y recogido mis cosas. Limpia, silenciosa, acogedora.  Dejo la mochila cubierta de polvo en el suelo de la entrada y deposito con cuidado el resto del equipaje de cuyos pliegues se desprende todavía, arena del desierto. Sobre la mesa del despacho artículos recientes  y recortes de prensa hablan de mis libros y el trabajo acumulado espera mi  atención.  Abro el grifo y tras unos segundos, surge agua caliente. Agua, a veces el termo falla, pero siempre hay agua, y caliente.  Y en abundancia. 
A tan sólo dos horas de avión, el agua es tan escasa que poblaciones enteras sólo disponen de un pozo del de surge, no sin esfuerzo, apenas un hilo del líquido imprescindible para la vida. Hemos estado una semana sin ducharnos, pero eso es lo de menos. El mejor hotel de Agdz no tiene agua ni para el retrete.

– Esto es el desierto-me dicen con arrogante dignidad en recepción- 
Y en Tenzouline, casi en la frontera con Argelia,  hemos pactado con la población para que las dos horas que tienen al día de agua en su única fuente, nos la cedan en parte para podernos lavar. Un solo cubo por cabeza, y medio lleno, que el tiempo corre. Hacinados y desnudos como presos en un campo de concentración hay que lavarse rápido, sin tregua y sin utilizar demasiado jabón, que luego es difícil de enjuagar.
No me siento culpable en absoluto de haber nacido en el primer mundo, el azar ha querido que seamos uno de cada siete los privilegiados. Y nos ha tocado a nosotros. A pesar de nuestros problemas, nuestras neuras y nuestros prejuicios, estamos aquí y al menos, como mínimo, debemos valorar lo que nos rodea y aprender a dar a cada detalle  la importancia que se merece.

Jamás he conocido pueblo con tanta dignidad como el pueblo bereber. Ni mujeres capaces de sacar tanto partido a unos guiñapos de colores. Convertir pedazos de tela en elegancia no es exclusivo sólo de los grandes diseñadores. Y aliarse con el sol para dar hermosura a una piel del color de las montañas y mirarte a los ojos con los suyos, profundamente negros. Sonrientes tras el velo, las niñas convertidas en mujeres, ocultan un rostro feliz pero resignado, de rasgos finos y un donaire que te estremece sólo con la sencillez de su presencia.

Han sido siete días de travesía. Hemos cruzado en bicicleta las últimas montañas del sur marroquí. Desde las gargantas del Todra hasta el valle del Draá, jamás podía imaginar que el desierto pudiese tener tantas tonalidades de magenta y gris, y que el cielo al atardecer tomase el cariz intenso de lo intemporal. Del rojo refulgente a las oscuras rocas de las cumbres del Jbel Rhart, la aridez es tan extrema que cuesta creer que algún tipo de vida pueda existir allí. La  variedad de paisajes y la inmensidad de un territorio sin fin, convierten nuestra retina en una explosión de libertad, en una continua exposición de imágenes y espacios abiertos que parecen fundirse a lo lejos con el firmamento y  la eternidad. Al fondo de los valles, o en el centro de las hammadas, el agua convierte la arena en un jardín. Y los oasis reducen la vida a la capacidad de irrigación de sus exiguos pozos,  o se prolongan a lo largo de los cauces secos gracias a las norias que extraen del subsuelo el motivo principal de su existencia  

    El primer obstáculo importante antes de llegar a Nekob, es el Sarhro imponente macizo de roca rojiza, erosionada y descarnada, que alcanza los 2559 m sobre el nivel del mar. El Jbel Sarhro es ya una de las últimas cumbres del anti Atlas, y su paso, el Tizi-n-Tazazert el único posible hacia el profundo sur. Excavado en la roca, el camino escoriado y peligroso, desciende vertiginosamente como rápida despedida de una cordillera inhóspita, abrasada por el viento y el sol.  Poco antes del descenso, una terrible granizada nos obliga a tumbarnos en el suelo y protegernos con las propias bicis. Las piedras, del tamaño de una pelota de golf, caen y golpean nuestro cuerpo. A veces secas, a veces mezcladas con agua, inundan las ramblas y caminos cuya tierra, reseca y poco habituada a las lluvias, se convierte en un inmenso barrizal con surcos por donde vehiculan violentas escorrentías como arterias de sangre gris. La tormenta la habíamos visto de lejos y ya se presentía lo peor. Como Dersu Uzala, el cazador ruso de Vladimir Arseniev, tuvimos que sobrevivir, literalmente, agazapados, empapados y temblando de frío hasta que vimos a lo lejos una aldea.  Un grupo de niños surgen de las casas de adobe, que parece que se vayan a hundir con la tormenta, y nos ofrecen la protección de su hogar disputándose el honor de albergar al forastero, un ser destemplado y sucio, que a lomos de un artilugio de metal se les ha aparecido como caído del cielo. Pasamos nuestra primera noche a merced de las estrellas. Rodeados de niños que se convierten en una obsesión, levantamos el campamento. Un pequeño hilo de agua será suficiente para lavarse y beber por esa noche. De la tormenta que nos ha caído encima, nada en absoluto será aprovechable.

A diferencia del Alto Atlas, estos pueblos junto al Sahara tienen una mayor organización social. En los oasis podemos ver las acequias y partidores de agua, las norias, molinos y azudes, infraestructuras necesarias para regar los huertos que crecen, a la sombra de las palmeras. La mezquita y el agadir de adobe presiden el conjunto. El regadío, con toda su arquitectura hidraúlica, desde los orígenes de la civilización, ha hecho posible el nacimiento de la urbe, y con ella, ha propiciado el desarrollo de sociedades bien estructuradas y muy avanzadas culturalmente como fueron los egipcios, persas, sumerios e hititas. El agua necesita una compleja organización y una legislación propia que regule su consumo, y de una participación colectiva para el mantenimiento de las infraestructuras. De ello, de su correcta administración, depende la subsistencia. Viendo los oasis veo el origen de la sociedad valenciana. De su huerta y sus acequias, de su tribunal y sus regantes, de sus tandas y paisajes, hoy ya desaparecidos. Del  afán del hombre por dominar y controlar el agua. Viajé al desierto tras publicar un libro sobre los ríos. Una paradoja que me ha servido para entender el porqué de tantas cosas, y poder ver, in situ, como quedan los pueblos cuando desaparecen sus ríos

Hace diez años el valle del Draá estaba todavía lleno de vida. El corredor verde  se nos presenta de repente ante nosotros como un largo y serpenteante surco donde se suceden, con total continuidad, asentamientos humanos, campos de cereal, poblados, kasbashs e inmensos palmerales que me recuerdan los viajes por Egipto.  A semejanza del Nilo, el valle del Draá se extiende en mitad del desierto como un rosario de culturas traídas por las caravanas de Tombuctú.  Las kasbashs, fortalezas de arena, van sucumbiendo bajo el sol y se deshacen después de siglos de existencia. El valle del Draá era la única vía, el único paso posible del Sahara hacia el norte de Africa. Por este valle pasaban las rutas caravaneras del desierto; mercaderes, tratantes de esclavos, exploradores y comerciantes de sal. Para su protección y defensa se levantaron las kasbashs con adobe de barro, agua y madera de palmera. Los señores de la guerra dominaban el valle y controlaban el paso de personas, camellos y mercancías. Pero los tiempos cambian, y mientras se hunden las kasbashs como castillos a la orilla de la playa, los señores de la guerra ya desaparecieron víctimas del tiempo y de la historia. Ahora son los turistas en 4×4 los que recorren el valle,  y en su propia obsesión de aventura, son incapaces de ver, desde el automóvil, que el río Draá ha desaparecido y los palmerales, poco a poco, se van secando. Las acequias son ya una quimera entre tierra agrietada y pueblos enteros han sido abandonados. A sus habitantes no les ha quedado otra salida que la emigración hacia la costa para embarcar en pateras o hacinarse en los suburbios de Casablanca o Marrakesh. El drama del Draá lo veremos unos días después: la presa de Quarzazate, los complejos hoteleros y los campos de golf acaparan el agua al poco de bajar de las montañas y olvidan que, río abajo, cientos de niños siguen persiguiendo descalzos a los turistas porque apenas tienen alternativas. Pero las prioridades del Marruecos moderno son otras, y la construcción de campos de golf, aunque parezca increíble,  llega hasta las mismas puertas del Sahara mientras poblaciones enteras carecen de las más mínimas condiciones de salubridad.

¿Son también aquí los campos de golf el cebo del engaño, el punto de partida alrededor del cual se construirá sin más medios ni infraestructuras que las necesarias para hacer el negocio y marchar? ¿Es esta la fórmula mágica del desarrollo para los países del tercer mundo, relativamente cercanos a Europa?  Que familiar me resulta todo. Sigo haciendo camino en bicicleta mientras éstas y otras dudas asaltan, sin quererlo, mi cabeza. Ver desaparecer parajes que conociste en la niñez es una de las sensaciones mas tristes que como ser humano podemos tener. Pero ver secarse palmeras, huertos, acequias y oasis porque alguien aguas arriba ha cerrado el grifo, es además de triste, de una crueldad infame, perversa y despreciable. El esfuerzo debilita el cerebro que se ve expuesto a pensamientos a veces no deseados, y a planteamientos sin lógica. El calor no ayuda para nada y el ambiente, con esa calima en suspensión, hace que el aire sea irrespirable. Recuerdo beber con ansiedad del camelback  y sangrar por la nariz por la extrema sequedad del aire que me envuelve.

La última noche la pasaremos en el patio abierto de una kasbash en Tenzouline. Los casi sesenta kilómetros de hoy no han sido excesivamente duros pero el cansancio se ha ido acumulando. La temperatura es agradable y te invita a compartir conversación. Envío a alguien un mensaje desde el móvil cuyo texto, aliado con las estrellas, llega a su destino. Es curioso, hasta en el lugar más alejado y solitario hemos tenido cobertura. No existen caminos en condiciones que unan los poblados,  ni carreteras asfaltadas, ni tan siquiera luz eléctrica. Pero las antenas de las multinacionales de telefonía se hayan instaladas hasta en el interior de los cementerios musulmanes. Y podrías llamar al 112 pero nadie vendría a rescatarte, porque no hay ni medios ni accesos. Con las nuevas tecnologías cambian las prioridades, y los pueblos del sur  antes tienen Internet que agua corriente, y  a los niños, los móviles les han llegado antes que los zapatos. Cuando ya en España me llega la factura, entiendo el porque de tanto interés en comunicar hasta el último rincón del Sahara. Todos tienen familiares en Europa, y todos, sea el precio que sea, quieren sentirse cerca de ellos.

       Volver a Marrakesh después de tantos días de esfuerzo, de cruzar hammadas sin fin, de escaladas y descensos, de poblados de adobe y castillos del desierto, y de veladas junto al fuego entre tambores bereberes en la oscuridad de la noche, la luz de la luna del Sahara ha sido un regalo más para nuestro bagaje y nuestra formación. Probablemente cuando volvamos otra vez a Marruecos, éste ya no será el mismo. El desierto argelino habrá ganado terreno al Draá y la medina de Marrakesh será mucho más occidental y menos medieval que nunca. Pero  la magia de la plaza de Dejemaa el Fna no cambiará jamás. Los charlatanes, aguadores, tragafuegos, contadores de cuentos, encantadores de serpientes, magos, dentistas, médicos, timadores, vendedores de humo y parlanchines seguirán en nuestra mente para siempre.

         A la vuelta hacia el hotel subimos en un taxi desvencijado. Un Peugeot que se cae a piezas y que, además del motor, tan sólo le funciona el radiocasete. La última canción, poco antes de llegar a su destino, me provoca un escalofrío. Una de las canciones más tristes y hermosas que jamás había escuchado sonaba de nuevo en el coche. Nos había acompañado durante el viaje pero no sabré, hasta algún tiempo después, de quien se trata.
De nuevo en Valencia cuesta acostumbrarte a la vida diaria y tus ojos se cierran ante la evidencia. Los escenarios de rocas, arena y sol han quedado muy lejos. Los amigos están mas cerca. Uno de ellos ha encontrado la canción y me la remite por correo. 

– Investigación musical culminada con éxito -me comenta satisfecho- se trata de Ismael Lö, un cantante senegalés afincado en Francia y que canta en un dialecto africano
.

La escucho, sin poder evitarlo una y otra vez. Tajabone  canción espiritual que marca el fin de año musulmán, no te deja indiferente. Como tampoco te dejaban indiferente los oasis desaparecidos ni los niños descalzos corriendo tras de ti por las piedras ardientes. Formará parte del repertorio musical que ha crecido con nosotros, de esas contadas canciones que siempre te traerán a la mente los momentos más emocionantes de un encuentro; un encuentro con la vida.

Mientras suena la música, una sucesión de imágenes, que se irán diluyendo con el tiempo, afluyen a mi mente con rapidez. Como aquel día que, a causa del calor y del esfuerzo, asaltaban mi mente sin quererlo.

José Manuel Almerich
 

Ver fotos de la travesía

Ver el video de este viaje.

                                    www.almerich.net

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