DJEMAA EL FNA

No puedo evitar emocionarme cuando recuerdo Marrakech, y siento todavía desde la terraza del Argana, el olor a menta y cardamomo, y el ambiente de la plaza cuyas luces se diluyen entre el humo de las brasas y el calor de las sonrisas, de los que te invitan a sentarse junto a ellos.


José Manuel Almerich

El pasado mes de abril saltó por los aires la terraza del café Argana en el corazón de Marrakech. Con ella, y las consecuencias que puede tener el terrorismo para un país pobre cuyo futuro inmediato depende del turismo, se fueron también las vidas de diez ciudadanos franceses y cuatro marroquíes que serían, seguramente, los trabajadores del local.

Hace tan sólo unos meses que cenamos en la misma terraza del restaurante, frente al Café de France, punto de encuentro antes de adentrarnos en la Medina. Cansados de cuscús, kefta y tajine decidimos esa noche, probar las pizzas de Marruecos. Se me hiela el corazón de pensar que, el cuerpo de la joven que nos atendió pueda ser uno de los que aparecen en el suelo, cubiertos por una manta. Se me hiela también de pensar que podíamos haber sido cualquiera de nosotros y que, al mismo tiempo la catástrofe hubiese podido ser mucho mayor.

Atentar en la plaza de Djemaa el Fna es herir de muerte un país como Marruecos. Aún a pesar de ser conscientes que las posibilidades son ínfimas, apenas unos pocos atentados en muchos años, el turista occidental  lo dejará de visitar. En el peor de los casos y en el caso español, el terrorismo de ETA hizo, durante varios años, muy inseguro nuestro país. Santa Pola en 2002, Benidorm en 2003 o en enero de 2005 en el hotel Port Denia junto a mi casa en les Rotes. No por ello hemos dejado de ir, y por tanto, no por ello el viajero debería dejar de visitar Marruecos.

Cualquier persona que conozca Marrakech podrá darse cuenta de que la peor tragedia no es sólo el atentado, sino sus repercusiones. En una ciudad llena de vida y de deseos, de coches viejos y motocicletas que se cruzan, de un ruido ensordecedor y de una luz pura, como en el desierto de Merzouga, si no hay turismo, no hay comida. Porque esta ciudad son las personas las que la hacen posible, y son los colores, y las mil sensaciones que se instalan en el cerebro con un poder que te transporta, por unos días, al corazón del universo musulmán.

No puedo evitar emocionarme cuando recuerdo Marrakech, y siento todavía, el olor a menta y cardamomo, y al ambiente de la plaza cuyas luces se diluyen entre el humo de las brasas y el calor de las sonrisas de los que te invitan a sentarse junto a ellos. Aún sin tener la autenticidad de Fez, Marrakech es el puente entre el África Negra y el mundo árabe sin dejar de ser profundamente bereber. La deslumbrante belleza de sus palacios y medersas, visitar Marrakech equivale a percibir sin intermediarios, un momento trascendente de la historia de la humanidad, concentrada en una plaza.

En su origen fue un oasis de palmeras aunque hoy, sea un caos urbano, y a pesar de todo, sigue siendo una de las ciudades más bulliciosas e interesantes del mundo.  En este tercer viaje a Marrakech tengo que confesar que ya no me pareció tan mágico como lo fue la primera vez. En esta ocasión nos adentramos demasiado en la Medina y pudimos ver, con mi obsesión fotográfica, las partes más oscuras de una ciudad que sigue siendo pobre, muy pobre. Los curtidores hacen su trabajo en un ambiente irracional e irrespirable, entre el calor asfixiante y excrementos de palomas. Los que no se ven, o no se dejan fotografiar, se pasan la vida raspando de la piel los restos de carne, restos que quedan en el suelo y se van pudriendo poco a poco en mitad de un olor insoportable. Son las carencias de un pueblo que pide a gritos avanzar y los niños, temblando de frío al caer la noche junto a la plaza, mientras tratan de obtener un dírham, dos, cinco quizás, vendiendo galletas por unidades. Porque una sociedad que explota a los niños es una sociedad enferma, aunque se vea empujada por la pobreza. Y esta es la otra cara de Marruecos, la que no conocemos, o la que nos pasa desapercibida a la velocidad de una bici de montaña mientras cruzas el Atlas y los niños te persiguen, descalzos, por encima de las piedras afiladas como agujas. Por eso el turismo es necesario; porque les aporta divisas y distribuye la riqueza del norte al sur, de una manera directa, sin intermediarios, como cuando compras fósiles en la arena, o te tomas un te a la menta sentado en la terraza del Argana.

La ciudad que vimos hace años ya no es exactamente la ciudad de hoy, pero Marrakech no dejará de ser nunca ella misma. Tampoco la que conocí hace diez o quince años, es la misma que vieron los viajeros europeos en el  siglo XIX, ni la que describió Paul Bowles en el Cielo Protector.

Djemaa el Fna significa literalmente “reunión de muertos”, como si de un cementerio se tratase, porque en ella se ejecutaba a los reos que habían sido condenados. Paradójicamente hoy sólo hay vida en esa plaza que te absorbe en su ajetreo y te embriagan sus olores. Una ciudad que llena la noche con sonidos de tambores y de voces venidas del desierto. Una ciudad de luces que no conseguirá apagar el terrorismo porque siempre la sentiremos como propia.

Entre los recuerdos de mis viajes tengo, en Denia, un espejo de Marrakech adquirido a unos pocos metros del restaurante que ha estallado por los aires. Los rebordes de la luna son retazos de hueso trabajados con esmero. En ellos están las esperanzas de personas cuyas manos han estado trabajando dias enteros para salir de su pobreza, o simplemente, para sobrevivir a ella. Ahora, ya no me traerá tan buenos recuerdos, porque quizás, las manos de quien nos sirvió la última cena en Marrakech ya no tenga ni siquiera, la esperanza de salir de la miseria.

Os adjunto unas fotos, como siempre. Un pequeño homenaje a un país y una ciudad que forma parte de nosotros.

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