Me
contaba una amiga, con una cierta sorpresa, que su hija añoraba los artículos que voy publicando en esta ventana
electrónica. Al parecer, encuentra que mi manera de explicar las cosas
o manifestar mis opiniones es más abierta de lo habitual entre los
políticos. ¡Santa inocencia!, me muerdo más la lengua de lo que parece, y me callo mas de lo que hablo,
y eso que tengo fama de incontinente verbal, pero en cuanto me voy más
allá de lo esperado, alguno o alguna comienza a rasgarse las
vestiduras, o me acusa de loco o de paranoico, y no vale la pena ir
provocando tempestades, cuando se pueden instar reflexiones.En este País, y cuando digo País me estoy refiriendo a Catalunya, existe un “estatus quo”, promovido por todas las personas y estamentos públicos y privados dominantes que a su vez establece unas reglas del juego que nunca se han de quebrantar, so pena de ser estigmatizado o enviado al vacío de la indiferencia, donde se relegan a los personajes “molestos” o “inconvenientes”. No hay modelo más burgués que este, y por desgracia impregna a todos los niveles de nuestra sociedad. Aquí no existe la corrupción, ni el fraude, ni la incompetencia. Si alguien es “sorprendido” en alguna de estas prácticas, entra dentro del capítulo de las “incidencias”, que la sociedad catalana ha de asimilar sin más consecuencias. Y si alguno se pone pesado con la denuncia de estos hechos pasa a engrosar inmediatamente el grupo de “traidores a la Patria” o el de los “desequilibrados inadaptados”.




