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El bloc personal de José Manuel Almerich

23 de gener de 2011
General
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MAJORELLE

Le Jardin de Majorelle

Los jardines de Majorelle son un oasis de paz y silencio junto a la plaza de Djemma El Fná. Una isla de modernidad y glamour donde la belleza cautiva es complice de la sensibilidad de los artistas que la crearon.
Por unas horas nos entregamos al azul de ultramar y nos dejamos seducir por los reflejos del estanque y sus destellos, como colonos franceses surgidos de la ruidosa y palpitante medina de Marrakech.

José Manuel Almerich

Todavía hoy, tres años después de su muerte, Yves Saint Laurent sigue recibiendo cartas de agradecimiento por haber rescatado del abandono, la casa y los jardines del pintor francés Jacques Majorelle, que falleció retirado en París en 1962 a raíz de un accidente de automóvil.

A principios del siglo XX, Majorelle se había instalado en la Medina de Marrakech, por aquel tiempo protectorado francés, rendido ante la luz, los colores, los aromas y el paisaje humano de esta inquietante ciudad africana.  En 1922 compró una finca al borde del palmeral que rodea Marrakech donde hizo construir un chalet asombrosamente moderno para la época, inspirado en el Palacio de la Bahía y en las ideas del arquitecto Le Corbusier que concebía las casas como máquinas de vivir cuyo objetivo es generar belleza. Bajo la premisa de que la arquitectura es el juego sabio, correcto y magnífico de los volúmenes bajo la luz, las casas debían estar envueltas de naturaleza y devolver a ella, el espacio ocupado por el edificio. Por ello los jardines se instalan también en las terrazas y las convierten en ámbitos aprovechables para el esparcimiento. Enamorado de la botánica, el pintor de paisajes francés creará su propio vergel, como si fuera un cuadro, estructurado a lo largo de una cuenca central con varios ambientes y colores vivos, envueltos de vegetación exuberante donde anidan cientos de pájaros y viven especies traídas de todo el mundo. La naturaleza la convierte en arte y la arquitectura se transforma en naturaleza.

Hoy, es difícil visitar Marrakech y  no ver en la Ville Nouvelle la influencia francesa, a pesar de que muchos bulevares, casas de campo,  amplios jardines y hoteles de lujo fueron sustituidos por casas y apartamentos. De toda aquella época del protectorado apenas han quedado vestigios, aunque se conservan excelentes restaurantes y las pastelerías decoradas con el buen gusto francés.  Con la expulsión del gobierno colonial,  todo estuvo a punto de desaparecer hasta que Yves Saint Laurent y su compañero Pierre Bergé  compraron el chalet del pintor Majorelle y su estudio,  haciendo restaurar el edificio e incrementando el jardín con nuevas especies de plantas exóticas. Transformaron parte de la casa en Museo y lo abrieron a todo aquel visitante que quisiera conocerlo. Tras su muerte en 2008, la casa y el jardín fueron donados a la ciudad que los mantiene cuidados, como quería el diseñador francés, por veinte de sus mejores jardineros.

Los jardines de Majorelle son un oasis de paz y silencio en medio de la caótica ciudad medieval de Marrakech. Son una isla de modernidad y glamour junto a la ruidosa medina, un reducto de arquitectura, equilibrio y vanguardia envuelto de buganvillas de color fucsia, maceteros pintados de amarillo brillante, cactus surgiendo como minaretes sobre el fondo azul, y peces de color naranja en estanques de verde claro. Es la perfecta sintonía de la belleza cautiva y la arquitectura, cómplice de la sensibilidad de los artistas que la crearon, y con la elegancia contemporánea de un conjunto armónico donde el tiempo ha quedado detenido. Pero entre todos los elementos de esta obra de arte cuyo lienzo es el jardín y los pinceles las palmeras, destaca un color por encima de todos: el azul. Un azul creado por el propio pintor, el azul de Majorelle, un azul eléctrico, fulgurante, traído de ultramar, a la vez intenso y claro con el que pintará las paredes de su chalet y la totalidad del jardín para hacer un  cuadro  vivo que sigue resplandeciente bajo el cielo del desierto. 

En esta ocasión pudimos visitar los jardines durante nuestro último viaje. Le dedicamos unas horas al glamour  y a la belleza prisionera bajo la luz del medio día. Nos entregamos al azul de ultramar y nos dejamos seducir por los reflejos del estanque y el destello brillante del nenúfar en flor.  Nos sentimos franceses refinados como colonos surgidos de la selva del caos marroquí, un punto y aparte a la agotadora y agobiante medina que parecía no querer dejarnos escapar de sus callejuelas estrechas y abarrotadas de gentío. Del olor de humanidad al aroma del bambú, de los bazares saturados a  pérgolas envueltas de jazmín, del humeante ambiente de la plaza de Djemma El Fná a las calesas tiradas por caballos. El espíritu del autor sigue vivo entre sus plantas al igual que el alma de un pintor sigue formando parte de sus cuadros.  Quizás por eso me gusta tanto el arte, porque no sólo es lo que ves, sino lo que sientes que trasmite, porque, al igual que en una imagen te llevas a casa el recuerdo cautivo de un viaje, en la obra de un artista, tienes encerrada una parte de su vida.

Aquí van las fotos. Con el estilo y la elegancia de las mujeres que nos acompañaron y el contraste de colores a la luz del mediodía.

Espero que os gusten.

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