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El bloc personal de José Manuel Almerich

3 d'abril de 2011
General
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EL ALGARVE

Un viaje en bici por el sur de Portugal

Tras plegar las velas en el Cabo de San Vicente, viramos hacia Sagres. La fortaleza queda a popa y ahora, viento a favor, volamos sobre las ruedas.

José Manuel Almerich


La felicidad tiene muchos rostros
viajar es, probablemente, uno de ellos

José Saramago
Viaje a Portugal, 1995

Una docena de ojos somnolientos me observan, ajenos al entorno, tratando de imaginar que puedo estar contando en un pequeño bloc de tapas duras. Hacía muchos años que no escribía en un tren. No recuerdo si fue en Irlanda o en Croacia mientras cruzábamos las islas en bici y la costa en ferrocarril.

Expresar sobre el papel la crónica de un viaje sentado en el vagón mientras el paisaje se desplaza lentamente a nuestro lado es lo más sugerente que puede existir para un escritor. A duras penas hoy, unos meses después, puedo descifrar los garabatos que surgieron de mi mente, y los continuos vaivenes que hacen la letra ininteligible, mucho más si se trata de un tren de cercanías portugués en que lo único que se mantiene en condiciones es la corbata del revisor. Eso sí, amable y educado, otra de las cosas que también, les diferencia de nosotros. De tez morena y rasgos brasileños, el revisor lusitano me pide el billete, lo perfora y se aleja lentamente hacia el final del convoy sin que apenas le afecten los movimientos del vagón.

Hemos cruzado el Algarve en bici de este a oeste en apenas una semana, como buscando el océano igual que lo hizo Vasco de Gama cuando se lanzó a explorar nuevos mundos para el mundo. Siguiendo lo que ellos llaman la Ecovía Verde del Litoral, tratamos de buscar los pasos posibles y las marcas casi inexistentes, entre olivos y algarrobos centenarios en un paisaje que nos resultaba familiar. Albufeira, Olhao, Lagos y Tavira fueron quedando en el camino hasta que llegamos al Cabo de San Vicente que es, después de Faro, la punta más occidental del continente europeo.

La primera imagen del Algarve que me viene a la mente al recordar este viaje, es el puerto sin puerto de los pescadores en la misma arena de la playa. Como los mejores lienzos de Sorolla, el luminoso escenario de las barcas varadas en seco y los pescadores aclarando las redes junto a ellas convierten el mar en hombre. Las barcas entran y salen cortando las olas empujadas por sus brazos o a veces, ayudados por la fuerza de un tractor. En la Malvarrosa las sacaban con yuntas de bueyes. La ola decidía el momento exacto de su entrada y el momento crucial de su salida. Y lo mismo que en los cuadros costumbristas, la luz limpia, azulada y tremendamente mediterránea, inundaba todo mientras cientos de gaviotas parecían querer arrebatarles de las manos a los pescadores, los restos de peces capturados en sus  redes.

Desde la ventanilla del tren, a medida que va amaneciendo y las colinas comienzan a tomar color, puedo fijarme con detenimiento en los inmensos campos de golf que se han construido en el Algarve. Veo como se ha forzado el paisaje del litoral portugués para hacer que los anglosajones se sientan cómodos, como en casa, pero con un clima que les  permita salir al campo todo el año. Todo, por supuesto, a costa  de olivos milenarios, calas de ensueño, y una naturaleza que ha desaparecido mojada por los aspersores o sepultada por los bloques de apartamentos. También se ha erradicado de una parte importante del Algarve la cocina portuguesa que es, sin lugar a dudas, la mejor del mundo.  Vuelvo la vista hacia el cuaderno y recuerdo sobre el papel, una a una las etapas de nuestro viaje. De Faro hacia el Vale do Lobo volvimos a encontrar el camino que intentamos seguir pegados a la costa. Llegamos a Quarteira junto al mar y disfrutamos de un paisaje primigenio de largas e infinitas playas cubiertas de pinos piñoneros que enmarcan por tierra la línea azul del agua y la franja dorada de la arena. Desde Quarteira, Vilamoura y Olhos del Agua, bajamos a Falesia donde los impresionantes acantilados tantas veces fotografiados no son más que gigantescas dunas fósiles recortadas por el mar. Discurrir siguiendo sus senderos entre lentiscos azotados por el viento te transmiten una extraña sensación de intrusismo en un entorno tan frágil que parece que de un momento a otro, todo se vaya a derrumbar.

 El tren hace una pequeña parada frente a la fortaleza de Faro, la ciudad que fue saqueada y quemada por los ingleses cuyas piezas de valor incalculable forman hoy en día parte de la Biblioteca de Oxford. Desde la ventanilla observo como la gente comienza su actividad diaria sin el frenético estrés de las grandes ciudades españolas, pero con la mirada baja y resignada. Me fijo en sus  rostros y vuelvo de nuevo mi cuaderno. Resulta difícil recordar, una a una, las múltiples escenas del viaje. Ocurre con frecuencia cuando cruzas un país en bicicleta, cuando el espacio intermedio también es viaje, que no existe el descanso de la mente, ni los sentidos pierden su capacidad de percepción ante los estímulos constantes. Por eso una imagen, un lugar, un encuentro o una gran travesía, da tantas viñetas que  parece la escaleta ilustrada de un largometraje. Las fotos ayudan a recordar vivencias y a recrearse de nuevo en la estética de un momento que has conseguido detener. El tiempo es tan relativo, y las sensaciones tan intensas, que en este tipo de viajes, la vida la multiplicas por tres.

Desde el cabo Carvoeiro hasta Lagos, el camino se complica. Las marcas hace tiempo que desaparecieron y la improvisación nos obliga a saltar arcenes y cruzar carreteras transitadas hasta Estombar, a fin de llegar lo antes posible a Portimao. En Portimao recuperamos de nuevo la línea oceánica y apenas nos separaremos de ella, hasta el punto de circular elevados sobre la arena por unas pasarelas colgantes de madera instaladas a lo largo de toda la playa. Siempre en dirección a poniente, llegaremos a Alvor, donde sólo podremos cruzar la ría por la carretera nacional. La costa de Portimao es realmente impresionante; playas de una inmensidad desconcertante, rocas que sobresalen entre las olas y se prolongan, como navíos, hacia la misma orilla. Acantilados sobre la arena que parecen castillos rotos por la fuerza de las mareas y la luz, una intensa luz que aumenta los contrastes y ciega los ojos mientras el océano se convierte en un espejo infinito. Tan sólo los barcos son capaces de romper con su fantasmal silueta este mar de plata. Desde Alvor por Odiaxere dejaremos a nuestra espalda los reflejos que nos han mantenido cautivados durante horas y seguiremos, de nuevo, por la Meia Praia atravesando campos de golf cerca ya de la ciudad de Lagos.

Lagos es una ciudad elegante, con cierto nivel y muy volcada al mar como todas las poblaciones del Algarve. Cena portuguesa, pescado fresco, vino, ensalada y arroz son lo que recuerdo con mayor agrado de esta pequeña ciudad a la que llegamos al anochecer. Temprano y sin alforjas partimos de Lagos. Nos quedaba la última etapa de nuestro viaje: alcanzar el Cabo de San Vicente, punto final de nuestra travesía, y volver de nuevo a Lagos para, a la mañana siguiente,  coger el tren de vuelta a Vila Real de Santo Antonio. Como un la punta de una flecha en voladizo apuntando hacia América, remontamos unos acantilados que han sobrevivido al acoso del cemento. Dejamos atrás cientos de urbanizaciones y chalets colgados literalmente de la montaña para adentrarnos en un tramo de costa virgen. Por poco tiempo, seguramente, a tenor de la velocidad con que aquí se construye, se mantendrá este tramo como está. Los acantilados de margas y areniscas parecen estar a punto de desprenderse al vacío de un momento a otro. La persistencia constante del oleaje, a veces violento, va socavando las colinas recubiertas de pinos que se sujetan, tan sólo, por la fuerza de las raíces. Es la extraña sensación de pasar sobre una cúpula a punto de desvanecerse, de hundirse como una torca y ser tragado por el mar. Con estos pensamientos apenas cedo a la invitación del paisaje a ser fotografiado y llegamos a un punto donde hemos de tomar una decisión: bajar el sendero hacia la población de Luz, que se ve al fondo envuelta en brumas sobre el brillo oceánico, o buscar, con incertidumbre, un camino que nos lleve al mismo lugar sin arriesgar nada. Optamos por la segunda opción, y tras un sinfin de cruces, dudas y caminos de tierra sin salida, alcanzamos un valle cuya dirección parece llevar la orientación correcta. Dejamos a nuestra izquierda Luz y Porthinos, seguimos la línea de costa y nos adentramos en un paraje natural cuya conservación depende del hilo del destino, o de las arcas de los promotores. En Salema, una plaza solitaria y libre, encendida de reflejos, esconde un antiguo poblado de pescadores. El camino desde esta zona pantanosa que ha quedado en el interior, asciende con decisión y los lleva, con el mar detrás, bordeando de nuevo las colinas  por sus accesos más recónditos, hasta lo alto de la cumbre. Desde arriba podemos contemplar el efecto de la naturaleza, como ha evolucionado el relieve, y como un antiguo golfo de mar ha quedado cerrado por su propia restinga. Sigue estando por debajo del nivel del mar, igual que las albuferas, y por eso se mantiene pantanosa e inaccesible. Las amenazas, y los accesos, acechan este último rincón del Algarve. Pienso, con tristeza, que este hermoso conjunto de playas, colinas, laguna y poblado de pescadores tiene los días contados. Los nuevos accesos de asfalto ya están preparados para el asedio final, y el entorno totalmente parcelado. Ascendemos sin descanso hasta el cruce con la carretera nacional, que circula más arriba y llegamos a Losa Do Obispo pasando por Raposeira y Figueria que han quedado muy atrás.

En Vila do Bispo recuperamos fuerzas para afrontar, y disfrutar, lo que será la última parte de nuestra travesía: la recta final hacia el cabo de San Vicente que se observa, difuso, al final del camino. El mar aquí no se ve pero  se intuye, y aunque en todo el viaje, ha estado presente, ahora lo veremos de frente, y no a estribor como lo hemos llevado siempre. El camino vuelve a ser de tierra, se recupera la autenticidad, y se adentra en la inmensidad de una llanura cuyo horizonte es, por fin, el gran océano. Tierra árida, sufrida como sus habitantes, castigada por el sol y erosionada por el viento, inhóspita y descarnada, salvaje y peligrosa en los días de tormenta. Expuesta como un gran desierto que se adentra en el mar, se apiada de nosotros y el sol nos acompaña luciendo con toda su intensidad,  ésa intensidad mediterránea que no nos ha dejado ni un sólo día del viaje.

Expuesto a las tempestades se encuentra el Faro de San Vicente y el cabo que lo sustenta. Punto y seguido (nos queda volver) de nuestro periplo, que ha sido por tierra, el más marinero de nuestros viajes. Es la vertiente más meridional y occidental a la vez, de Europa, del mundo conocido hasta 1492, del fin de la tierra igual que Finisterre y el cabo de Sintra.

Cientos de turistas quitan encanto al momento y al lugar, y no disfrutamos lo que lo hubiera sido en soledad. Aún así, este punto obligado para portugueses y extranjeros, está cargado de una aureola mágica y ritual cuyas ruinas, colgadas en los acantilados, nos recuerdan la importancia que este cabo tuvo para el descubrimiento del mundo. La Escuela de Navegantes de Sagres sigue, como una fortaleza, desafiando al mar y sus secretos, formando valientes capaces de adentrarse en lo desconocido.

Fue un gran error histórico que Portugal y España no llegasen a formar parte de un mismo país. Y la capital hubiese estado bien en Lisboa, el centro neurálgico y comercial de una potencia europea abierta al nuevo mundo. No puedo evitar pensar en ello mientras levanto de nuevo, mi vista del papel. Distingo a lo lejos por la ventanilla del tren paisajes que me resultan familiares, que pasamos hace días en bici, y ahora como un sueño recurrente, los vuelvo a ver.  

Ha sido una suerte poder conocer, con nuestro propio esfuerzo esta franja de Portugal que está siendo vencida por su propia belleza. Lo que acabará siendo, no lo sé, pero lo que ahora conserva seguirá por mucho tiempo, marcando como un tatuaje las retinas de mis ojos. Tras plegar las velas en el Cabo, viramos hacia Sagres. La fortaleza queda a popa y ahora, viento a favor, volamos sobre las ruedas. Como navegantes que huyen de la proximidad de la tormenta, pasan por mi mente una tras otra, las imágenes del viaje: el azul intenso del océano,  las barcas de los pescadores varadas en la arena, las miles de gaviotas sobre nuestras cabezas. Mal futuro el de un país que solo vive del turismo, y mal futuro si su belleza ha sido sacrificada en pos de ese mismo turismo, que egoísta, dejará de venir cuando no encuentre lo que buscaba al llegar aquí. Los Portugueses son generosos en todos los sentidos, pero en este caso han sido demasiado en pos de la venta  a granel de su propio paisaje.

El Algarve no es Portugal, como Benidorm no es España. Son mundos aparte, son islas creadas para que el anglosajón se sienta bien, y deje el máximo de divisas sin dar demasiados problemas. Fuera queda el Portugal auténtico, el del vino de Oporto o el misterio de Montsanto. El de los aullidos de los lobos en la serra de la Estrela y el de los grandiosos palacios de Sintra. El Portugal de los bosques perfumados de laurisilva mojada y los monasterios perdidos entre ellos. Y el del mar, el que llora con los fados y se enfrenta sólo, a la saudade.

Levanto de nuevo los ojos y cierro la libreta repleta de garabatos. Mientras me asomo a la ventanilla observo, indiferente, que de nuevo, el revisor lusitano de tez morena, rasgos brasileños y corbata elegante me observa con disimulo. Y seguro que piensa:

¿qué demonios estará escribiendo?

 

Como siempre, ahí van las fotos.

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