TIROFIJO

Vaig sentir parlar del Comandante Tirofijo-Manuel Marulanda a principis de la dècada dels vuitanta. Jo encetava l’adol.lescència. Els meus primers concerts, el “Rock anti-mili” i el “Nicaragua Rock”. A la carpeta d’estudis duia la foto dels dos atletes Panteres Negres pujats al podi olímpic de Mèxic, puny alçat amb guant negre.
D’aleshores ençà s’han caminat molts camins. I se n’han sentit a dir moltes de bestieses. Ens menteixen en la realitat propera, imagina’t quan la realitat travessa un oceà!
James Petras perfila amb rigor històric, honest, la vida de Tirofijo en la seva mort.
¡ Hasta siempre tocayo !

(…+…)

Homenaje a Manuel Marulanda

Traducido para Cubadebate, Rebelión y Tlaxcala por Manuel Talens.
Dibujo de José Mercader.

Marulanda visto por José MercaderPedro
Antonio Marín Marín, más conocido como Manuel Marulanda Vélez y
“Tirofijo”, era el líder máximo de las Fuerzas Armadas Revolucionarias
de Colombia (FARC). Fue, sin duda alguna, el campesino revolucionario
más grande de la historia del continente americano. Durante sesenta
años organizó movimientos campesinos y comunidades rurales y, cuando
todas las vías democráticas legales se le cerraron de forma brutal,
creó el ejército guerrillero más poderoso de América Latina y las
milicias clandestinas que lo sustentaban. En su época de mayor apogeo,
entre 1999 y 2005, las FARC contaban con casi 20.000 combatientes,
varios cientos de miles de campesinos activistas y cientos de unidades
de milicias comunales y urbanas. Incluso hoy, a pesar del
desplazamiento forzoso de tres millones de campesinos como resultado de
las políticas de tierra quemada y las masacres del gobierno, las FARC
tienen entre 10.000 y 15.000 guerrilleros en sus numerosos frentes
distribuidos por todo el país.

Lo que hace tan importantes los
logros de Marulanda son sus habilidades organizativas, su agudeza
estratégica y sus intransigentes posiciones programáticas, basadas en
el apoyo a las exigencias populares. Más que cualquier otro líder
guerrillero, Marulanda, tenía una compenetración sin par con los pobres
de las zonas campesinas, los sin tierra, los cultivadores indigentes y
los refugiados rurales durante tres generaciones.

Tras
empezar en 1964 con dos docenas de campesinos que habían huido de
pueblos devastados por una ofensiva militar dirigida por USA, Marulanda
construyó metódicamente un ejército guerrillero revolucionario sin
contribuciones económicas o materiales extranjeras. Más que cualquier
otro líder guerrillero, Marulanda fue un gran maestro político rural.
Las extraordinarias dotes organizativas de Marulanda se fueron
refinando a través de su íntima vinculación con el campesinado. Como
había crecido en una familia de campesinos pobres, vivió entre ellos
cultivando y organizándolos: hablaba su mismo lenguaje, se ocupaba de
sus necesidades diarias más básicas y de sus esperanzas de futuro. De
manera conceptual, pero también a través de la experiencia cotidiana,
Marulanda realizó una serie de operaciones políticas y militares
estratégicas basadas en su brillante conocimiento del terreno
geográfico y humano. Desde 1964 hasta su muerte, Marulanda derrotó o
eludió al menos siete importantes ofensivas militares financiadas con
más de siete mil millones de dólares de ayuda militar usamericana, que
incluía miles de “boinas verdes”, cuerpos especiales, mercenarios, más
de 250.000 militares colombianos y 35.000 paramilitares integrados en
escuadrones de la muerte.

A diferencia de Cuba o Nicarangua,
Marulanda construyó una base masiva organizada y entrenó una dirigencia
en gran parte rural; declaró abiertamente su programa socialista y
nunca recibió apoyo político o material de los denominados
“capitalistas progresistas”. A diferencia de los corruptos y codiciosos
gánsteres de Batista y Somoza, que saqueaban y se retiraban bajo
presión, el ejército de Colombia era un formidable aparato represor,
altamente entrenado y disciplinado, reforzado además por homicidas
escuadrones de la muerte. A diferencia de otros muchos famosos
guerrilleros “de afiche”, Marulanda fue un auténtico desconocido entre
los elegantes editores izquierdistas de Londres, los nostálgicos
sesentaiochistas parisinos y los socialistas eruditos de Nueva York.
Marulanda pasó su tiempo exclusivamente en la “Colombia profunda”;
prefería conversar y enseñar a los campesinos y enterarse de sus quejas
a conceder entrevistas a periodistas occidentales ávidos de aventura.
En lugar de escribir manifiestos grandilocuentes y adoptar poses
fotogénicas prefería la pedagogía popular de los desheredados, estable
y poco romántica pero sumamente eficaz. Marulanda viajó desde valles
prácticamente inaccesibles a cordilleras, desde selvas a llanuras,
siempre organizando, luchando… reclutando y entrenando a nuevos
líderes. Evitó presentarse en los “foros de debate del mundo” o seguir
la ruta de los turistas izquierdistas internacionales. Nunca visitó una
capital extranjera y cuentan que jamás puso los pies en Bogotá, la
capital de la nación. Pero tenía un amplio y profundo conocimiento de
las exigencias de los afrocolombianos costeños; de los indiocolombianos
de las montañas y la selva; de las ansias de tierra de millones de
campesinos desplazados; de los nombres y direcciones de los
terratenientes maltratadores que brutalizaban y violaban a los
campesinos y a sus familiares.

Durante las décadas de los
sesenta, los setenta y los ochenta, numerosos movimientos guerrilleros
se levantaron en armas, lucharon con mayor o menor capacidad y, luego,
desaparecieron asesinados, derrotados (algunos incluso se convirtieron
en colaboradores) o se integraron en los partos y repartos electorales.
Poco numerosos, luchaban en nombre de inexistentes “ejércitos
populares”; la mayoría eran intelectuales, más familiarizados con los
discursos europeos que con la microhistoria, la cultura popular y las
leyendas de los pueblos a los que trataban de organizar. Fueron
aislados, rodeados y arrasados; dejaron quizá una herencia bien
publicitada de sacrificio ejemplar, pero no cambiaron nada sobre el
terreno.

Por el contrario, Marulanda encajó los mejores
golpes de los presidentes contrainsurgentes de Washington y Bogotá y se
los devolvió al cien por cien. Por cada pueblo arrasado, Marulanda
reclutó a docenas de campesinos luchadores, enfurecidos y desamparados,
y los entrenó con suma paciencia para que fuesen cuadros y comandantes.
Más que cualquier ejército guerrillero, las FARC llegaron a ser un
ejército de todo el pueblo: un tercio de los comandantes eran mujeres,
más del setenta por ciento eran campesinos, si bien se les asociaron
intelectuales y profesionales, que fueron entrenados por cuadros del
movimiento. Marulanda fue un hombre venerado por su estilo de vida
excepcionalmente sencillo: compartió la lluvia torrencial bajo
cubiertas de plástico. Millones de campesinos lo respetaban
profundamente, pero nunca practicó el culto a la personalidad: era
demasiado irreverente y modesto, prefería delegar las tareas
importantes a una dirigencia colectiva, con mucha autonomía regional y
flexibilidad táctica. Aceptó un amplio abanico de opiniones sobre
tácticas, incluso si discrepaba profundamente de ellas. A principios de
los ochenta, muchos cuadros y líderes decidieron probar la vía
electoral, firmaron un “acuerdo de paz” con el presidente colombiano,
crearon un partido –la Unión Patriótica– e hicieron elegir a numerosos
alcaldes y diputados. Incluso obtuvieron cuantiosos votos en las
elecciones presidenciales. Marulanda no se opuso públicamente al
acuerdo, pero no abandonó las armas ni “bajó desde las montañas a la
ciudad”. Mucho más lúcido que los profesionales y los sindicalistas que
se postulaban en las elecciones, Marulanda comprendía al carácter
extremadamente autoritario y brutal de la oligarquía y sus políticos.
Sabía que los gobernantes de Colombia no aceptarían nunca una reforma
agraria justa sólo porque unos “pocos campesinos analfabetos los
derrotasen en las urnas”. En 1987, más de 5.000 miembros de la Unión
Patriótica habían sido asesinados por los escuadrones de la muerte de
la oligarquía, entre ellos tres candidatos a la presidencia, una docena
de congresistas y mujeres y alcaldes y concejales. Los supervivientes
huyeron a la selva y se reincorporaron a la lucha armada o se marcharon
al exilio.

Marulanda era un maestro a la hora de romper los
cercos y evitar las campañas de aniquilación, sobre todo las que
diseñaron los mejores y más brillantes estrategas del centro de
contrainsurgencia de los Cuerpos Especiales del US Fort Bragg y de la
Escuela de las Américas. A finales de los noventa, las FARC habían
ampliado su control a más de la mitad del país y bloqueaban autopistas
y atacaban bases militares situadas a sólo 65 kilómetros de la capital.
Muy debilitado, el entonces presidente Pastrana terminó por aceptar
negociaciones serias de paz, en las que las FARC exigieron una zona
desmilitarizada y un programa que incluía cambios estructurales básicos
en el Estado, la economía y la sociedad.

A diferencia de las
guerrillas centroamericanas, que cambiaron las armas por cargos
electorales, antes de deponer las suyas Marulanda insistió en la
redistribución de la tierra, en el desmantelamiento de los escuadrones
de la muerte y en la destitución de los generales colombianos
implicados en las masacres, en una economía mixta basada en buena
medida en la nacionalización de los sectores económicos estratégicos y
en la financiación a gran escala de los campesinos para el desarrollo
de cosechas alternativas a la coca.

En Washington, el
presidente Clinton asistía histérico a aquel espectáculo y se opuso a
las negociaciones de paz, en especial al programa de reformas, así como
a los debates públicos abiertos y a los foros de debate organizados por
las FARC en la zona desmilitarizada, a los que asistía numerosa la
sociedad civil colombiana. La aceptación por parte de Marulanda del
debate democrático, la desmilitarización y los cambios estructurales
desenmascara la mentira de los socialdemócratas occidentales y
latinoamericanos y de los universitarios de centroizquierda, que lo
acusaron de “militarista”. Washington trató de repetir el proceso de
paz centroamericano engatusando a los jefes de FARC con la promesa de
cargos electorales y privilegios a cambio de que vendiesen a los
campesinos y a los colombianos pobres. Al mismo tiempo Clinton, con el
apoyo de los dos partidos del Congreso, hizo aprobar un proyecto de ley
de apropiación de dos mil millones de dólares para financiar el mayor y
más sangriento programa de contrainsurgencia desde la guerra de
Indochina, denominado “Plan Colombia”. El presidente Pastrana dio por
terminado de forma abrupta el proceso de paz y envió soldados a la zona
desmilitarizada para que capturasen a la cúpula de las FARC, pero
cuando éstos llegaron, Marulanda y sus compañeros ya se habían ido de
allí.

Desde el 2002 hasta ahora, las FARC han alternado los
ataques ofensivos y las retiradas defensivas, en especial desde finales
de 2006. Con una financiación sin precedentes y un apoyo tecnológico
ultramoderno de USA, el nuevo presidente Álvaro Uribe –socio de
narcotraficantes y organizador de escuadrones de la muerte– adoptó una
política de tierra quemada para ensañarse con el campo colombiano.
Entre su elección en 2002 y su reelección en 2006, más de 15.000
campesinos, sindicalistas, trabajadores de derechos humanos,
periodistas y otros críticos fueron asesinados. Regiones enteras del
campo fueron vaciadas: de la misma manera que en la Operación Phoenix
usamericana en Vietnam, se contaminó la tierra de cultivo con
herbicidas tóxicos. Más de 250.000 soldados y sus compinches
paramilitares de los escuadrones de la muerte diezmaron amplias zonas
del campo colombiano controladas por las FARC. Helicópteros
proporcionados por Washington bombardearon la selva en misiones de
búsqueda y destrucción (que no tenían nada que ver con la producción de
coca o con el envío de cocaína a USA). Al destruir toda la oposición
popular y las organizaciones campesinas y al desplazar a millones de
colombianos, Uribe logró empujar a las FARC hacia regiones más remotas.
Al igual que había hecho en el pasado, Marulanda asumió una estrategia
de retirada táctica defensiva, abandonando territorio para proteger la
capacidad de lucha de los guerrilleros en el futuro.

A
diferencia de otros movimientos guerrilleros, las FARC no recibieron
ningún apoyo material del exterior: Fidel Castro repudió públicamente
la lucha armada y buscó lazos diplomáticos y comerciales con gobiernos
de centroizquierda e incluso mejores relaciones con el brutal Uribe.
Después de 2001, la Casa Blanca de Bush etiquetó a las FARC de
“organización terrorista”, presionando a Ecuador y Venezuela para que
restringiesen los movimientos fronterizos de las FARC en busca de
abastecimientos. El “centroderecha” de Colombia se dividió entre los
que prestaban un “apoyo crítico” a la guerra total de Uribe contra las
FARC y los que protestaban infructuosamente contra la represión.

Es difícil imaginar que un movimiento guerrillero pueda sobrevivir
frente a una financiación tan masiva de la contrainsurgencia, un cuarto
de millón de soldados armados por el imperio, millones de desplazados
de sus tierras y un presidente psicópata vinculado directamente con una
cadena de 35.000 miembros de escuadrones de la muerte. Sin embargo,
sereno y resuelto, Marulanda dirigió la retirada táctica; la idea de
negociar una capitulación nunca se le pasó por la mente, ni a él ni a
la cúpula de las FARC.

Las FARC no tienen frontera contigua
con un país que lo apoye, como Vietnam la tenía con China; tampoco
goza, como Vietnam, del suministro de armas de la URSS ni del apoyo
masivo internacional de los grupos occidentales de solidaridad, como
los sadinistas. Vivimos en una época en la que apoyar a los movimientos
campesinos de liberación nacional no está “de moda”; en la que
reconocer que el genio de líderes campesinos revolucionarios que
construyen y mantienen la auténtica masa de los ejércitos populares es
tabú en los pretenciosos, locuaces e impotentes Foros Sociales
Mundiales, cuyo “mundo” excluye regularmente a los campesinos
militantes y para los que “social” significa el constante intercambio
de mensajes electrónicos entre fundaciones financiadas por ONG.

Es en este ambiente tan poco prometedor frente a las pírricas victorias
de los presidentes de USA y Colombia donde podemos apreciar el genio
político y la integridad personal de Manuel Marulanda, el más grande
campesino revolucionario de América Latina. Su muerte no generará
afiches o camisetas para estudiantes universitarios de clase media,
pero vivirá eternamente en los corazones y las mentes de millones de
campesinos de Colombia. Se le recordará siempre como “Tirofijo”, un ser
de leyenda al que mataron una docena de veces y, a pesar de ello,
regresó a los pueblos para compartir con los campesinos sus vidas
sencillas. Tirofijo fue el único líder que era realmente “uno de
ellos”, que durante medio siglo se enfrentó al aparato militar y
mercenario yanqui y nunca fue capturado o derrotado.

Los
desafió a todos en sus mansiones, sus palacios presidenciales, sus
bases militares, sus cámaras de tortura y sus burguesas salas de
redacción. Murió de muerte natural, después de sesenta años de lucha,
en los brazos de sus queridos compañeros campesinos.

¡Tirofijo, presente!

 


El sociólogo James Petras nació en Boston el 17 de enero de 1937, de
padres griegos, originarios de la isla de Lesbos. Ha publicado más de
sesenta libros de economía política y, en el terreno de la ficción,
cuatro colecciones de cuentos.

 

El escritor y traductor español Manuel Talens es miembro de Cubadebate , Rebelión y Tlaxcala , la red de traductores por la diversidad lingüística. En mayo de 2008 ha aparecido su libro de ensayos Cuba en el corazón.

Esta
traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su
integridad y mencionar al autor, al traductor y la fuente.

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