EL GRAN TUC DE COLOMERS


Al final del corredor vertical se abre frente a nuestros ojos la inmensidad de la zona axial de los Pirineos. Decenas de lagos de origen glaciar salpican el gigantesco escenario que forma el circo de Colomers que desciende en gradería, hacia los baños de Tredós y la oscura Vall de Ruda.


José Manuel Almerich
 

Es media noche y el refugio no puede quedar muy lejos. Con el resplandor de la luna podemos seguir el camino sin dificultad pero llevamos casi un par de horas a pie y todavía no lo hemos encontrado.  El frontal resulta imprescindible en aquellos tramos donde los arboles cubren el sendero y sus ramas no dejan pasar la luz.

Hace apenas unos instantes que hemos llegado y ya estamos en el corazón del Pirineo.  Andamos a paso rápido con relativa inquietud puesto que no hemos estado nunca aquí y no deja de ser un tanto arriesgado tratar de buscar el refugio a estas horas y más, sabiendo que ya nadie nos espera. El taxista de Boí ha permanecido un buen rato en el puente de la Farga y desde allí nos ha subido hasta el Estany de Llebreta que es la puerta natural de entrada al parque nacional de Sant Maurici i Aiguestortes. Desde ahí ya no se permite el paso de vehículos y por tanto, debemos seguir a pie. El valle de Sant Nicolau tiene por la noche una luminiscencia asombrosa  cuyo escenario es el circo y el proscenio, la laguna glaciar. Como telón de fondo de este fascinante escenario, las cumbres del Portarró y el Gran Tuc de Colomers quedan iluminadas por el foco de la luna. La platea está aquí cubierta de abetos que ascienden en vertical hasta donde el oxígeno les permite la vida. A medida que avanzamos nos sentimos como actores privilegiados de un colosal teatro donde cientos de ojos nos observan escondidos tras la oscuridad. Porque no se ven  pero se intuyen, los animales que vigilan en silencio, nuestros movimientos.   La prudencia nos pide llegar cuanto antes al refugio pero los sentidos, no llegar jamás. La invitación de la noche, la claridad de un cielo limpio, el camino junto al río o el brillo de los astros incandescentes refulgiendo en sus aguas, convertían la excursión nocturna, en una exaltación del paisaje primigenio surgido de las tinieblas y fruto del silencio. Quizás por eso, durante todo el recorrido nadie osó pronunciar, palabra alguna.

Envuelto en un bosque de leyenda encontramos el refugio. Como era de suponer, todos duermen y debe estar completo porque un pequeño grupo de montañeros descansan acostados en el suelo del comedor. Esto nos obliga a cenar fuera y preparar al exterior, el equipo para la mañana siguiente. Procurando no pisar ninguna cabeza busco un hueco en un rincón junto a la cocina. Mientras voy perdiendo la consciencia recostado sobre la mochila, sólo recuerdo el frescor de la noche en mi rostro y el colosal teatro de cientos de ojos invisibles que nos observaban silenciosos en la oscuridad.

Los primeros escaladores me despiertan apenas unas horas después. Pronto bajará el resto del grupo y con ellos, nuestros compañeros Intentaremos, con todo el día por delante, ascender a la Cumbre del Gran Tuc, un tres mil aparentemente sencillo y sin dificultad técnica. Pocas cumbres recuerdo,  a toro pasado, haber subido con tanto sosiego y serenidad. Pocos tres miles recuerdo haberlos ascendido con el corazón en su sitio y la cabeza despejada. La excursión nocturna anterior y dormir en el refugio ayuda,  que  duda cabe, a adaptar el cuerpo a la altura y dotar a nuestra sangre, de la chispa necesaria. 

Los primeros rayos convierten el Estany Llong en un espejo de plata vieja. Sin brillo pero con alma, tan sólo perturbado por los arroyos que caen en cascada, se resigna a un frío que dentro de poco, lo convertirá en hielo. Y así pasará un invierno más desde que los glaciares, hace siglos, fueron retrocediendo. El ascenso es pausado, silencioso, como una procesión de penitentes siguiendo la estela del sol ascendente que progresa, lentamente, al ritmo de nuestros pasos. Siempre estará sobre nosotros e iluminará, con cada vez más fuerza, la canal de roca descompuesta que se extiende desafiante, como paso necesario a su ascensión.

Cinco horas después nos encontramos ante una geografía imposible, caótica, de prismas y cubos con aristas afiladas y bordes astillados. Un horizonte de rocas cuyo tamaño nos impide avanzar y cuyo esfuerzo nos lleva al agotamiento. Somos como hormigas en un plato de garbanzos, donde avanzar un metro es casi, un paso de escalada para, desde lo alto, dejarse caer. Pronto nos damos cuenta que vamos por la vía equivocada y a este paso, nos cae la noche. Debemos salir de allí y buscar como sea, una salida hacia el este del  circo de Colomers, cuya cumbre se divisa cercana pero difícil. La canal muere en el collado abierto entre el Gran Tuc y la Creu de Colomers, dos colosos aislados que se abren al norte como astas de piedra puntiagudas. Enfilados hacia el collado, la falta de experiencia de alguien del grupo hace que desprenda sin querer un pedrusco de considerable tamaño que está a punto de golpear a una de nuestras compañeras. Ella, atemorizada, se bloqueará de tal forma que no habrá manera de hacerla continuar. Retrocede sobre sus pasos y nos esperará, ya más tranquila, en el último lago.

Al final del corredor vertical, se abre frente a nuestros ojos la inmensidad del panorama que conforman la zona axial de la cordillera pirenaica. Decenas de lagos de origen glaciar salpican el inmenso escenario que forma el circo de Colomers y desciende, en gradería, hacia los baños de Tredós y el oscuro Valle de Ruda. Al fondo, otro gran coloso, el Montardo d’Arán y más al noroeste, el glaciar del Aneto. Sin perder más tiempo y animados por el éxito, trepamos por la última arista para llegar en pocos minutos, al objetivo de nuestro viaje: el Gran Tuc de Colomers, uno de los miradores más extraordinarios y aislados sobre el Pallars Sobirá y el macizo de la Maladeta.

A veces me pregunto qué placer encontramos en la altura. A tres mil metros las montañas lejanas parecen más cercanas por la menor presión del aire que actúa como una lente. La vista es el único sentido que respetan las alturas, porque los demás, a medida que ascendemos quedan anulados. Quizás llegar a la cumbre de una montaña sea la alegoría del éxito, el símbolo del esfuerzo y la aventura, la recompensa en definitiva al sacrificio físico y mental.  El placer radica en esa especie de triunfo sobre la adversidad, en que no cuenta la competición, sino la contemplación. Desde arriba todo parece distinto,  es como si ante nosotros surgiese, de repente, una nueva concepción del mundo. La roca se confunde con el cielo, los ríos parecen cintas plateadas,  y los lagos, rosarios de piedras preciosas en los pliegues de la piel de un planeta que sigue todavía, en formación

Once horas después el silencio de la altura se convierte en el eco de las conversaciones que traspasan las paredes del refugio. Y la segunda noche será más larga y reparadora. Con más oxígeno que allá arriba, el sueño se convierte en una danza donde corazón y respiración se acompasan al ritmo de un cansancio convertido en complacencia.

Cuando vuelves a casa después de una ascensión, no eres el mismo que te fuiste. Las voces del refugio y el silencio de la altura mantienen en vilo una mente rebosante de percepciones, de imágenes de un mundo vertical que son, en definitiva, destellos de libertad.

Y como siempre ahí van las fotos.

Espero que os gusten

Ver imágenes del Gran Tuc 

 

 

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