No hacía falta que
Con una incoherencia indigna de su puesto, la ministra de Educación ha matizado parte de los resultados y responsabilizado de ellos a la sociedad en general, y muy en concreto al bajo nivel cultural de los padres. Aunque del interés de los adultos por la cultura podía hablarse, y mucho, no resulta admisible esa explicación absurda: nunca los padres de los alumnos españoles han estado más preparados, nunca ha existido un nivel de alfabetización mayor, ni un número más alto de padres universitarios. Ni más libros en casas y aulas, más música, información o estímulos.
El sistema educativo es el que hace aguas. El sector de alumnos brillantes triunfará por encima de cualquier método. Pero la mayoría flaquea. Se han eliminado los dictados. Los sistemas de escritura y lectura incluyen tan tarde la importancia de la acentuación y la ortografía que muchos niños no la incorporan jamás. Muchos institutos han renunciado a la literatura a favor de la lengua, pero el problema se da antes: en primaria.
Los niños no leen bien, sencillamente, porque no leen. No redactan. O mejor dicho, sí lo hacen (Internet rebosa de textos juveniles), pero no bajo la supervisión formal de profesores. Urge revisar los planes de estudios, como hace tiempo que reclaman los profesores. A la sociedad ya le daremos brillo luego.
Espido Freire (6 de desembre)
I el Gran Wyoming escrivia -més o menys per les mateixes dades- aquest:
Por otro lado, es digno de señalar la poca fe que tienen en la familia sus máximos defensores. Sostienen algunas señorías y muchos miembros de la jerarquía eclesiástica que lo que está en peligro, con la ley que permite casarse a las personas del mismo sexo, es la propia institución familiar.
Viví las mismas reacciones cuando los representantes de la derecha, antes de divorciarse en masa, algunos un par de veces, se oponían con firmeza a la ley del divorcio. Afirmaban que nadie iba a seguir casado si le dejaban la puerta abierta.
En definitivas cuentas, el matrimonio sólo era viable bajo la tutela policial y judicial. Curiosa forma de vender la bondad de una institución con la premisa de que, cuando se quita la obligatoriedad, nadie, en su sano juicio, permanece en ella. Los defensores del matrimonio se convertían así en sus principales detractores.
Ahora ven venir el fin de la familia. ¿Piensan que sus hijos, o ellos mismos, se van a volver maricones sólo porque exista una ley que les permite casarse? A lo mejor, no. O sólo uno. ¿Por qué se sienten acosados por la presencia de maricones en la calle? Desde luego, desde el punto de vista de los instintos, no les resultan indiferentes. A lo mejor deberían relajarse, meditar la cuestión, realizarse y ser felices. Pero no pueden seguir así, con esa desazón.
El Gran Wyoming







