Didac |
dimecres, 10 de novembre de 2010 | 06:49h
La
paraula escrita vol ésser llegida. No hi ha cap excepció. Fins i tot els diaris
secrets s’escriuen amb aquest contradictori anhel. Escriure és antònim d’amagar;
quan escrius, reveles. Així doncs, per què deixar cap rastre quan es cerca
l’anonimat absolut? Més enllà de la voluntat de l’autor però, ningú no discutirà
que un escrit sempre desitja una mirada atenta. Qualsevol text, en tant que
idea, té vida pròpia. I només la lectura dóna sentit a la vida de les paraules
que s’escriuen. És per això que sempre m’ha entristit sobre manera veure unes
paraules òrfenes de lectors. El 17 de gener de 2010 vaig llegir un article d’Álvaro
Corcuera a El Pais Semanal que em va colpir d’allò més. El reportatge A
un paso de la muerte narrava l’angoixa d’un bon grapat d’homes que, malgrat
no haver comès cap delicte, havien estat a punt de ser executats al corredor
de la mort de diversos estats dels EUA. Les històries m’impressionaren i
m’indignaren tant que vaig decidir d’escriure unes paraules per vehicular la
meua ira. Un cop enllestit el text, el vaig enviar a El País Semanal tot
adjuntant la fotografia que podeu veure a l’encapçalament. I vaig esperar
il·lusionat. Una setmana. Dues setmanes. Tres setmanes. Un mes... Mai no van
publicar l’escrit. No és cap daltabaix; no és cap frustració personal. Quan fas
una aposta semblant has d’assumir aquest risc. Tanmateix, em sabia greu per
elles, per les paraules que havien quedat òrfenes, condemnades a no ser
llegides. Per això sé que m’agraeixen de tot cor aquesta segona oportunitat.CORREDOR DE VIDA
La pena
de muerte es una de las paradojas más terribles y oscuras de la democracia
norteamericana: un juez, legalmente, puede acabar con tu vida y, sin embargo,
es delito que tú mismo trates de quitártela. Por si fuera poco, Sus Señorías se
equivocan muy a menudo y mandan ejecutar a personas que no hicieron daño a
nadie, sin que ese fatal error tenga la menor importancia. Puede alguien o algo
igualar esa injusticia?
"Estuve a una hora de ser ejecutado, una hora para ser asesinado. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?", declaró Derrick Jamison a Álvaro Corcuera, autor del magnífico reportaje A un paso de la muerte, publicado por El País Semanal hace un par de semanas. "No, Derrick, lo siento: no puedo entenderlo", le hubiera contestado yo. Veinte años en la cárcel por un delito que no había cometido. Y de ésos veinte, diecisiete en el corredor de la muerte de Ohio, levantándose todos los días quizá por última vez. Diecisiete años muriéndose cada mañana. Y no enloqueció: ni de ira ni de pena. No puedo entenderlo.
Leo todas las historias de los hombres que han sido devueltos a la vida y el eco de sus voces y sus miradas me traslada inexplicablemente a mi trabajo: una escuela de primaria. Veo, en el pasillo del colegio, la viva antítesis del corredor donde anularon las vidas de esos hombres. Veo las sonrisas de los niños y las niñas, las paredes decoradas, la luz de las ventanas… Un corredor de vida que me hace olvidar la monstruosidad que acabo de leer. No quiero recordarla. Así que, con los ojos cerrados, continúo mirando el río vital que crean los niños por el pasillo. Y cuando ya no queda nadie, oigo el “clac” de una puerta y veo a Derrick, Shujaa, Randall, Ray… saliendo de una clase. Andan despacio, sorprendidos, mirándolo todo. Después de tanto tiempo, dudan de su percepción pero, esta vez, el sueño es real. Y, con la emoción de un niño, se dirigen hacia el patio: hacia el patio de sus vidas.
"Estuve a una hora de ser ejecutado, una hora para ser asesinado. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?", declaró Derrick Jamison a Álvaro Corcuera, autor del magnífico reportaje A un paso de la muerte, publicado por El País Semanal hace un par de semanas. "No, Derrick, lo siento: no puedo entenderlo", le hubiera contestado yo. Veinte años en la cárcel por un delito que no había cometido. Y de ésos veinte, diecisiete en el corredor de la muerte de Ohio, levantándose todos los días quizá por última vez. Diecisiete años muriéndose cada mañana. Y no enloqueció: ni de ira ni de pena. No puedo entenderlo.
Leo todas las historias de los hombres que han sido devueltos a la vida y el eco de sus voces y sus miradas me traslada inexplicablemente a mi trabajo: una escuela de primaria. Veo, en el pasillo del colegio, la viva antítesis del corredor donde anularon las vidas de esos hombres. Veo las sonrisas de los niños y las niñas, las paredes decoradas, la luz de las ventanas… Un corredor de vida que me hace olvidar la monstruosidad que acabo de leer. No quiero recordarla. Así que, con los ojos cerrados, continúo mirando el río vital que crean los niños por el pasillo. Y cuando ya no queda nadie, oigo el “clac” de una puerta y veo a Derrick, Shujaa, Randall, Ray… saliendo de una clase. Andan despacio, sorprendidos, mirándolo todo. Después de tanto tiempo, dudan de su percepción pero, esta vez, el sueño es real. Y, con la emoción de un niño, se dirigen hacia el patio: hacia el patio de sus vidas.






Fins aviat!
Didac
Com sempre, una molt bona reflexió i, el més interessant de tot és la comparació que has fet amb l'escola de primaria. He pogut per un instant, imaginar els protagonistes de l'article pels corredors de l'escola, contrastant amb el bullíci de l'alumnat...
Molt bo i gràcies per uns escrits que mai no deixen indiferent.
Adeu!
Besos i abraçades!
Didac