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El bloc personal de José Manuel Almerich

10 d'agost de 2009
General
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LOS BOSQUES DE OCCITANIA

Una travesía en bicicleta por el corazón del Pirineo Francés

Salvajes, verdes y ondulados, los bosques de Occitània pertenecen a los dioses, y se mantienen inalterados como puentes tendidos entre la tierra y el universo.


José Manuel Almerich



Estamos en el valle con más ciervos de Europa aunque nosotros no hemos visto ninguno durante toda la travesía. Quizás ellos, más inteligentes, prefieren guarecerse del mal tiempo y quedarse en sus dormideros hasta que salga el sol. La niebla nos impide ver el paisaje, y cuando ésta desaparece, los inmensos hayedos tampoco dejan pasar ni un halo de luz. Los osos tampoco se dejarán ver. Encontrarlos es más difícil, quizás no lleguen a una docena los ejemplares que quedan en libertad en el Pirineo Francés. Habrán pasado el invierno en sus guaridas y aparecerán de repente, delgados y hambrientos, buscando algo de comida cerca de las poblaciones.

Los bosques de Occitània son infinitos y cubren un territorio amplio y muy poco poblado. Desde el golfo de Vizcaya hasta los Alpes se extendieron antaño sin interrupción, al igual que su idioma, de procedencia latina divulgado por trovadores y peregrinos durante la Edad Media.  El occitano sustituyó al latín en la literatura por primera vez y tuvo gran influencia en el resto de las lenguas romances desde Guillermo de Poitiers hasta Ausiàs March. La Provenza es tierra de nobles, juglares y caballeros. Los castillos coronan las poblaciones mientras sobresalen por encima de las nubes como fantasmas gigantes que aparecen y desaparecen. Esta parte de los Pirineos es una zona compleja, tanto geográfica como culturalmente. Desde lo más remoto de los tiempos distintas civilizaciones han pasado por estas montañas, y la influencia mediterránea se funde con el mundo celta. De la unión de celtas y latinos surgirá el románico y de los trovadores, la lengua de Oc.

Partimos a finales de la primavera con la finalidad de cruzar las tierras occitanas de mar a mar, pero nos conformamos con la parte central. El día antes de partir, una violenta tormenta descargó su fuerza sobre el valle y la luz de los relámpagos se reflejó durante toda la noche en las blancas paredes de la habitación de un pequeño hotel en la parte alta de Vielha. La vertiente norte de los Pirineos es más dura pero también más verde. Las referencias para calcular bien las distancias no responden a los parámetros de nuestro entorno mediterráneo y se encuentran a mitad de camino entre las proporciones humanas y las dimensiones divinas. En Francia, los Pirineos adquieren la dimensión de la grandeza, al límite de lo que podemos alcanzar sin agotarnos. A pesar de todo, los collados se coronan con dificultad y los valles parecen no tener fin.  Los bosques son túneles interminables con kilómetros y kilómetros sumidos en una aceitunada oscuridad. En pocos lugares podremos tener un pantone de verdes tan diverso, con miles de tonalidades y aromas producidos por la lluvia y la humedad. Siguiendo el río Garona cruzamos la frontera por el Portilhon y pasamos junto a pueblos como Aubert, Arrós, Vilamós y Arrés de Sus donde apenas pequeñas ermitas románicas se mantienen en pie. Desde Bossost ascendimos hasta los 1400 m de altura por un agotador camino de tierra y llegamos, entre espesos hayedos y frondosos bosques de abetos a la antigua ciudad de Bagneres de Luchon.

 

Pays Luchonnais

No he conocido jamás lugar tan deprimente como Luchon un domingo por la tarde. De aspecto decadente,  dejado de la mano del destino, Bagneres de Luchon se hunde en el olvido y pocos recuerdan que fue la ciudad balneario más importante de Francia a principios del siglo XX.  Temo que sea el preludio de este viaje. Esta ciudad tuvo la primera estación termal de los Pirineos y en ella se conservan unos baños de vapor únicos en Europa. Sorprendido observo como el país de los galos va dejando perder  estas antiguas ciudades sin inversión aparente. Los pueblos del condado de Comminges y los oscuros valles del pirineo septentrional están en la misma situación. Caídas las fronteras, queda la cordillera como límite natural y mientras se mantengan en esta situación, los buscadores de sueños no pasan del valle de Arán.

Tras pasar la noche en un mugriento hotel, cuyas paredes cuarteadas parecían estar a punto de desplomarse, desayunamos en la terraza. Tuvimos suerte en el fondo, porque junto al mismo hotel, cycles Sanson, una tienda de bicicletas tenía las piezas que habíamos roto el día anterior. Gracias a ello pudimos continuar.

Retomamos temprano el camino con el intenso verde como bóveda celeste y una larga estera de hojas secas a nuestros pies. Como único límite, hayas, fresnos, helechos y servales mojados por el rocío, envolvían la senda que asciende en medio de un exuberante frescor. Esa misma mañana la luz nos advierte que algo va a cambiar. Sigue viva aunque casi sin fuerza y los nimbos, agolpándose, poco a poco van oscureciendo el cielo como el comienzo de un largo atardecer. Cerca de la cumbre bajaron las nubes. El camino, ya apenas visible, se convirtió en un frío pasadizo que se abría paso a través de la niebla y las colinas desaparecieron como si un pintor de acuarelas las hubiese disuelto en el cielo. Luego vino la tormenta; la cortina de agua se desplomó sobre nosotros en el peor lugar posible: un amplio paso de montaña, expuesto y comprometido. Avanzamos sin tregua forzando los músculos y la respiración para salir de allí cuanto antes, iluminados por los relámpagos cuyos truenos retumbaban entre las montañas. El carbono puede atraer los rayos a pesar del aislamiento de las ruedas, y la bicicleta de Rosa está fabricada con este material. Era urgente avanzar, alejarse de las nubes, cambiar de vertiente y bajar sin demora. El intervalo entre el Soum de la Serre y el Sommet de Hourdouch, a más de mil novecientos metros de altitud, se convirtió en un infierno de agua y barro. Una avería en la bici de Jesús desborda la adrenalina que nos faltaba. Afortunadamente, se abrió un vacío entre las nubes nos permitió repararla con relativa rapidez, sin la lluvia sobre nuestras cabezas. A estas alturas, el grupo ya se ha dividido y esperamos encontrarnos más abajo, en la cabecera del valle que forma l’Ourse de Sost. Enfilarnos hacia el río se convierte en una danza cómica de acróbatas deslizándose por las laderas, aferrándonos a los árboles, como equilibristas desesperados. Una mano para la bici y la otra para las ramas. La gravedad decide la velocidad y el azar sentencia las caídas. Ya nada se puede controlar.

Hora y media después volvemos a estar juntos. Reagrupados, fuera de peligro y con la pista en buen estado, seguimos nuestra ruta como espectros surgidos del fondo de las tinieblas. A partir de aquí comienza un descenso vertiginoso entre densos abetales, dueños de la máquina y sintiendo de nuevo el cuerpo atraído por la fuerza de la tierra, con la respiración contenida y la frenética sincronía de piernas y pedales. Con los músculos en tensión y el roce del viento en el rostro, vamos pasando por Sost, Esbareich, Mauleon-Barusse…, pueblos fantasma que se suceden a lo largo del valle envueltos en el misterio y la soledad. A medida que perdemos altura, las montañas nos encierran en paredes de roca abrazadas por las hayas mecidas por el viento. Largas arterias se hunden en la pizarra gris y al anochecer, llegamos al hotel.

Poco antes de traspasar la muralla ennegrecida por el tiempo y las tempestades, contemplamos hacia el norte un impresionante mosaico de paisajes donde los campos, las casas y las antiguas basílicas medievales, van quedando adormecidas bajo la media luna troquelada por la tenue oscuridad del firmamento.

 

Vallée de la Barousse

Sant Bertrand de Comminges es uno de los pueblos fortificados más hermosos del sur de Francia. Los romanos lo conquistaron bajo el nombre de Lugdunum Convenarum y la catedral de Notre Dame, levantada en el siglo XII es un imponente conjunto monumental mitad iglesia, mitad castillo. Por respeto al hotel entramos descalzos. Hemos llegado sucios y embarrados cual supervivientes de un naufragio. Fuera han quedado las bicis, irreconocibles,  convertidas en esculturas de légamo y metal.

A la mañana siguiente cruzaremos el vallée de la Barousse y de nuevo la lluvia nos impedirá disfrutar de esta pequeña parcela de tierra fértil entre los Pirineos y el Mediodía Francés. Fortalezas, santuarios y pueblos sin alma vuelven a sucederse en toda la llanura. Entre Barbazán y Saint Pe d’Ardet el camino se torna impracticable sin posibilidad alguna de volver atrás. Aldeas vacías van quedando desoladas y buscar un lugar donde tomar un café caliente se torna una misión casi de supervivencia. Genós, Bagen, Malvezie, Loo, Regades no tienen ningún lugar donde parar a comer algo por lo que seguimos, bajo la lluvia, avanzando sin parar. Tan sólo un pequeño ultramarinos en Encausse les Thermes nos permitirá recuperar fuerzas; pan, queso, paté y vino del país para  continuar hasta Aspet, final de nuestra etapa de hoy.

 

Pays des Tros Vallées

Aspet es una pequeña ciudad con apenas un millar de habitantes. Marca el punto de inflexión del Alto Garona desde donde nos dirigiremos hacia el norte, adentrándonos en los mágicos bosques del valle del Ger. El ascenso por pista forestal es mantenido y agradable. Recuperamos el tono con el tiempo como aliado.  La mañana de hoy, despejada del orvallo gris que nos precedió los días anteriores, nos permite disfrutar del entorno, hacer nuestra la montaña, percibir uno de los mayores placeres que un ciclista puede llegar a sentir sobre una bicicleta: encontrar el punto a una buena pendiente, conseguir darle al cuerpo el ritmo justo y la cadencia adecuada que transforma el esfuerzo en una sensación maravillosa, como si el camino zigzagueante hubiese sido trazado pensando en ese mismo instante. El momento sublime lo alcanzamos en el Col de Menté, junto a unas viejas pistas de esquí. Aún a pesar del poco cariño que los franceses ponen en los bocadillos, éstos saben a manjar de dioses, y la cerveza fría permitirá, con el punto justo de alcohol, recuperar las sales minerales perdidas durante la subida. Frente a nosotros se abre un extraordinario panorama de cumbres nevadas moldeadas por el cielo. El entorno y el sol radiante nos darán la fuerza necesaria para poder continuar. Hidratarse a partir de ahora, será fundamental.

El Pic de l’Etang, a 1815 m vigila los pasos de la mesnada hasta que comienza el vertiginoso descenso al precioso valle que forma el Ruisseau de Mandan, un pequeño arroyo subisdiario del Garona, eje principal de nuestro viaje. Los últimos pueblos franceses sacan de nuevo a la luz la decadencia de esta parte de los Pirineos. Cruzamos la antigua frontera sin gendarmes ni policia, con las garitas aduaneras todavía en pie y rotas a pedradas. En sus rancios tejados de uralita gris anidan ahora gorriones y por la noche serán refugio de lechuzas de ojos vigilantes, como en su día lo fueron los gendarmes. A la Baronía de Les llegamos por una senda equivocada que nos agota en extremo por su escasa ciclabilidad y continuos desniveles. Las termas en Les se encuentran cerradas. Bien nos hubiera venido un baño en sus aguas sulfurosas que emanan de las entrañas de la tierra a poco más de 30 grados. Los romanos ya conocían las propiedades de este manantial y el mismo Pompeyo dio gracias a las ninfas por la curación obtenida. Nosotros tendremos que conformarnos con una generosa cena y un descanso bien merecido. Cerca queda ya la bulliciosa Bossost a las puertas del valle de Arán, y desde allí, siguiendo el curso del Garona bajo las arcadas de los bosques de ribera, volveremos a Vielha.

En estas travesías importa más el lugar por donde ir que el propio destino. Los compañeros de viaje convierten la aventura en una gesta inolvidable y hacen que los problemas dejen de serlo cuando se comparten. En situaciones complicadas, la colaboración y la experiencia compartida son fundamentales para resolver los contratiempos de cualquier singladura. Con el tiempo las personas, más que los paisajes,  pasarán a formar parte del equipaje de la propia vida, del bagaje cultural que hemos creado a lo largo de nuestra existencia. Me siento afortunado por tener los amigos que tengo, siempre dispuestos a acompañarte al lugar más recóndito del planeta, por su actitud ante los inconvenientes, por ese punto egoísta que nos hace ser distintos y que se diluye ante las dificultades. Son como mi propia vida desmenuzada en pedazos. El grupo jamás quedará cerrado porque siempre quedarán lugares por descubrir y el día que encontremos al último compañero de viaje, será el momento de partir.

Joaquín Araujo me dijo una vez que caminaba por estos derredores con la misma intensidad que él mismo, y que rodar como lo hacemos, en grupo o en solitario, no tiene menor valía que los viajes de riesgo o deportes de élite. Porque allí, en la montaña, se vive, se siente y se comprende fundamentalmente en primera persona, se debate con uno mismo. Y que estar sólo en plena naturaleza desactiva la competición, el narcisismo y el orgullo. Nuestros viajes no tienen más finalidad que fluir con la vida, el paisaje y el tiempo.

Los bosques del país de Oc son las raíces del cielo. Poseen el estado óptimo de evolución de un ecosistema en perfecto equilibrio, donde todo está igual que hace diez mil años. Son testigos de cientos de historias invisibles para el hombre y convierten la luz, el suelo y el agua en aire respirable. Salvajes, verdes y ondulados, los bosques de Occitània pertenecen a los dioses, y se mantienen inalterados como puentes tendidos entre la tierra y el universo.

Ver las fotos de la travesía

OBSERVACIONES y SUGERENCIAS

 

·        Con nuestra travesía por la región del mediodía francés y la vertiente norte de los Pirineos, siguiendo el rutómetro de Pedals d’Occitània y el mapa editado por la Editorial Alpina completamos el conocimiento del Pirineo Central a unos niveles inconcebibles hasta hace apenas unas décadas.. Con la aparición de la bicicleta de montaña, rincones reservados tan solo para aquellos que el azar les dio la fortuna de nacer allí, están ahora al alcance de cualquier excursionista que desee descubrirlos. Pedals d’Occitània, como paisaje y trazado, no es comparable a Pedals de Foc. Es mayor la intensidad con que se vive la vertiente española. Pedals d’Occitània, como propuesta es más verde, pero también más monótona. La lluvia y el barro complican la travesía hasta límites que en los que te planteas la continuación por carretera o el abandono total. Advertencia que la organización no hace, ni tampoco de la carencia de hoteles y alojamientos rurales que ofrezcan variedad en la elección, quizás motivado por la deficiencia de infraestructuras en la vertiente francesa.  Las casas de payés, los caldos caseros, las patatas del terreno al horno de leña, el trato familiar, la predisposición ante el viajero y la variedad de paisajes hacen más interesante la travesía por la vertiente española.

·        La fuerza de Pedals de Foc se pierde en parte en Occitània, pero compensa porque es el complemento ideal de la travesía por el Pirineo Catalán. Pero sólo el complemento. Es preferible buscar otras alternativas antes que realizarlo, si no aceptamos que el barro y la lluvia sean compañeros inseparables de nuestro viaje.

 

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