LA PICA D’ESTATS


Embriagados por el éxito, las sombras nos preceden en la última escalada como ángeles de la guarda que nos guían hacia la cruz de metal asolada por la intensa fuerza de las tempestades

José Manuel Almerich

A Roseta del Cel


Es la primera vez que estamos en un tres mil a las seis de la tarde. Es una imprudencia, lo sé. En el mejor de los casos, una temeridad. Controlada sí, pero temeridad al fin y al cabo. Porque en este lugar son los elementos los que cambian y deciden, y  sólo la montaña impone sus condiciones.  A las ocho de la mañana comenzamos la ascensión. Nueve horas después alcanzamos la cumbre. Luego había que volver, y por ese motivo, decidimos hacer un vivac en el último lago, l’estany de Estats, a los pies del coloso que acababamos de conquistar.

 

La Pica de Estats es la cumbre más alta de Cataluña. Con 3.143 m de altura sobre el nivel del mar es uno de los tres miles del Pirineo más largos y agotadores, aunque en esta época sin dificultad técnica. La última cresta, de roca descompuesta y con caídas de vértigo a ambos lados, no presenta problemas con buen tiempo, y a poco que no haya hielo o nieve, no hay mayor inconveniente que la dureza propia de este tipo de ascensiones. En invierno, o con niebla, las cosas cambian, y entre sus riscos puedes dejarte la vida. Una placa dedicada a un joven montañero de poco más de veinte años, nos recuerda lo afortunados que somos por estar aquí, y que la luz, a tres mil metros y a las seis de la tarde, convierte las rocas en entes vivos, les da volumen, las hace hermosas y las dota de un halo de reverberación, de misterio radiante. Embriagados por el éxito y la falta de oxígeno, las sombras nos preceden en la última escalada como ángeles de la guarda que nos guían hacia la cruz de metal asolada por la intensa fuerza de las tempestades.

 

La ascensión no planteó dudas a nadie excepto a mí. Cuando, tras seguir el barranco del Sotllo, por el camino del Pla de la Canalbona,  hasta el momento que el valle glaciar se cierra, cargados con todo lo necesario para poder pasar la noche, Toni propuso continuar y adelantar el ataque a la cumbre esa misma tarde.

 

– No es así como estaba previsto

– Lo sé, pero las condiciones metereológicas son buenas y nada parece  indicar lo contrario. Si todo va bien volveremos al vivac al caer la noche. Los frontales nos ayudarán a encontrar las tiendas.

– Sigo pensando que es una imprudencia. Son las dos del mediodía. Jamás hemos subido a estas horas. Como muy tarde, hemos hecho cumbre a las diez de la mañana con todo el dia por delante. Y sin demorarse mucho en la cima.

– Tienes razón, pero creo que lo podemos conseguir.

– Que fem Roseta?

– Anem.

 

Y anarem. Comenzamos como viejos para intentar llegar como jóvenes, como dicen todas las premisas. Y accedimos al puerto del Sotllo por una tortuosa tartera  que tiene pendientes del 45 por cien. Una hora después pasamos a Francia por el collado situado entre el Sotllo y el Verdaguer. Desde allí, descartada la opción de la cresta directa por su peligrosidad, descendimos hacia los lagos de la vertiente francesa, para remontar después por una canal de roca descompuesta y fuertemente mineralizada. La geología es aquí el factor determinante, con la intensidad y la fuerza de los materiales más antiguos, del hierro en estado puro, de las entrañas de la tierra surgidas por la presión de placas y levantadas como agujas para rivalizar con las estrellas. Bordeamos un nevero, los últimos hielos del invierno anterior, un glaciar agonizante que apenas tiene ya fuerza erosiva, y pisamos el blanco níveo tan sucio que parecía una gigantesca alfombra vieja y descuidada.

 

Breves paradas nos ayudan a recuperar, y sin aclimatación, cuesta más ascender por las pendientes. En el último promontorio, ya en la cresta cenital, dejamos los bastones para escalar los últimos resortes con mayor rapidez y seguridad. Trepar aferrados con las manos a la roca para levantarse en el cénit de la cima, en el paso final.


Toni, Miquel, Voro, Luisa, Rosa y yo alcanzamos la cumbre de la Pica una hora antes de lo previsto, y con margen suficiente para imprevistos. Pero no podíamos confiarnos más allá de diez minutos y a las seis en punto, dedicimos descender. Con las manos heladas recuperamos los bastones y abrigados, como una procesión de penintentes silenciosos, fuimos cruzando las pedreras siguiendo las formas y los volúmenes de una luz ya mortecina, agotada por el ocaso y adormecida por las nubes. Y asi la geología fue dando paso a las  texturas y éstas se fueron poco a poco adueñando del paisaje. Las rocas impregnadas de púrpura rojiza convirtieron el instante en un largo y encendido atardecer. Borrachos de luz, enfermos de belleza y ensoñados de admiración ante el sublime espectáculo que ofrece la alta montaña, ésta nos permitió abordarla con pasión, conquistarla con amor y fuerza, como una mujer que se deja abrazar en la noche mientras el frío traspasa la traslúcida piel de una tienda de campaña. La montaña nos envolvió con ternura como pocas veces se ha dejado querer y perdimos altura a la vez  que el sol iba perdiendo la suya.

 

Llegamos a las tiendas sin necesidad de frontal pero al límite del  crepúsculo, mientras la temperatura caía en picado y rozaba los primeros niveles del anochecer. Juanjo y Rafa nos esperaban allí, impacientes y abrigados como gorrillas nerviosos en las afueras solitarias de una gran ciudad.

 

La Pica de Estats forma ya parte de nuestro bagaje como deportistas y montañeros. Fue ascendida por primera vez en 1864 por el explorador francés Henry Rusell, conocido por su obsesión con el Vignemale al que también fue el primero en escalar tres años antes. Desde entonces para Cataluña es un símbolo de identidad, el techo de su territorio y, al igual que Montserrat, no son solo referencias geográficas, sino culturales, que significan mucho más que el esfuerzo de alcanzarlas.

 

A la mañana siguiente los rayos del sol fueron adentrandose con timidez en la tienda de campaña empañada por el vapor. Las gotas resbalaban por el techo y despedían minúsculos destellos como si un pequeño universo se hubiese quedado encerrado en su interior. A la vuelta contaba los minutos para que el tiempo no transcurriese, para que en ese instante, el planeta dejase de dar vueltas. Busque entre las piedras y la sonrisa de Roseta, una cuña para poder parar la tierra.

Os adjunto las fotos. Espero que os gusten

                                                 www.almerich.net

Afegeix un comentari

Deixa un comentari

L'adreça electrònica no es publicarà. Els camps necessaris estan marcats amb *