DOÑANA

José Manuel Almerich
  

Me he sentido afortunado, lo confieso, de haber acabado el año en Doñana, de haber sentido la fuerza intensa de un paisaje sobrecogedor, armónico, incólume y ondulado, desolado a veces,  cubierto de verde otras, y siempre con el agua subyacente.  

    
 
        Poco antes de acabar el año nos acercamos a Doñana. Habíamos recorrido durante unos días la sierra de Aracena, a través de los últimos bosques de sierra Morena, pero a punto de llegar a los picos de Aroche, en la misma frontera de Portugal, decidimos volver. El tiempo, frío e inestable, no auguraba un viaje agradable.
 

   Acercarnos al gran Océano parecía la mejor opción. Hacía más de quince años que no visitaba el   Rocío, y junto a él, el Parque Nacional.  Desde entonces siempre había querido volver y recorrerlo en su totalidad. Esta vez tuvimos suerte. Tanto a pie como en bici pudimos aprovechar las escasas horas de luz que nos dejan los cortos días del mes de diciembre. 
 
  
   Andalucía es una explosión de naturaleza; desde las altas cumbres de Sierra Nevada, Cazorla o Grazalema hasta las marismas del Guadalquivir se articulan una serie de paisajes que nos resulta difícil creer que seguimos en un mismo país. Doñana es la reserva natural más extensa de la península ibérica y una de las zonas húmedas más importantes de Europa. Entre los ríos Guadalquivir y Tinto, se extienden infinitos complejos dunares que corren paralelos al mar.   La inmensa playa virgen entre Sanlùcar de Barrameda y Matalascañas, con más de cuarenta kilómetros sin hormigón que altere nuestra retina, presenta una plasticidad y belleza estremecedoras. Las distintas tonalidades del mar y los frecuentes corrales de pinos piñoneros, encerrados entre las dunas que los abrazarán hasta morir, nos recuerdan que no estamos en África, y la presencia constante de jabalís y caballos salvajes junto a la playa buscando comida, que la vida continúa igual que hace miles de años. Más al interior, la marisma estacional que define la personalidad del parque, alberga cientos de flamencos rosa que, con el cambio climático,  pasarán aquí el invierno. 
 
  
   Me he sentido afortunado, lo confieso, de haber acabado el año en Doñana, de haber sentido la fuerza intensa de un paisaje sobrecogedor, armónico, incólume y ondulado, desolado a veces,  cubierto de verde otras, y siempre con el agua subyacente. Confieso también haberme emocionado al ver sobre la arena huellas de lince, y observar, agazapado, una de las últimas parejas de águila imperial. 
 
 
 
   No es fácil recorrer Doñana en bici. Siguiendo la línea de costa dependemos de las mareas, con el peligro que supone no poder volver por la orilla de la arena prensada por el oleaje del mar. Llegar desde Matalascañas hasta la desembocadura del río Guadalquivir por la costa,  es una excursión permitida,  pero  muy larga y se puede complicar con el flujo de las aguas durante el pleamar. Hay no obstante hay un carril bici que se puede seguir en dirección oeste hasta Mazagón  y el pequeño pueblo de Moguer, pasando por el acantilado del Asperillo, con unas vistas espectaculares sobre el mar. Desde allí,  atravesando el parque natural del entorno de Doñana, podemos seguir hacia Almonte por carreteras poco transitadas. Por la vereda real de Sevilla desde el Rocío se puede pasar, siempre bordeando el parque nacional, pero la arena pronto convertirá nuestra excursión en un esfuerzo extraordinario. Tan sólo pasear en bici por el Rocío ya resulta agotador. Esta población, símbolo del profundo sentimiento religioso andaluz, parece haber sido creada sólo para los caballos. Más al norte, la estrecha carretera asfaltada hacia los Hinojos recorre un extenso pinar entre dunas y pequeñas ondulaciones montañosas, pasando por el antiguo centro de interpretación del Arrayán donde hoy se ubica un pequeño restaurante.  Y por último, otra excursión sencilla pero muy interesante es visitar el palacio del Acebrón, construido por Luís Espinosa, un indiano que gastó toda su fortuna en esta lujosa residencia como pabellón de caza. En la actualidad conserva una interesante exposición sobre los usos y costumbres tradicionales del hombre de las marismas. 
 
 
   La bici en Doñana apenas tiene lugar. Pero allí estuvimos, como no, para ver hasta donde podíamos llegar. Hay unas visitas guiadas, con plazas limitadas, en microbús todo terreno que se reservan previamente en el Centro de Interpretación del Acebuche. Y bien valen la pena las cinco horas de  trayecto. Es una experiencia extraordinaria porque es la única forma de conocer una parte del parque en profundidad. El resto, la inmensidad, es el reino del lince y del águila real. Las marismas y las dunas lo son del viento y del mar, de la arena que construye, poco a poco, el paisaje litoral.  
 

   Os adjunto unas fotos. Espero que os gusten.

 
Ver fotos de este viaje                                            www.almerich.net

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