EIVISSA

Poco antes del anochecer hemos vuelto a cala Martina. Aunque parezca increíble, Martina todavía vive. Es una mujer enjuta, frágil, nerviosa, muy delgada y curtida por el sol. Una de esas mujeres llenas de vida que es difícil saber su edad.

Tiene su casa junto al mar y muy temprano ya está dando de comer a las gallinas. La veo todas las mañanas cuando salgo a correr. Apenas una docena de cabras esperan impacientes que las lleven a los campos cercanos donde ya no se siembra trigo ni cebada. Hoy las ha sacado Miquel, su hijo pequeño y deficiente mental. A Martina no le dirigen la palabra el resto de sus hijos, ni sus nietos, a los que apenas conoce, pero a ella le da igual. Trabaja como lo ha hecho siempre, sin esperar nada a cambio y sin esperar que nadie, ni siquiera sus hijos, se lo agradezcan. Jamás le perdonarán que no autorizase la venta de sus campos a una promotora para levantar una urbanización de apartamentos frente al mar. A su muerte ya será demasiado tarde porque la pedanía de Es Canar, perteneciente al municipio de Santa Eularia, ha declarado estos terrenos protegidos y por tanto, nadie podrá ya edificar allí.         

                Mientras desembarcamos en la playa y aseguramos los kayacs,  me parece increíble que todavía un campo de trigo pueda sembrarse junto al mar, apenas separado unos metros de la playa. Este pan -pienso- será el más caro del mundo. Todo irá en función del valor del terreno donde el grano ha sido cultivado.

                      Ibiza sigue manteniendo intacta una parte importante de su costa. A mi buen amigo Andrés no le ha hecho falta insistirme demasiado para que vaya a pasar unos días con él, y recorrer la isla en Kayac como hicimos el año pasado. Desde aquí, en un pequeño pub minimalista en la cala Molí, donde suena de fondo música chill out, os escribo esta carta. Tengo los pies descalzos en la arena y estoy contemplando la puesta de sol. La temperatura es además, muy agradable. Hoy ha sido un día intenso, de esos que hacen que te sientas afortunado. Hemos visto una tortuga marina pocos minutos después de salir de la bahía, y nos hemos acercado al pie de los acantilados, a esa franja indefinida de agua entre la tierra y el mar donde se oye respirar a los dioses y la canoa se balancea caprichosamente a merced de la corriente. Una familia de cormoranes se han lanzado al agua ante nuestra presencia y aparecen, graciosamente, como pequeños submarinos, unos metros más allá. El cormorán es un gran buceador y la hembra, sin sumergirse, se hace la herida para captar nuestra atención y que dejemos en paz al resto de la prole. Desde lejos, mi compañero es apenas una silueta insignificante al pie de los elevados acantilados, salvajes y abruptos, de más de doscientos metros de caída en vertical. Las gaviotas están posadas en los salientes rocosos y gritan sin cesar ante nuestra presencia. Si no fuera por la luz, cálida y mediterránea, podría pensar que estoy en los confines de la Patagonia, en la tierra del fuego, o en cualquier lugar perdido del planeta. A la vuelta, tras desembarcar en la cala más pequeña de toda la isla, donde a duras penas caben los dos kayacs, nos hemos dado un buen baño aprovechando el momento para bucear y adentrarnos en un mundo totalmente distinto. La transparencia de las aguas y las praderas de posidonia nos recuerdan que, a pesar de todo, el Mediterráneo sigue vivo.

                 A la vuelta el viento no nos es favorable. Sopla levante y nos cuesta de llegar. La visión de Es Vedrá al fondo nos dará la bienvenida de nuevo a tierra firme. Un par de horas después, bien acompañados, estaremos cenando en Bambuddha Grove, el restaurante más peculiar y exclusivo de toda Ibiza. Vamos a celebrar que seguimos vivos, porque por apenas unos segundos un coche que circulaba en dirección contraria ha invadido nuestro carril, y de milagro no se nos ha llevado por delante. Porque ésta es la otra Ibiza, la de las vacaciones y el descontrol, la del alcohol y la insensatez, la de la marcha y la velocidad. Por eso, la carretera de San Antonio parece, por las flores en los postes de la cuneta, como un largo cementerio.

                 Bambuddha es como una gran pagoda en mitad de una selva de cañas de bambú. Dispersos están los templos del amor, de la meditación, del yoga y la contemplación.

 Si no creo en mi religión -me dice Andrés- que es la verdadera, como voy a creer en estas chorradas. 

 Y no le falta razón. El budismo llega a Ibiza procedente de las modas californianas y se instala en una parte de la sociedad que dice estar de vuelta de todo, sustituyendo a la cultura mediterránea. El budismo en Ibiza no es ni mas ni menos que la continuación de la filosofía hippie que duró una generación entera y que marcó profundamente la forma de entender la vida en la isla. Aún así, Bambuddha es digno de ver y probar. A diferencia de un restaurante convencional es que aquí, además del sentido del gusto, se disfrutan al mismo tiempo los sentidos del oído (la música es excelente y exclusiva) y de la vista (el mayor nivel de glamour y belleza de toda la isla concentrados en apenas unos metros). Por eso quizás también, su precio se multiplica por tres, pues son tres los sentidos que funcionan a la vez.        

Os adjunto unas fotos de la isla. Os encantarán

José Manuel Almerich Iborra

 

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