LAS GREDAS DE BOLNUEVO

El alma de las rocas

En un entorno árido pero evocador, las casas en ruinas son una quimera envueltas por la tenacidad de un puñado de palmeras que a duras penas se mantienen en pie. Y sobre los cantos rodados donde las ramblas acaban en calas desiertas y las barcas encalladas se descomponen por la sal, el mar parece una gran laguna, un espejo del sol donde tan solo se oye su azul respiración.


José Manuel Almerich

No hay más sombra que las nubes ni más agua que la transparencia del mar. Como decía Saramago, aquello que el viajero no puede ver, lo imagina, y quizás también por eso viaja. Pero la imaginación en este caso se funde con el escenario y transmite, como pocos paisajes, una luminosidad africana donde la calima y el polvo se mezclan hasta convertir la atmósfera, en un entorno irrespirable.  

Perdido en uno de los rincones más desconocidos del sureste español, allí donde la Cordillera Bética se acerca desnuda de vegetación hacia la costa, para convertirse en playas de arcilla recortadas por acantilados que parecen descomponerse por la fuerza de las mareas, se encuentra uno de los parajes más desolados del Mediterráneo Peninsular. De extraña belleza, este lugar quemado por el sol y azotado por los vientos, posee la fuerza intensa de la geología y configura una tierra sedienta y devastada donde el ser humano apenas tiene razón de ser. De formas insólitas y misteriosas, las rocas amarillas son tan estériles que tan sólo te dejan ver su alma. En un entorno árido pero evocador, las casas en ruinas son una quimera envueltas por la tenacidad de un puñado de palmeras que a duras penas se mantienen en pie. Y sobre los cantos rodados donde las ramblas acaban en calas desiertas y las barcas encalladas se descomponen por la sal, el mar parece una gran laguna, un espejo del sol donde tan solo se oye su azul respiración. Llegamos a pensar por unos instantes que este lugar había surgido de la nada y se creaba sólo para nosotros y que, por ese motivo, no aparecía en los mapas, y una vez descrito por nuestras palabras, volvería a desaparecer. 
Hace dos años que no llueve, nos dice el empleado de la última gasolinera donde repostamos sin saber que nos vamos a adentrar, horas mas tarde, en una orografía rota cubierta por un velo ceniciento y brumas de vapor, brumas que son la única esperanza de retamas y espinos, cuya adaptación a estas condiciones es el mayor milagro de la vida. -Hasta los cactus han muerto y las chumberas se consumen de sed hasta desaparecer -sigue el empleado desde su mostrador, mientras dirige su mirada hacia el jardín que envuelve la estación, como tratando de recordar la última vez que lo vio de color verde.
La sierra de las Moreras es una porción de costa salvaje y casi virgen entre la bahía de Mazarrón y el cabo de Gata. Las Gredas de Bolnuevo, con sus enigmáticas y misteriosas formaciones surgidas por la erosión de las margas arenosas, son la antesala a un rosario de playas perdidas que han vivido siglos de olvido hasta que alguien, como nosotros, las soñamos de nuevo. Hace cuatro millones de años, en un medio marino, sedimentario y tranquilo, se depositaron materiales detríticos como las areniscas, y otros de forma esporádica, como los cantos y conglomerados. Miles de años después, estos materiales se plegaron, emergieron, y comenzaron a erosionarse. El agua y el viento convirtieron en arte la arena y todo este proceso dio lugar a caprichosas formas micóticas de gran belleza que se mantienen en pie,  a la orilla de la mar.
El abrazo del sol nos estrecha con fuerza a medida que avanzamos y hace enmudecer el paisaje. Cuando en este entorno el suelo es tan pobre, una cepa retorcida, una raíz que se aferra a la roca o una mata sedienta de tomillo representan en mitad de la aspereza, el mayor triunfo de la vida. Siempre me han atraído sobremanera los paisajes al borde del desierto, siempre me he sentido fascinado por la capacidad de adaptación de las plantas y su lucha por la supervivencia, en especial las más humildes que crecen junto a los caminos como última alternativa de un paisaje que fue, y de un bosque mediterráneo que hace siglos desapareció. Es la degradación de la degradación, y estas agrupaciones vegetales de esparto, retamas, espinos y bolinas, se aferran a la vida como paso previo a la degradación total, al último soplo existencial antes de la desertización absoluta.

Barroñales, bufalazas, pegamoscas, rascamoñas, sosas alacraneras, albardines o las bellas flores de papel, son como un ejército que defiende el suelo de la erosión definitiva. Si los matorrales son el último eslabón del bosque, los espartales y las aliagas son el último suspiro de lo que queda de él. Los pozos secos delimitan los caminos que acaban en los cortijos donde palmeras sedientas llegan hasta la orilla del mar. Y al fin, junto a este paisaje estepario y profundamente erosionado, aparece el azul del Mediterráneo. El juego cromático del agua, la roca y la arena, de margas grisáceas y vetas de rojo mineral, crea un gran pastel de vainilla y miel, cortado a cuchillo por gigantes. Un lugar desolado creado para nuestro uso personal; un sombrero, una toalla, agua fresca y luz de mar. Y por supuesto, la cámara de fotografiar.

Al llegar a la playa las olas se atropellan unas contra otras y el viento las arrastra convirtiendo la espuma en polvareda. El día, de vulturno sofocante y cielo abierto, es poco complaciente con todo aquel que a estas horas, se ha atrevido a entrar. Sobre el suelo descarnado, en una de las ramblas que conforman la Cala Leño, descubrimos una sabina mora, el ararar de los árabes, un arbusto raro y milagroso al que los pastores bereberes le atribuyen propiedades medicinales. Porque este lugar, además de su aridez y el azul de su mar, es el único enclave europeo donde poder encontrar esta extraña especie africana.  Quizás algún día, en primavera, vuelva a llover. Y entonces, entre la calima y el polvo, sobre la pobreza de un sueño amarillo, el alma de las rocas volverá a renacer. Pero no busquéis este lugar porque no existe. No aparece en los libros ni en las guías, tan sólo fue el sueño de un día, producto del calor y de la sed, del espejismo creado por el abandono, el desierto y la soledad.

 
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