EL VALLE DE COFRENTES


Durante tres días nos sentimos como el cazador Derso Uzala en los bosques de la taiga siberiana mientras la escarcha congelada parecía no ser de este planeta.


José Manuel Almerich

          En esta ocasión no fuimos a buscarla, nos salió al encuentro. Pero no vino sola, le acompañaban el viento y el hielo. Es cierto que estábamos advertidos, el correo de Jovi Esteve, el responsable de las previsiones metereológicas en Radio 9 no planteaba dudas:
 
Estimado José Manuel:
 
Ahora, prepárate para otra  ola igualmente fría y parecida a aquella que nos afectó hace tres semanas. Tendremos caida espectacular de los termómetros en toda nuestra Comunidad, fuertes heladas, nieve en cotas bajas (sobretodo jueves) y, a partir del viernes, nos llegará el núcleo más frío de esta masa siberiana y se quedará con nosotros hasta lunes o martes de la semana próxima. Como encima, las rachas de viento a partir del viernes seran también muy fuertes, la sensación térmica será muy, muy baja. Avisado estás.

Un saludo
Jovi Esteve
 
La travesía estaba planeada desde hacía algunas semanas. Ese es el problema para los que nos cautiva la montaña; a veces cuando podemos, no debemos. La prudencia es como un padre al que un adolescente no quiere escuchar, pero hay que hacerle caso. Hacemos por no verla, y no siempre lo queremos reconocer. Las navidades este año habían sido menos ávidas de consumo por la situación, y con pocos ánimos. Por eso había que salir, desconectar, despejarse y disfrutar. Pero esta vez el invierno ha sido más duro que lo habitual.

Como todos los inviernos, cuando llega, no comparte el mundo con nadie, es sólo él: nieve, hielo y aire.  Bello, cruel y velado. Despiadado con los árboles y con el resto de seres que lo habitan,  indulgente con nosotros, pero sobre todo frío, muy frío.
 
Durante tres días nos sentimos como el cazador Dersu Uzala en los bosques de la taiga siberiana,  o como Omar Sharif, a las órdenes de David Lean, atravesando las gélidas estepas soviéticas en Doctor Zhivago. Paradógicamente en una Comunidad cuyo símbolo es la palmera inclinada  y dorada por el sol, la escarcha congelada parecía no ser de este planeta. Como un espejo empañado reflejaba nuestro esfuerzo y sobre él caían las gotas congeladas de sudor mientras arrastrabamos la bici que, a todas luces, era el vehículo menos indicado para deambular por sus caminos.
 
Completamos la travesía hasta Cofrentes cruzando todo el valle en lo que será la ruta estrella del futuro centro de BTT. Divisamos, desde lejos, los castillos y sus pueblos porque ascender a ellos era un reto imposible. El hielo impedía cualquier acercamiento a las cotas más altas y las caídas fueron continuas. La mano helada del viento parecía querer reconocer nuestros rostros como un ciego, para luego desplazarse al resto del paisaje cuyas formas resultaban invisibles: las colinas, los árboles, los campos, las casas y el río, sin un rumor ni un sunsurro del agua que había quedado detenida, cristalizada, como adormecida entre blancos y vidriados algodones. 
 
En el hotel del Valle de Jalance pasamos la noche, recompuestos con un baño caliente al límite de lo que el cuerpo puede aguantar y una cena, moderada pero suficiente. A la mañana siguiente, recuperados del esfuerzo continuamos por los caminos que subían al Campichuelo no sin antes detenernos a observar, incrédulos, el cauce del río Cabriel, totalmente congelado. No se que habrá sido de sus barbos y madrillas escondidos tras la capa translúcida de un hielo endurecido por las bajas temperaturas.
 
Este año el invierno ha venido con fuerza. Con la fuerza olvidada de generaciones anteriores acostumbradas al frío lacerante y al calor de las estufas, a la leña y al fuego tiñendo de color nuestras mejillas. A veces pienso que hemos perdido la noción del frío, que nos quejamos sin sentido cuando esta situación, es y ha sido, la normal en la naturaleza. Porque los ciclos estacionales cambian el paisaje y lo regeneran. Matan y permiten que surga de nuevo la vida, y proporcionan el agua que se filtra hacia la tierra mientras la temperatura asciende lentamente. El paisaje blanco me recuerda que no sólo es lo que se ve, sino lo que se esconde, no es lo que vemos, sino lo que somos. Dijo una vez el escritor portugués Miguel Torga, que sólo hay grandes paisajes si los miran grandes hombres, o que grandes hombres transmiten a otros la posibilidad de verlos con grandeza, aunque sea sobre una simple y sencilla bicicleta.
 
Nuestras bicis han quedado inutilizables. El barro las ha rebozado por completo y el hielo bloquea  los cambios y los frenos. Poco antes de volver a casa, en una fuente junto al cementerio, hemos adecentado un poco nuestras  máquinas. Antes de partir observo a lo lejos una mujer que se acerca muy despacio. Lleva en sus manos un ramo de flores rojas y entra en silencio al cementerio, rompiendo con sus pasos la textura de la nieve. Deposita las flores junto a una cruz de madera y reza de pie, mientras tiembla por el frío y la fuerza contenida de los sentimientos. Sin testigos, sin familia, sin nadie que la mire, probablemente sea en estos momentos el acto de amor más sincero y el homenaje más sublime que se puede hacer a un ser querido. Solo ella, y quizás él, sabrán lo que significa este momento.
 
Me alejo con cuidado para que no se dé cuenta que la observo. Y que el crugir de la nieve no rompa el silencio de este instante. Mis amigos me esperan. Pero en mi mente queda el acto sencillo y humilde de lo que significa el amor verdadero; el real, el auténtico, el que no pide nada a cambio, el que se sumerge en las entrañas y aflora sólo, en la intimidad, cuando nadie nos observa.
 
Os adjunto las fotos. Espero que os gusten.

                                      
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