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donat | Concerts | dilluns, 21 de setembre de 2009 | 15:49h
El diari La Vanguardia publicava el passat 17 d'agost el meu article Todo lo que tenemos, crítica del concert de Leonard Cohen al festival Jardins de Cap Roig de Calella de Palafrugell (15/VIII/2009): [+]
 

Enjuto como un quijote, con traje oscuro y camisa gris, Leonard Cohen se saca el sombrero, apunta una reverencia, y mira al infinito con media sonrisa. Podría parecer un viejo beatnik reclamando nuestra atención en cualquier calle cruel, o un enamorado a punto de declarar algo eterno. Y entonces arranca un vals en la noche, y le reconocemos. Reconocemos a una de las personalidades más interesantes de la música moderna. A un autor que desde primera hora se condujo y fue percibido como un sujeto excepcional, fuera de la norma. Al poeta de las islas griegas, el judío de las Flores para Hitler y los monasterios zen de California. Al artista que vio cómo una nueva generación - desde Jeff Buckley hasta Rufus Wainwright-lo proclamaba uno de sus grandes referentes.

Ahí estaba Leonard Cohen, oficiando en Calella de Palafrugell un esperado retorno a los escenarios catalanes. Diciéndonos que "estamos aquí para darles todo lo que tenemos", y cumpliendo su palabra. Trabando un recital impecable en todos los frentes, con un repertorio de estremecedora vigencia tanto en sus tintes líricos como apocalípticos: entre las 25 que cayeron, Suzanne y Hallelujah, I´m your man y Everybody knows,canción terrible y lúcida cuando dice: "Todo el mundo sabe que el barco se hunde / Todo el mundo sabe que el capitán mintió".

Vino Cohen arropado por una banda superior, todo elegancia, en la que destacaron las evoluciones del teclista Neil Larsen y el trabajo de nuestro Javier Mas, que aportó un plus de mediterraneidad a la propuesta.

A un tris de cumplir los 75 años, el cavernoso registro de nuestro autor supera los perjuicios del tiempo con su asombrosa cualidad narrativa, una dicción limpia e impecable que se sitúa a medio camino entre el rapsoda y el cantante. Aunque, juguetón, buscó excepciones a esta norma de su trabajo, marcándose un fraseado feroz en There ain´t no cure for love y alguna otra pieza del programa. Leonard Cohen estableció asimismo una gran empatía con Sharon Robinson - su corista jefe y coautora de algunas de sus canciones-, trenzando un episodio de especial belleza en In my secret life. Por no hablar del carisma escénico que desplegó: un dramatismo extremo que le condujo a arrodillarse para remarcar versos y agradecer aplausos. Fueron gestos de extrema humildad por su parte, que sin duda correspondían a las leyes de la actuación, aunque a buen seguro no mediaba impostura en ellos.

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